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  Cultura  Colecciones monstruosas. Grandes recuerdos para echarse a temblar de Vicente Pizarro (Diábolo, 2025)
Cultura

Colecciones monstruosas. Grandes recuerdos para echarse a temblar de Vicente Pizarro (Diábolo, 2025)

febrero 2, 2026
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La belleza de lo desconocido, de la duda, de la sensación de lo incompleto. ¿Qué es? ¿Dónde se ha quedado? Nací en 1978. Hacemos cálculos. Imagina qué recuerdos surgen. Me alimento, sé que hay cosas en el trastero de mis padres, mi madre lo guardaba todo, lo llevé a mi pueblo, mi hijo, entre las bolsas que recuperé. Cromos y colecciones. Muchos de fútbol, cosas nuevas, pero viejas: un canto a la copia, a la imitación. Así, ahora lo llama bootleg o trucho. Pero no sé cómo lo llamaría ahora. Sé que, al abrir el libro, Colecciones monstruosas. Grandes recuerdos para echarse a temblar de Vicente Pizarro, editado por Diábolo, se alimenta mis bajas pasiones. Nuestras. El coleccionismo del resto de los padres del mundo. Diábolo ya ha visitado Motel Margot, con Vértice y con Bruguera. Disfruten

Que sea terror (pulp, ciencia ficción, misterio), antes de que H.P. Lovecraft se hiciera con todo el pastel. Todo impregnado. Antes estaban los avistamientos (Jiménez del Oso y compañía) y Conan, claro. La herencia, los reptiles. Y los monstruos libres de derechos. Ah, claro y UVE, V, y la guerra de las galaxias. La rubia y la morena de V. Ya sabes de qué estoy hablando. De la pistola de los invasores hecha de cartón, recortable, montable, de la Teleindiscreta.

Empezamos con la editorial Bruguera. No solo eran tebeos, claro. Las ilustraciones de Antonio Bernal. Las historias cortas que mentían en las revistas mensuales. Todo era muy sugerente. Luego hablaremos de algunos mundos. De algunas promesas. También hablaré de un videoclip de una de mis bandas favoritas, los Kiev cuando nieva. Ah, claro, y Flash Gordon, con todos los personajes y razas que ofrecían, que dieron juego para las imitaciones, para los homenajes. Las películas del oeste y el terror eran cosa de mis padres. De sus pasiones.

Carnaval de monstruos. Miliki y La criatura de la Laguna Negra. Vamos fuerte para ser cosas de niños, la verdad. Avanzo hasta Dunkin. Chicles y figuras de PVC. Gallina Blanca. Era imposible completar las colecciones que fueran dentro de los alimentos, de los snacks, pastelitos… un millón de chicles. Cropán, Chocostein: comprar el producto por el regalo. Pues claro. Cómo sabe el pastelito, solo ver esos colores fosforescentes, libidinosos, casi parecen de una rojez propia de la sangre, sugerentes, antes del colesterol.

Me acuerdo de las 3D, de las gafas, del revival de hace unos años, de cuando intentaron pasar una película por TVE, cuando solo había dos canales y, al final, todos con las gafas delante de la pantalla, como con Uri Geller, tuvimos que colocar el televisor en blanco y negro. Pero eso colores, rojo y azul, en el papel, el mareo. Leo el libro con mi hijo. Se asusta. Aún con todas las películas de terror japonesas, con los videojuegos desquiciados. Se asusta.

Gitanitos, Ortiz, que lo tenía yo más con el tema del pan tostado. 1979. He leído un libro (OVNI 78). Me flipo con Eugenio Siragusa. Me mata. Hemos hablado muchas veces en Motel Margot de aquella colección, la que decía “existen otros mundos, pero están en este”. Mucho texto, muchas piedras. Pagábamos con sellos, en un sobre, los cromos que faltaban. En Estados Unidos hablaban, incluso, de figuras exclusivas, Exclusiva Mail In, a vuelta de correo, una docena de cromos, un álbum. En el Don Miki. Historia de ficción, no puedo olvidar, Themphix, Pulop, eran formas de Cthulhu, en el álbum de Historias ficción.

1981, con Historias de Terror llega mi primer recuerdo. Seguro. La vampira, sexual. El Nosferatu. El primer Nosferatu. Estoy en casa de mis abuelos, en la calle Almagro. Me han comprado el álbum y unos cromos mis padres en un kiosco frente a El Corte Inglés. Ojo. El hombre invisible sosteniendo un extraño líquido. Y, por supuesto, la historia del Gólem. No quiero hablar tanto de mí, pero, está claro, que esta reseña tiene que funcionar siempre con los recuerdos, los instantes precisos. Cuentos en los que soñaba con un Gólem en el Arco del Deán, en Zaragoza, un Gólem luchando contra una infestación de vampiros en Zaragoza. Eso solo puede ser por el recuerdo tatuado, vívido. También, por supuesto, El fantasma de la ópera o los ladrones de cadáveres (y ahora leer Valdemar y ver Penny Dreadful).

Llegamos al espacio. Primero Guerreros del espacio, de estos no tuve, sí que tenía cromos de Fher de ciclismo, creo. Otros mundos, esa, esa: por Francisco Jesús Serrano. Atrapado. No olvido. En un puñado de líneas cada personaje creaba una mitología de planetas, continentes, dioses, guerras pretéritas. Una aventura, una tradición. Arañas, copias de la mitología clásica, Planeta prohibido, Mazinger Z o Godzilla. Ya sabes. Como si fuera ayer, como si fuera hoy, el cromo del Arañador Foedusino: Parece mamífero por el tronco, ave por las garras, Reptil por la cola y anfibio porque sufre metamorfosis. Es el imago de J-22 que solo vive unos meses, lo suficiente para que las hembras pongan sus huevos.

Hace unos años, la banda oscense Kiev cuando nieva, en uno de sus videoclips, usó un viejo álbum como atrezo. Antxon y Javier, de 1978, como yo. En el videoclip de De tarima.

Extraterrestres: Panini, cromos de V, cartón y pegamento. No había figuras de acción, así que lo que hacíamos era jugar con los cromos, como en un diorama comatoso, ilusionante. La lengua del bebe híbrido. Tiempos sin grabaciones, con poco VHS, la mayor parte de los recuerdos de esta serie llegan de la Teleindiscreta y de los cromos, de cartón y pegamento. Un capítulo semanal en casa de mis abuelos, los padres de mi padre. En la calle Latassa, sin ascensor. Sigo soñando con aquella casa, con aquel piso.

Muchas de esas colecciones eran imposibles. Pero nos volvíamos locos. Impacto del chupacráneos, antes de conocer todas las reglas de George A. Romero. Hay que pensar que en 1985 lo de comer cerebros parecería el estándar de los muertos vivientes, era el año del estreno de Return of the Living Dead, la excisión de La noche los muertos vivientes, entre Romero y John Russo. ¿Cromo de arácnida? También recuerdo que el álbum era una especie de dina 3, un folio doble apaisado, en un bar de Tenor Fleta, recién comprado el sobre: mi madre tomando un café con sus compañeros de la escuela, esperando que llegara mi padre con el coche. Hijo de maestros, coleccionista emocionado.

El deforme, el monstruo del pantano, ojo, es un bootleg de La Cosa del Pantano de DC. La idea sobre el mito de Berni Wrightson. Llegarán los adhesivos, los robots galácticos son Darth Vader vampírico, dibujos de monstruos, círculos para chapas, entre 1987 y 88, como una carrera ciclista de terror, cuando el mundo lo dominaba Perico Delgado. Eran álbumes explícitos. ¿Qué pasaría hoy? A mí me alimentaron y eso que no he podido ver las películas de Pesadilla en Elm Street todavía. Sueño con Freddy Krueger. Tengo figuras de la segunda entrega, mi favorita, la de los guerreros del sueño. Pero no la he visto, repito.

Mis padres me compraron una Atari 2600 cuando ya existía la Master System y estaba a punto de aparecer la Megadrive. Pero da igual. Yo me quedo con la colección Monster. Ahí, lector, le animo a identificar los personajes, los músicos de Star Wars, la Cosa de los cuatro fantásticos. Ojo, que está ahí, como en las figuras de PVC, cada uno, por libre. Pienso, como en todas las últimas reseñas, en escribir cuentos a partir de estas reseñas, se me ocurre la historia de un cuarentón largo buscando, entre las antiguas direcciones a las que se escribía para acabar la colección de cromos, una imagen, un origina, en Valencia, cuando en Valencia se fabricaban juguetes, cromos, figuritas… sí, los moldes, moldes copados, usando las direcciones de envío de los sellos. La masa del pantano. Casimiro, las barajas, ALF, sí, ALF (recuerdan cómo acabo el padre de la familia) y el guiño en aquel capítulo de Los Simpsons, el alma de Bart por unos tazos de ALF. ¿Puede ser?

Cromos de Fraggle rock. Recuerdo el capítulo en el que los personajes sufrían el síndrome de abstinencia por no comer las construcciones de los Curris. ¿Te acuerdas? Buscando en foros oscuros de internet aseguran que el fraggle que no comía las construcciones de los curris acaba convirtiéndose en humano. Muy oscuro, muy profundo. Le puse un capítulo a mi hijo. Un rato, la montaña de la basura, el perro, la sintonía… le dio igual.

La Pandilla Basura. Aquí hay que detenerse un momento. No hay nada más salvaje. Putrefacción y nueva carne, herederos de la interzona, perdimos el miedo a los parásitos, lombrices y demás. Pus y sarna. Hasta mi mujer los conoce. Cromos. La película. Rima consonante para el aprendiz de poeta. Qué risa Tomasa, antes de El silencio de los corderos, un punto más, el homenaje a los cenobitas de Clive Barker.

A partir de aquí, ojo, me bajo al local y encuentro los airgamboys del miedo. Y los encuentro. Ahí están, esperándome. Extraterrestres, genios malvados, vampy tarántula, magnetismo y luz primaria, la Ley de Ohm llevada a los juegos de mesa. Cuando pasamos de plástica a pretecnología, incluso acabamos en electrotecnia. SERIE ESPACIO «CALAVERA ALIENIGENA”. Spector. El regreso del Dr. Diabolic.

Y, por supuesto, el Imperio Cobra. Las serpientes, los reptilianos, hiperbórea y la caída de la Atlántica, las historias de magia y brujería. En el local guardo la segunda parte, Huida del Imperio Cobra. Junto a Magia Borrás, esperado que se revalorice o que mi hijo quiera jugar con él. CEFA y FEBER. Insisto en el cuento. Recorriendo fábricas de alicante cerradas, moldes, plásticos originales, diseños y bocetos en cajones llenos de polvo, imágenes reutilizadas, gente extraña, hijo de trabajadores de aquellos tiempos en los que se fabricaban en España los juguetes a mano.

Todos aquellos juegos híbridos, entre la oca y el parchís, que utilizan los personajes libres de derecho de la Universal y aledaños. No me los compré porque mi hermana era muy pequeña para jugar conmigo. Pero esas elevaciones, esos dioramas de cartón, creo que, en la distancia, hemos heredado la pasión por las construcciones, las maquetas. Viendo hoy la revisión de Stranger Things de los D&D. Ni MB juegos, ni el play doll con esos fluidos, el país del Antichollo, no sé de dónde salió, pero yo recuerdo que tenía el dinero verde del Un, dos tres.

Hoy, seguro, hoy siguen en pie los Drakis, los dientes de plástico de vampiros, los dientes de azúcar duro, sobrevive hasta hoy, como el mítico Drácula, con esa extraña combinación de sabores, la cocacola, la vainilla, pero ques que sigue y sigue… y cuando vamos a Zaragoza mi madre le tenía preparados unos fantasmikos para mi hijo. Sí, claro. Y me recuerda, antes de irme, que me lleve mis pitufos, la figura de Espinete, las caretas, los tebeos de Vampirella, las revistas Creepy que compro en el rastro.

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Y ahora, después de este libro, se ha vuelto a despertar mi instinto de cazador. Comienza la búsqueda del muñeco, del tebeo, del álbum de cromos. No sé si es bueno o malo esto que está haciendo Diábolo con nosotros.

 El recuerdo de lo terrorífico en una infancia analógica, colecciones e historias.  

La belleza de lo desconocido, de la duda, de la sensación de lo incompleto. ¿Qué es? ¿Dónde se ha quedado? Nací en 1978. Hacemos cálculos. Imagina qué recuerdos surgen. Me alimento, sé que hay cosas en el trastero de mis padres, mi madre lo guardaba todo, lo llevé a mi pueblo, mi hijo, entre las bolsas que recuperé. Cromos y colecciones. Muchos de fútbol, cosas nuevas, pero viejas: un canto a la copia, a la imitación. Así, ahora lo llama bootleg o trucho. Pero no sé cómo lo llamaría ahora. Sé que, al abrir el libro, Colecciones monstruosas. Grandes recuerdos para echarse a temblar de Vicente Pizarro, editado por Diábolo, se alimenta mis bajas pasiones. Nuestras. El coleccionismo del resto de los padres del mundo. Diábolo ya ha visitado Motel Margot, con Vértice y con Bruguera. Disfruten

Que sea terror (pulp, ciencia ficción, misterio), antes de que H.P. Lovecraft se hiciera con todo el pastel. Todo impregnado. Antes estaban los avistamientos (Jiménez del Oso y compañía) y Conan, claro. La herencia, los reptiles. Y los monstruos libres de derechos. Ah, claro y UVE, V, y la guerra de las galaxias. La rubia y la morena de V. Ya sabes de qué estoy hablando. De la pistola de los invasores hecha de cartón, recortable, montable, de la Teleindiscreta.

Empezamos con la editorial Bruguera. No solo eran tebeos, claro. Las ilustraciones de Antonio Bernal. Las historias cortas que mentían en las revistas mensuales. Todo era muy sugerente. Luego hablaremos de algunos mundos. De algunas promesas. También hablaré de un videoclip de una de mis bandas favoritas, los Kiev cuando nieva. Ah, claro, y Flash Gordon, con todos los personajes y razas que ofrecían, que dieron juego para las imitaciones, para los homenajes. Las películas del oeste y el terror eran cosa de mis padres. De sus pasiones.

Carnaval de monstruos. Miliki y La criatura de la Laguna Negra. Vamos fuerte para ser cosas de niños, la verdad. Avanzo hasta Dunkin. Chicles y figuras de PVC. Gallina Blanca. Era imposible completar las colecciones que fueran dentro de los alimentos, de los snacks, pastelitos… un millón de chicles. Cropán, Chocostein: comprar el producto por el regalo. Pues claro. Cómo sabe el pastelito, solo ver esos colores fosforescentes, libidinosos, casi parecen de una rojez propia de la sangre, sugerentes, antes del colesterol.

Me acuerdo de las 3D, de las gafas, del revival de hace unos años, de cuando intentaron pasar una película por TVE, cuando solo había dos canales y, al final, todos con las gafas delante de la pantalla, como con Uri Geller, tuvimos que colocar el televisor en blanco y negro. Pero eso colores, rojo y azul, en el papel, el mareo. Leo el libro con mi hijo. Se asusta. Aún con todas las películas de terror japonesas, con los videojuegos desquiciados. Se asusta.

Gitanitos, Ortiz, que lo tenía yo más con el tema del pan tostado. 1979. He leído un libro (OVNI 78). Me flipo con Eugenio Siragusa. Me mata. Hemos hablado muchas veces en Motel Margot de aquella colección, la que decía “existen otros mundos, pero están en este”. Mucho texto, muchas piedras. Pagábamos con sellos, en un sobre, los cromos que faltaban. En Estados Unidos hablaban, incluso, de figuras exclusivas, Exclusiva Mail In, a vuelta de correo, una docena de cromos, un álbum. En el Don Miki. Historia de ficción, no puedo olvidar, Themphix, Pulop, eran formas de Cthulhu, en el álbum de Historias ficción.

1981, con Historias de Terror llega mi primer recuerdo. Seguro. La vampira, sexual. El Nosferatu. El primer Nosferatu. Estoy en casa de mis abuelos, en la calle Almagro. Me han comprado el álbum y unos cromos mis padres en un kiosco frente a El Corte Inglés. Ojo. El hombre invisible sosteniendo un extraño líquido. Y, por supuesto, la historia del Gólem. No quiero hablar tanto de mí, pero, está claro, que esta reseña tiene que funcionar siempre con los recuerdos, los instantes precisos. Cuentos en los que soñaba con un Gólem en el Arco del Deán, en Zaragoza, un Gólem luchando contra una infestación de vampiros en Zaragoza. Eso solo puede ser por el recuerdo tatuado, vívido. También, por supuesto, El fantasma de la ópera o los ladrones de cadáveres (y ahora leer Valdemar y ver Penny Dreadful).

Llegamos al espacio. Primero Guerreros del espacio, de estos no tuve, sí que tenía cromos de Fher de ciclismo, creo. Otros mundos, esa, esa: por Francisco Jesús Serrano. Atrapado. No olvido. En un puñado de líneas cada personaje creaba una mitología de planetas, continentes, dioses, guerras pretéritas. Una aventura, una tradición. Arañas, copias de la mitología clásica, Planeta prohibido, Mazinger Z o Godzilla. Ya sabes. Como si fuera ayer, como si fuera hoy, el cromo del Arañador Foedusino: Parece mamífero por el tronco, ave por las garras, Reptil por la cola y anfibio porque sufre metamorfosis. Es el imago de J-22 que solo vive unos meses, lo suficiente para que las hembras pongan sus huevos.

Hace unos años, la banda oscense Kiev cuando nieva, en uno de sus videoclips, usó un viejo álbum como atrezo. Antxon y Javier, de 1978, como yo. En el videoclip de De tarima.

Extraterrestres: Panini, cromos de V, cartón y pegamento. No había figuras de acción, así que lo que hacíamos era jugar con los cromos, como en un diorama comatoso, ilusionante. La lengua del bebe híbrido. Tiempos sin grabaciones, con poco VHS, la mayor parte de los recuerdos de esta serie llegan de la Teleindiscreta y de los cromos, de cartón y pegamento. Un capítulo semanal en casa de mis abuelos, los padres de mi padre. En la calle Latassa, sin ascensor. Sigo soñando con aquella casa, con aquel piso.

Muchas de esas colecciones eran imposibles. Pero nos volvíamos locos. Impacto del chupacráneos, antes de conocer todas las reglas de George A. Romero. Hay que pensar que en 1985 lo de comer cerebros parecería el estándar de los muertos vivientes, era el año del estreno de Return of the Living Dead, la excisión de La noche los muertos vivientes, entre Romero y John Russo. ¿Cromo de arácnida? También recuerdo que el álbum era una especie de dina 3, un folio doble apaisado, en un bar de Tenor Fleta, recién comprado el sobre: mi madre tomando un café con sus compañeros de la escuela, esperando que llegara mi padre con el coche. Hijo de maestros, coleccionista emocionado.

El deforme, el monstruo del pantano, ojo, es un bootleg de La Cosa del Pantano de DC. La idea sobre el mito de Berni Wrightson. Llegarán los adhesivos, los robots galácticos son Darth Vader vampírico, dibujos de monstruos, círculos para chapas, entre 1987 y 88, como una carrera ciclista de terror, cuando el mundo lo dominaba Perico Delgado. Eran álbumes explícitos. ¿Qué pasaría hoy? A mí me alimentaron y eso que no he podido ver las películas de Pesadilla en Elm Street todavía. Sueño con Freddy Krueger. Tengo figuras de la segunda entrega, mi favorita, la de los guerreros del sueño. Pero no la he visto, repito.

Mis padres me compraron una Atari 2600 cuando ya existía la Master System y estaba a punto de aparecer la Megadrive. Pero da igual. Yo me quedo con la colección Monster. Ahí, lector, le animo a identificar los personajes, los músicos de Star Wars, la Cosa de los cuatro fantásticos. Ojo, que está ahí, como en las figuras de PVC, cada uno, por libre. Pienso, como en todas las últimas reseñas, en escribir cuentos a partir de estas reseñas, se me ocurre la historia de un cuarentón largo buscando, entre las antiguas direcciones a las que se escribía para acabar la colección de cromos, una imagen, un origina, en Valencia, cuando en Valencia se fabricaban juguetes, cromos, figuritas… sí, los moldes, moldes copados, usando las direcciones de envío de los sellos. La masa del pantano. Casimiro, las barajas, ALF, sí, ALF (recuerdan cómo acabo el padre de la familia) y el guiño en aquel capítulo de Los Simpsons, el alma de Bart por unos tazos de ALF. ¿Puede ser?

Cromos de Fraggle rock. Recuerdo el capítulo en el que los personajes sufrían el síndrome de abstinencia por no comer las construcciones de los Curris. ¿Te acuerdas? Buscando en foros oscuros de internet aseguran que el fraggle que no comía las construcciones de los curris acaba convirtiéndose en humano. Muy oscuro, muy profundo. Le puse un capítulo a mi hijo. Un rato, la montaña de la basura, el perro, la sintonía… le dio igual.

La Pandilla Basura. Aquí hay que detenerse un momento. No hay nada más salvaje. Putrefacción y nueva carne, herederos de la interzona, perdimos el miedo a los parásitos, lombrices y demás. Pus y sarna. Hasta mi mujer los conoce. Cromos. La película. Rima consonante para el aprendiz de poeta. Qué risa Tomasa, antes de El silencio de los corderos, un punto más, el homenaje a los cenobitas de Clive Barker.

A partir de aquí, ojo, me bajo al local y encuentro los airgamboys del miedo. Y los encuentro. Ahí están, esperándome. Extraterrestres, genios malvados, vampy tarántula, magnetismo y luz primaria, la Ley de Ohm llevada a los juegos de mesa. Cuando pasamos de plástica a pretecnología, incluso acabamos en electrotecnia. SERIE ESPACIO «CALAVERA ALIENIGENA”. Spector. El regreso del Dr. Diabolic.

Y, por supuesto, el Imperio Cobra. Las serpientes, los reptilianos, hiperbórea y la caída de la Atlántica, las historias de magia y brujería. En el local guardo la segunda parte, Huida del Imperio Cobra. Junto a Magia Borrás, esperado que se revalorice o que mi hijo quiera jugar con él. CEFA y FEBER. Insisto en el cuento. Recorriendo fábricas de alicante cerradas, moldes, plásticos originales, diseños y bocetos en cajones llenos de polvo, imágenes reutilizadas, gente extraña, hijo de trabajadores de aquellos tiempos en los que se fabricaban en España los juguetes a mano.

Todos aquellos juegos híbridos, entre la oca y el parchís, que utilizan los personajes libres de derecho de la Universal y aledaños. No me los compré porque mi hermana era muy pequeña para jugar conmigo. Pero esas elevaciones, esos dioramas de cartón, creo que, en la distancia, hemos heredado la pasión por las construcciones, las maquetas. Viendo hoy la revisión de Stranger Things de los D&D. Ni MB juegos, ni el play doll con esos fluidos, el país del Antichollo, no sé de dónde salió, pero yo recuerdo que tenía el dinero verde del Un, dos tres.

Hoy, seguro, hoy siguen en pie los Drakis, los dientes de plástico de vampiros, los dientes de azúcar duro, sobrevive hasta hoy, como el mítico Drácula, con esa extraña combinación de sabores, la cocacola, la vainilla, pero ques que sigue y sigue… y cuando vamos a Zaragoza mi madre le tenía preparados unos fantasmikos para mi hijo. Sí, claro. Y me recuerda, antes de irme, que me lleve mis pitufos, la figura de Espinete, las caretas, los tebeos de Vampirella, las revistas Creepy que compro en el rastro.

Y ahora, después de este libro, se ha vuelto a despertar mi instinto de cazador. Comienza la búsqueda del muñeco, del tebeo, del álbum de cromos. No sé si es bueno o malo esto que está haciendo Diábolo con nosotros.

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