Este volumen, que apareció originalmente a principios de los noventa, contiene dos historias largas, la primera, la que da título, Presed tongue, de mayor longitud y profundidad narrativa, y la segunda, el delirio de pornografía pseudoalienígena Cynthia Petal´s, una sucesión de placeres y extrañismo. Es una obra, la de Muérdete la lengua de Dave Cooper, editado por La Cúpula, que nos permite disfrutar de estadio más en la trayectoria del dibujante de Nueva Escocia.
Imagina hojas orgánicas, viñetas de Ayahuasca extraterrestre, sexualidad de cuerpos imperfectos… evidentemente elementos entomológicos de El almuerzo desnudo de William S. Burroughs, el consumo que te deglute hasta dejarte exhausto… la misma forma de dibujar es exigente. Heredero del año 1993, el año en el que se editan In Utero de Nirvana, Rid of Me de PJ Harvey o Pablo Honey de Radiohead. Pero, sobre todo, de los hermanos siameses, las calabazas que explotan, el cinco contra uno de Peal Jam, claro. Elderly Woman Behind the Counter in a Small Town. Las compañeras de piso, los vecinos locos, mirones, animalismo encubierto, leche condensada, acumulación de comida chatarra, plásticos abiertos a mordiscos, papeles manchados de grasa y sustancias orgánicas.
Algo tan sencillo e inmediato como una pareja, su hijo recién nacido, el sexo después de la cuarentena, un salto cualitativo, y la misma afonía de cuerpos que acaban llevando al delirio. Pastillas escondidas, zarcillos y el aviso, vegetal, de David Cronenberg (que firmó el prólogo de la novela gráfica Weasel que ganó el premio Harvey y el premio Ignatz en el año 2000).
Las hormonas son como una bacteria social.
Los noventa son una década atrapada entre el esplendor y la brillantina d e los ochenta y la absoluta esperanza del nuevo siglo. Los noventa, eléctricos y a cuadros, de grapas y tinta china, es desasosiego, es subterráneo.
Novelas sobre escritores y tebeos sobre dibujantes. El salto del fanzine a la oscuridad profunda de las tiendas especializadas. La Cúpula lleva años ofreciendo novedades y recuperando la obra de autores que hicieron tóxicas las viñetas. No es tebeo de autor, es psicodelia narrativa. Daniel Clowes, Robert Crumb, Charles Burns, Peter Bagge o Gilbert Shelton. Palabras mayores. También, claro, Max, Gallardo o Nazario. Que tampoco hay que olvidarlo.
«Hora de peli/buena idea/claro, saquemos partido a la vida antes de que sea demasiado tarde». Vecinos que son como una comunidad pasada de ácido de Delicatessen. Un H.P. Lovecraft más cercano al motel y la pensión barata, a los terribles ácaros de las alfombras, nada de montañas, mares del sur ni el Ártico. Las heces de bebé como una primera versión de células madre. Matrimonios, violencia, la fiebre, no es fiebre, es una especie de exorcismo, llagas, supervivencia y cansancio.
Las cloacas, ahí, qué sucede, la duda entre la enfermedad y la realidad, el vecino que, cuarenta años más tarde, sigue pensando en términos de melenudos, camisas de cuadros, Levi´s rotos y los últimos beatniks. La televisión. Lo importante: la época, la estampa de los catálogos, los fanzines, las revistas. El odio todo. Era ruido, era punk. Plantas mutantes.
La sexualidad es contenida cuando en la misma viñeta se muestra que es incontenible. Qué hay dentro del pus, larvas, es la misma idea que se oculta, como una iteración más de De Vermis Mysteriis. El grimorio fotocopiado. Cuesta mirar en las explosiones finales, cuando todo es tan flácido, podrido, casi asquea. Pero hay que seguir mirando, porque yo tenía quince años, es mi obligación, era mi momento.
La segunda parte, la segunda historia, es una especie de Barbarella pasada por Videodrome, pero sin salir de un piso minúsculo, en una urbe sin nombre, el punk llegó a los noventa en forma de heroína y casas prefabricadas con sello social. La eternidad contenida en una explosión de pus adolescente. La explosión de una espinilla como un Big-Bang noise y el alimento, el placer sensual, inmediato y sin preguntas: pepinillos para la resaca.
El sueño noise de zarcillos y tebeos independientes de Dave Cooper.
Este volumen, que apareció originalmente a principios de los noventa, contiene dos historias largas, la primera, la que da título, Presed tongue, de mayor longitud y profundidad narrativa, y la segunda, el delirio de pornografía pseudoalienígena Cynthia Petal´s, una sucesión de placeres y extrañismo. Es una obra, la de Muérdete la lengua de Dave Cooper, editado por La Cúpula, que nos permite disfrutar de estadio más en la trayectoria del dibujante de Nueva Escocia.

Imagina hojas orgánicas, viñetas de Ayahuasca extraterrestre, sexualidad de cuerpos imperfectos… evidentemente elementos entomológicos de El almuerzo desnudo de William S. Burroughs, el consumo que te deglute hasta dejarte exhausto… la misma forma de dibujar es exigente. Heredero del año 1993, el año en el que se editan In Utero de Nirvana, Rid of Me de PJ Harvey o Pablo Honey de Radiohead. Pero, sobre todo, de los hermanos siameses, las calabazas que explotan, el cinco contra uno de Peal Jam, claro. Elderly Woman Behind the Counter in a Small Town. Las compañeras de piso, los vecinos locos, mirones, animalismo encubierto, leche condensada, acumulación de comida chatarra, plásticos abiertos a mordiscos, papeles manchados de grasa y sustancias orgánicas.

Algo tan sencillo e inmediato como una pareja, su hijo recién nacido, el sexo después de la cuarentena, un salto cualitativo, y la misma afonía de cuerpos que acaban llevando al delirio. Pastillas escondidas, zarcillos y el aviso, vegetal, de David Cronenberg (que firmó el prólogo de la novela gráfica Weasel que ganó el premio Harvey y el premio Ignatz en el año 2000).
Las hormonas son como una bacteria social.
Los noventa son una década atrapada entre el esplendor y la brillantina d e los ochenta y la absoluta esperanza del nuevo siglo. Los noventa, eléctricos y a cuadros, de grapas y tinta china, es desasosiego, es subterráneo.

Novelas sobre escritores y tebeos sobre dibujantes. El salto del fanzine a la oscuridad profunda de las tiendas especializadas. La Cúpula lleva años ofreciendo novedades y recuperando la obra de autores que hicieron tóxicas las viñetas. No es tebeo de autor, es psicodelia narrativa. Daniel Clowes, Robert Crumb, Charles Burns, Peter Bagge o Gilbert Shelton. Palabras mayores. También, claro, Max, Gallardo o Nazario. Que tampoco hay que olvidarlo.

«Hora de peli/buena idea/claro, saquemos partido a la vida antes de que sea demasiado tarde». Vecinos que son como una comunidad pasada de ácido de Delicatessen. Un H.P. Lovecraft más cercano al motel y la pensión barata, a los terribles ácaros de las alfombras, nada de montañas, mares del sur ni el Ártico. Las heces de bebé como una primera versión de células madre. Matrimonios, violencia, la fiebre, no es fiebre, es una especie de exorcismo, llagas, supervivencia y cansancio.

Las cloacas, ahí, qué sucede, la duda entre la enfermedad y la realidad, el vecino que, cuarenta años más tarde, sigue pensando en términos de melenudos, camisas de cuadros, Levi´s rotos y los últimos beatniks. La televisión. Lo importante: la época, la estampa de los catálogos, los fanzines, las revistas. El odio todo. Era ruido, era punk. Plantas mutantes.

La sexualidad es contenida cuando en la misma viñeta se muestra que es incontenible. Qué hay dentro del pus, larvas, es la misma idea que se oculta, como una iteración más de De Vermis Mysteriis. El grimorio fotocopiado. Cuesta mirar en las explosiones finales, cuando todo es tan flácido, podrido, casi asquea. Pero hay que seguir mirando, porque yo tenía quince años, es mi obligación, era mi momento.

La segunda parte, la segunda historia, es una especie de Barbarella pasada por Videodrome, pero sin salir de un piso minúsculo, en una urbe sin nombre, el punk llegó a los noventa en forma de heroína y casas prefabricadas con sello social. La eternidad contenida en una explosión de pus adolescente. La explosión de una espinilla como un Big-Bang noise y el alimento, el placer sensual, inmediato y sin preguntas: pepinillos para la resaca.
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