<p>Cuando Laura decidió mudarse al piso de su novio Manuel podía anticipar el tipo de problemas de convivencia que sucederían a esa decisión, algo lógico al intentar acomodar dos vidas a un espacio compartido. Pero lo que no podía imaginar es que Manuel no contase con ningún sistema de calefacción: él no sentía frío en su casa y nunca había considerado necesario instalarlo. Y fue firme al respecto: tampoco consentiría que ella lo hiciese, aunque lo costease con su dinero.</p>
Mantener la casa caliente es un lujo para casi un cuarto de los hogares españoles. Sin embargo, quienes sí pueden combatir el frío no siempre hacen un buen uso de ellos, algo que no solo afecta al bolsillo o al medioambiente
Cuando Laura decidió mudarse al piso de su novio Manuel podía anticipar el tipo de problemas de convivencia que sucederían a esa decisión, algo lógico al intentar acomodar dos vidas a un espacio compartido. Pero lo que no podía imaginar es que Manuel no contase con ningún sistema de calefacción: él no sentía frío en su casa y nunca había considerado necesario instalarlo. Y fue firme al respecto: tampoco consentiría que ella lo hiciese, aunque lo costease con su dinero.
Este es un ejemplo extremo de la famosa batalla de los sexos por el termostato, pero se basa en una realidad que la ciencia ha demostrado en varias ocasiones: ellas tienen más frío. No es algo subjetivo o producto de manías, tampoco resistir temperaturas más bajas es una señal de mayor masculinidad por parte de ellos. Simplemente la menor masa muscular y una serie de factores hormonales trazan una línea divisoria que puede traducirse en hasta 4ºC de distancia en la temperatura de confort.
Y no es la única diferencia a la hora de establecer con cuántos grados nos encontramos más cómodos. «Necesitan más temperatura las mujeres, las personas acostumbradas a un clima caluroso, las personas delgadas con poca masa grasa, etc.», explica la doctora María Sanz Almazán, miembro del Grupo de Trabajo de Respiratorio de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG), «además, con la edad disminuye la sensibilidad térmica tanto al calor como al frío».
La ciencia acude al rescate para proponer un rango salomónico de temperaturas para cada estación, y la de la casa durante el invierno, tal y como indica la doctora Sanz, va de 19ºC a 22ºC, «si bien es verdad que se debe tener en cuenta la temperatura exterior, evitando diferencias de temperatura de más de 10ºC entre interior y exterior, para evitar el estrés térmico al salir a la calle».
El coste de pasarnos de la raya con el termostato afecta claramente al bolsillo, de hecho el Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE) estima que «una variación de 1ºC genera un ahorro aproximado de un 7% en climatización». Pero también conlleva algunos problemas de salud, que en muchas ocasiones pasan desapercibidos. «Las consultas directas por problemas derivados de un uso excesivo de la calefacción no son frecuentes en sí mismas», afirma la doctora Sanz Almazán, «aunque sí es posible que si hacemos una buena anamnesis, alguno de los problemas de salud por los que nos consultan se deban o agraven por un mal uso de la misma». Hablamos de sequedad de piel y mucosas, dolor de cabeza o incluso problemas de sueño.
La calefacción, especialmente si la usamos a una temperatura excesiva, reseca el ambiente. Esa sequedad se contagia a las vías respiratorias y las mucosas, lo que bloquea la producción de moco, barrera contra virus y bacterias. Esa tos seca que nos acompaña buena parte del invierno o incluso algún catarro o infección respiratoria pueden tener su origen en este mal uso de la calefacción. Y las consecuencias serán más graves en pacientes con patologías respiratorias como el asma o el EPOC.
Esa misma sequedad también se refleja en una piel enrojecida, irritada y tirante, cuadro que se agrava por las duchas calientes que someten a nuestra piel a fuertes contrastes térmicos, siendo más susceptibles aquellas personas con dermatitis atópica o enfermedades de la piel. Lo mismo sucede con los ojos, la mucosa ocular se seca y es probable que tengamos que tirar de hidratación externa para paliarlo (lágrimas artificiales en los ojos, crema hidratante en la piel).
Los problemas no terminan ahí: una temperatura excesiva también puede provocar dolor de cabeza y sensación de embotamiento y también puede afectar a nuestra calidad del sueño. «Para tener un buen descanso se recomienda que la temperatura sea unos 2-3ºC menor que la diurna», afirma la doctora de la SEMG, y es que «una temperatura ambiente elevada puede dificultar el sueño».
Pero no todo es cosa de los grados, el tipo de calefacción también influye en las posibles consecuencias para nuestra salud, algo que deberíamos tener en cuenta, además del coste y su eficiencia, a la hora de escoger un sistema para calentar la casa.
«Cada sistema de calefacción tiene sus particularidades, las diferencias desde el punto de vista de la salud se centran sobre todo en cómo afectan a la calidad del aire, la humedad, la circulación de partículas y la seguridad«, explica la doctora Sanz.
Los sistemas más habituales en los hogares españoles siguen siendo de combustión, pero las instalaciones actuales (y su correcto mantenimiento) buscan evitar el riesgo extremo: la intoxicación por monóxido de carbono. Este ‘asesino invisible’ (es incoloro e inodoro) se cobra cada año una media de 125 fallecimientos según la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR), aunque el número de intoxicaciones anuales podría rondar las 5.000 o 10.000. Aunque la seguridad de los sistemas de calefacción ha mejorado y también estamos más concienciados sobre los riesgos, es un peligro que persiste y que hemos de tener muy en cuenta en la actualidad. Es por eso que, sobre todo si utilizamos braseros o estufas de leña, debemos asegurarnos de que la ventilación es la adecuada y que la combustión es correcta o incluso que compremos un detector de monóxido de carbono.
La combustión de carbón y leña es, además, un factor de riesgo en sí mismo para padecer EPOC, debido a la exposición prolongada al humo que genera. Y todos los sistemas basados en la combustión (ya sean de gas, de butano o de leña) «emiten sustancias contaminantes», afirma la doctora de la SEMG.
El siguiente sistema más popular en nuestro país, algo lógico por su versatilidad para protegernos del frío y del calor, es el aire acondicionado de frío/calor. En este caso no hay combustión pero sí la generación de una corriente de aire caliente para elevar la temperatura ambiente. «El problema es que esta corriente de aire arrastra partículas de polvo, polen, ácaros, microorganismos, etc., que pueden aumentar los síntomas en pacientes alérgicos además de contribuir a resecar el ambiente», afirma la doctora.
La bomba de calor, que se anuncia como el futuro sostenible y eficiente de la calefacción doméstica, sufre de este mismo problema, aunque tanto en uno como en otro una buena parte del riesgo se ataja con un correcto mantenimiento y limpieza de los filtros o desinfección de la bomba. Y, en todos los casos, con el uso pertinente de humidificadores si el ambiente es excesivamente seco. Por otra parte, la bomba de calor también puede emplearse para calentar radiadores, por lo que evitaríamos esa corriente de aire caliente.
Según una encuesta realizada por la empresa Tadoº hace unos meses, 6 de cada 10 españoles fijan el termostato de sus casas a 21ºC, una temperatura que se encuentra dentro del rango recomendado, pero al mismo tiempo muchos mostraron sus preferencias por temperaturas más elevadas y una mayoría confesó regular la calefacción a su gusto en secreto.
En esa misma encuesta se reflejaba, además, que los españoles tendemos a temperaturas más elevadas que nuestros vecinos europeos, a pesar de que nuestros inviernos, en promedio, son menos fríos. Por otra parte, el estudio Triodos Bank sobre Conductas sostenibles de la población española refleja el impacto del cambio climático en el uso de la calefacción, ya que los inviernos son cada vez más cortos y eso conlleva periodos de uso más cortos a lo largo del año.
En estas encuestas y estudios se observa que estamos cada vez más concienciados sobre el uso y el coste de la calefacción, hasta el punto que muchos de los encuestados afirman plantearse alternativas más eficientes para un futuro próximo. Sin embargo, no somos tan conscientes de cómo otros hábitos propios de nuestra rutina diaria pueden afectar a la eficiencia del sistema con el que ya contamos.
La tentación de subir a tope el termostato para calentar rápidamente la casa al entrar o preferir subir la temperatura ambiente a tener que llevar ropa de abrigo en el interior son hábitos comunes que hay que desechar. De igual forma, debemos aprender cómo ventilar de forma eficaz o buscar que la casa esté bien aislada para que no pierda el calor que tanto cuesta alcanzar. Disfrutemos con cabeza de un recurso que por desgracia no está al alcance de todo el mundo y, dejando a un lado las preferencias personales, centrémonos en buscar el equilibrio entre dormir bajo siete mantas y pretender caminar descalzos y en camiseta por casa en pleno mes de enero.
Salud


