A Sergio Peris-Mencheta (Madrid, 1975) le gusta aportar un carácter lúdico a sus montajes teatrales. Siente una atracción reconocida por los juguetes escénicos y suele crear engranajes en los que involucra a un buen número de actores, cuidando que todo funcione como un reloj. Esa tendencia fragua ahora en una producción del Centro Dramático Nacional y Barco Pirata. Su última aventura se titula Constelaciones y está basada en un texto de Nick Payne al que ha incorporado una vuelta de tuerca.
Algunos creadores artísticos se dejan llevar por la fascinación de la Física Cuántica para introducirla en sus propuestas, aunque tan sólo sea como reclamo o vaga inspiración. Partículas que están en dos lugares a la vez, universos que se ramifican constantemente, la imposibilidad de conocer sin alterar lo observado… Es un mundo desconocido en el que leyes misteriosas rigen el comportamiento de las partículas elementales de nuestro universo. En realidad, nada de lo que experimentamos a nuestro alrededor parece requerir de esa constante de Planck que ‘cuantiza’ la energía. Si alguno de los creadores se hubiera endiñado los dos tomos del Sánchez del Río (EUDEMA, 1991), con el que muchos tuvimos que lidiar para superar la endiablada asignatura de Física Cuántica en la Universidad, seguramente vería de otro modo la dichosa materia.
El asunto comienza con seis actores –Jordi Coll, Diego Monzón, Paula Muñoz, María Pascual, David Pérez Bayona y Clara Serrano– saltando a la palestra y una mano inocente entre el público eligiendo al azar una pareja de ellos, intérpretes únicos desde ese momento. Una historia sobre el amor, sus inicios, las crisis y una coda final más dramática. Los actores restantes toman instrumentos musicales e interpretarán una banda sonora que también se elige entre cuatro opciones. Peris-Mencheta multiplica de este modo las posibles versiones del espectáculo y salen 60 combinaciones diferentes. «Cada función es única, no hay repetición sino representación», declaraba el director el día del estreno.
Asistimos a una sucesión de breves esbozos escénicos, un catálogo de diálogos posibles a partir del encuentro entre los protagonistas. Fragmentos consecutivos, partiendo de una misma situación -una fiesta de fin de año en nuestro caso-, que vienen condicionados por el momento personal de ambos, por su estado anímico y otros factores al azar. Él se dedica a la apicultura y ella a la física cuántica. Un fundido en negro finaliza cada escena y vuelta a empezar desde el mismo punto de arranque. A partir de ahí, comienzan las bifurcaciones. Son las diferentes caras de un multiverso que apunta la existencia de mundos paralelos. Espejos múltiples que ofrecen diferentes perspectivas.
Lo que comienza resultando divertido o intrigante, pronto se convierte en algo repetitivo que va perdiendo fuerza. Apenas puede adquirirla debido a esa intermitencia radical. La sensación de estar ante un mecanismo se acrecienta al emplear un escenario giratorio.
Constelaciones parece la plasmación teatral de la Integral de caminos, teoría desarrollada por el físico estadounidense Richard Feynman. Expuesta en 1948, venía a decir que una partícula no está obligada a seguir una ruta única para llegar de un punto A a otro B, sino que físicamente pueden establecerse un conjunto de caminos posibles que unen origen y destino, con diferentes probabilidades. Según una ecuación matemática aglutinadora, y aunque parezca paradójico, podemos afirmar que la partícula viaja por todas las posibles rutas al mismo tiempo.
Los dos personajes coinciden en diferentes momentos: una fiesta de fin de año, una discusión, una clase de baile… Los recorridos que les llevan de uno a otro les transforman como personas aunque sigan siendo las mismas. En ellos observamos un caleidoscopio de reacciones: atracción, indiferencia, entrega, desazón, rabia, condescendencia, culpa… Aplicadas en diferentes proporciones, nos ofrecen un color distinto en cada mezcla.
El resultado son unas variaciones muy atractivas para el director y los seis actores potenciales, que encontrarán en los emparejamientos un estimulante ejercicio interpretativo. El interés para el espectador seguramente sea menor y acabamos enredados en un ovillo de situaciones, en una narración discontinua que no llega a atraparnos.
Con las localidades agotadas desde hace tiempo, los afortunados que cuenten con una entrada no tendrán opción de repetir para ver otra dupla en acción. Por otra parte, la coordinación de este engranaje impide, a priori, tomarse demasiadas libertades. Todo está medido, demasiado medido.
Sobre un hexágono central, quizás en referencia a la celdilla básica de los panales de abejas o al número de actores, se expone una situación más profunda y sentida: las consecuencias de una fatal enfermedad y las diferentes formas de afrontarla. Es algo que resonará en Peris-Mencheta especialmente, alguien que ha luchado como el que más por su vida.
La eutanasia como elección final resuena a lo largo de la obra, en escenas que se repiten casi desde el principio. «Mamá no tenía miedo a morir, tenía miedo a que la mantuviesen con vida», dice la protagonista angustiada por su enfermedad. Finalmente, se trata del elemento de mayor calado de estas Constelaciones, a pesar de que un asunto tan relevante esté insertado en el mismo patrón intermitente. Es el punto de no retorno, el final del camino, de todos los caminos. Quizás habría requerido mayor desarrollo pero no puede pedirse más a este juguete escénico. Lo cierto es que de esta constelación de seis actores sólo se nos deja ver brillar a dos, y la Sala grande del Teatro Valle-Inclán se hace demasiado grande.
Constelaciones, de Nick Payne, se representará hasta el 29 de marzo en el Centro Dramático Nacional, con dirección de Sergio Peris-Mencheta
A Sergio Peris-Mencheta (Madrid, 1975) le gusta aportar un carácter lúdico a sus montajes teatrales. Siente una atracción reconocida por los juguetes escénicos y suele crear engranajes en los que involucra a un buen número de actores, cuidando que todo funcione como un reloj. Esa tendencia fragua ahora en una producción del Centro Dramático Nacional y Barco Pirata. Su última aventura se titula Constelaciones y está basada en un texto de Nick Payne al que ha incorporado una vuelta de tuerca.
Algunos creadores artísticos se dejan llevar por la fascinación de la Física Cuántica para introducirla en sus propuestas, aunque tan sólo sea como reclamo o vaga inspiración. Partículas que están en dos lugares a la vez, universos que se ramifican constantemente, la imposibilidad de conocer sin alterar lo observado… Es un mundo desconocido en el que leyes misteriosas rigen el comportamiento de las partículas elementales de nuestro universo. En realidad, nada de lo que experimentamos a nuestro alrededor parece requerir de esa constante de Planck que ‘cuantiza’ la energía. Si alguno de los creadores se hubiera endiñado los dos tomos del Sánchez del Río (EUDEMA, 1991), con el que muchos tuvimos que lidiar para superar la endiablada asignatura de Física Cuántica en la Universidad, seguramente vería de otro modo la dichosa materia.

El asunto comienza con seis actores –Jordi Coll, Diego Monzón, Paula Muñoz, María Pascual, David Pérez Bayona y Clara Serrano– saltando a la palestra y una mano inocente entre el público eligiendo al azar una pareja de ellos, intérpretes únicos desde ese momento. Una historia sobre el amor, sus inicios, las crisis y una coda final más dramática. Los actores restantes toman instrumentos musicales e interpretarán una banda sonora que también se elige entre cuatro opciones. Peris-Mencheta multiplica de este modo las posibles versiones del espectáculo y salen 60 combinaciones diferentes. «Cada función es única, no hay repetición sino representación», declaraba el director el día del estreno.
Asistimos a una sucesión de breves esbozos escénicos, un catálogo de diálogos posibles a partir del encuentro entre los protagonistas. Fragmentos consecutivos, partiendo de una misma situación -una fiesta de fin de año en nuestro caso-, que vienen condicionados por el momento personal de ambos, por su estado anímico y otros factores al azar. Él se dedica a la apicultura y ella a la física cuántica. Un fundido en negro finaliza cada escena y vuelta a empezar desde el mismo punto de arranque. A partir de ahí, comienzan las bifurcaciones. Son las diferentes caras de un multiverso que apunta la existencia de mundos paralelos. Espejos múltiples que ofrecen diferentes perspectivas.
Lo que comienza resultando divertido o intrigante, pronto se convierte en algo repetitivo que va perdiendo fuerza. Apenas puede adquirirla debido a esa intermitencia radical. La sensación de estar ante un mecanismo se acrecienta al emplear un escenario giratorio.

Constelaciones parece la plasmación teatral de la Integral de caminos, teoría desarrollada por el físico estadounidense Richard Feynman. Expuesta en 1948, venía a decir que una partícula no está obligada a seguir una ruta única para llegar de un punto A a otro B, sino que físicamente pueden establecerse un conjunto de caminos posibles que unen origen y destino, con diferentes probabilidades. Según una ecuación matemática aglutinadora, y aunque parezca paradójico, podemos afirmar que la partícula viaja por todas las posibles rutas al mismo tiempo.
Los dos personajes coinciden en diferentes momentos: una fiesta de fin de año, una discusión, una clase de baile… Los recorridos que les llevan de uno a otro les transforman como personas aunque sigan siendo las mismas. En ellos observamos un caleidoscopio de reacciones: atracción, indiferencia, entrega, desazón, rabia, condescendencia, culpa… Aplicadas en diferentes proporciones, nos ofrecen un color distinto en cada mezcla.
El resultado son unas variaciones muy atractivas para el director y los seis actores potenciales, que encontrarán en los emparejamientos un estimulante ejercicio interpretativo. El interés para el espectador seguramente sea menor y acabamos enredados en un ovillo de situaciones, en una narración discontinua que no llega a atraparnos.

Con las localidades agotadas desde hace tiempo, los afortunados que cuenten con una entrada no tendrán opción de repetir para ver otra dupla en acción. Por otra parte, la coordinación de este engranaje impide, a priori, tomarse demasiadas libertades. Todo está medido, demasiado medido.
Sobre un hexágono central, quizás en referencia a la celdilla básica de los panales de abejas o al número de actores, se expone una situación más profunda y sentida: las consecuencias de una fatal enfermedad y las diferentes formas de afrontarla. Es algo que resonará en Peris-Mencheta especialmente, alguien que ha luchado como el que más por su vida.

La eutanasia como elección final resuena a lo largo de la obra, en escenas que se repiten casi desde el principio. «Mamá no tenía miedo a morir, tenía miedo a que la mantuviesen con vida», dice la protagonista angustiada por su enfermedad. Finalmente, se trata del elemento de mayor calado de estas Constelaciones, a pesar de que un asunto tan relevante esté insertado en el mismo patrón intermitente. Es el punto de no retorno, el final del camino, de todos los caminos. Quizás habría requerido mayor desarrollo pero no puede pedirse más a este juguete escénico. Lo cierto es que de esta constelación de seis actores sólo se nos deja brillar a dos, y la Sala grande del Teatro Valle-Inclán se hace demasiado grande.
20MINUTOS.ES – Cultura
