«Pienso llegar a los 120 años, y después ya veremos». Así responde, con una sonrisa, Erminia Di Gianantonio, una mujer de 107 años cuya historia ha llamado la atención tanto por su extraordinaria longevidad como por una insólita disputa con la Administración tributaria italiana.
Bajo la sombra de un gran tilo en una residencia situada junto a la playa de Calambrone, en la Toscana, su hijo Paolo acaricia a su madre con la ternura con la que se cuida a una niña. Él tiene 81 años, ella, 107
«Pienso llegar a los 120 años, y después ya veremos». Así responde, con una sonrisa, Erminia Di Gianantonio, una mujer de 107 años cuya historia ha llamado la atención tanto por su extraordinaria longevidad como por una insólita disputa con la Administración tributaria italiana.
Bajo la sombra de un gran tilo en una residencia situada junto a la playa de Calambrone, en la Toscana, su hijo Paolo acaricia a su madre con la ternura con la que se cuida a una niña. Él tiene 81 años, ella, 107. Se sonríen en silencio mientras la brisa marina agita sus cabellos blancos.
La conversación tiene una dificultad, y es que Erminia ha perdido gran parte de la audición, aunque conserva una vista excepcional. Por eso, Paolo escribe las preguntas en una hoja y ella las lee sin necesidad de gafas antes de responder.
El motivo de la entrevista no es solo que Corriere della Sera haya decidido incluirla en una serie especial dedicada a los centenarios italianos. También hay una razón más peculiar. En su declaración de la renta figuraba un crédito fiscal superior a 4.000 euros derivado de gastos médicos realizados en 2024. Hacienda reconoció la existencia de esa devolución, pero le comunicó que el reembolso podría tardar varios años en llegar. Es decir, que quizá no cobre el dinero hasta cumplir 110 años.
«Eso es lo que nos dijeron en la Agencia Tributaria. Como la declaración se presentó con diez días de retraso, aseguran que harán falta tres años para recuperar ese dinero. Ha faltado un poco de sensibilidad», explica Paolo. El caso ya está siendo estudiado por los abogados Stefano Rossi y Giacinto Canzona.
Cuando le preguntan si conoce la respuesta de Hacienda, Erminia sonríe.
—¿Y qué les responde?
—»Que mientras tanto llegaré a los 120 años y luego ya veremos».
Nacida en Avasinis di Trasaghis, un pequeño pueblo de la región de Friuli, Erminia vivió hasta 1969 entre Udine, Trieste y Gorizia. Más tarde se trasladó a la provincia de Lecce, tierra natal de su marido, Nicolino Cucurachi, miembro de la Guardia de Finanzas y descendiente de una familia de origen griego.
Con él la vida fue menos generosa. Nicolino falleció en 1988 a los 73 años. Desde entonces, Erminia vive en la Toscana, donde su hijo Paolo, piloto de helicópteros de la Guardia de Finanzas ya jubilado, formó su familia y echó raíces.
Hasta hace dos años residía en Calci, en el valle de Val Graziosa, rodeada por la tranquilidad de los montes pisanos. Sin embargo, pese a llevar cuatro décadas viviendo allí, los lugareños siguen considerándola una forastera. Algunos bromean diciendo que esa condición se debe, en parte, a sus simpatías políticas por la primera ministra italiana, Giorgia Meloni.
—¿Cuál es el secreto de su longevidad?
Erminia señala a su hijo.
—»Tú. Y el vino tinto».
Paolo sonríe.
—»Mi madre me ha querido siempre profundamente. Me quiere a mí y quiere al vino tinto. Cuando salimos a comer e intento rebajárselo con agua, se enfada. Lo quiere puro».
—¿Solo el vino?
—»También la polenta amarilla, el queso de granja, el jamón y el salami. Y por la mañana, leche caliente y un diente de ajo crudo».
Su hijo confirma la costumbre.
—»Es cierto. Todas las mañanas desayuna ajo. Es su particularidad. Por lo demás, digiere cualquier cosa. Hasta los 103 años seguía cocinando sola. Más de una vez la encontré friendo salami con mantequilla. Procede de una familia campesina: criaban vacas lecheras, sacrificaban sus propios cerdos y producían prácticamente todo lo que consumían».
—¿Y no tendrá algo que ver el aire puro de Friuli o de la Toscana?
—»Quién sabe».
Aunque la región de Carnia no tiene la fama de las zonas azules de Cerdeña, donde abundan los centenarios, también registra una esperanza de vida superior a la media italiana, especialmente entre las mujeres. Lo confirma Stefania Pisu, alcaldesa de Trasaghis:
«Tenemos 2.100 habitantes y tres mujeres centenarias. El año pasado fallecieron otras dos; una de ellas tenía 105 años».
La genética tampoco parece explicar su extraordinaria longevidad.
—»Mi padre murió joven, a los 60 años. Mi madre y mis hermanos también fallecieron hace mucho tiempo», cuenta.
Su vida tampoco fue sencilla. La crisis económica de 1929 golpeó duramente a su familia. Después de que su padre emigrara a Argentina y varios hermanos abandonaran el hogar, ella tuvo que hacerse cargo de la casa. Y entonces llegó la guerra.
—»Y también Nicolino», responde sonriendo.
Nicolino era un joven agente destinado en Gemona. Un día acudió a inspeccionar una tienda de alimentación de Avasinis. Erminia estaba comprando pan. Él se disculpó por no haberse afeitado y, según recuerda ella, fue amor a primera vista.
Aquel romance se desarrolló en una época convulsa. Tras el armisticio del 8 de septiembre de 1943, el territorio quedó bajo ocupación alemana y llegaron tropas cosacas.
—»No eran malas personas», asegura ella.
Su hijo añade:
—»Mi madre se encontró entre dos fuegos. Por un lado ayudaba a los partisanos; por otro, quería dar de comer a los cosacos que vestían uniforme alemán. Los partisanos incluso quisieron raparle el pelo por estar comprometida con un miembro de la Guardia de Finanzas, pero ella se negó. Ahí empezó una etapa muy complicada».
Uno de los episodios más dramáticos de su vida ocurrió en Trieste al final de la guerra.
Paolo relata que su padre estaba destinado a ser ejecutado en las foibe de Basovizza, las cavidades kársticas donde miles de italianos fueron asesinados o desaparecieron durante aquellos años.
«Mi madre cogió el abrigo blanco de mi padre y lo siguió mientras era trasladado por los partisanos de Tito. Aprovechó un momento de distracción, le lanzó el abrigo y él logró escapar mezclándose entre la multitud. Así salvó la vida».
Por entonces, Erminia estaba embarazada. Poco después nacieron sus hijos gemelos, Paolo y Rosanna.
—¿Nunca quisieron tener más hijos?
—»No. Como podían venir de dos en dos, decidimos que ya era suficiente».
—¿Cómo transcurren ahora sus días?
—»Me despierto temprano, con la salida del sol. Siempre ha sido así. Durante el día me llevan a pasear un poco y a las ocho de la tarde me acuesto».
—¿A qué se dedicó?
—»Siempre fui ama de casa. En Lecce también trabajé como dama de compañía de una baronesa».
—¿Hasta qué curso estudió?
—»Quinto de primaria».
Su hijo interviene:
—»Pero es muy inteligente y muy astuta, con esa picardía típica del mundo rural y un carácter austrohúngaro heredado de sus abuelos».
Erminia asegura que nunca ha faltado a una cita electoral.
—¿A quién ha votado?
—»Antes votaba a Giorgio Almirante. Ahora voto a Giorgia Meloni. Y también votaría sí en el referéndum sobre la justicia».
—¿Monarquía o república?
—»República. No me gustan los nobles».
—¿Cuántas pastillas toma?
—»Una, para la tensión».
—¿Y qué deseo le queda por cumplir?
Paolo se adelanta.
—»Yo lo sé, mamá. Díselo».
Ella sonríe y responde sin dudar:
—»Un traguito más de vino tinto».
Salud
