¿Me lo cuentas, por favor, Inés? Claro, la primera novela de Miryam Hache, La belleza del desastre (Jekyll & Jill, Zaragoza, 2026), tiene algo de esas obras que nacen ya con una voz propia. Hache, nacida en Buenos Aires y residente en España desde hace años, proviene de un territorio híbrido —cine, letras, teatro, crítica cultural— y esa mezcla de registros se percibe con claridad en esta historia que funciona a la vez como relato de amistad, crónica generacional y road movie literaria. Dice Inés. Inés Roncal vuelve a visitar Motel Margot.
Me escribo con Inés Roncal. Ella lee conmigo. Ella me cuenta lo que ha sentido. Leer y sentir, detectar, estadios paralelos.
La portada, la ilustración, de Power Paola. Su obra, Virus tropical, de viñetas a imágenes. Relacionándose de manera no lineal. Patti Smith, Cafetín de Buenos Aires, John Waters.
La novela se organiza en tres partes bien definidas —La fuga, Creación y destrucción y La belleza del desastre—, pero su ritmo interno rehúye cualquier linealidad clásica. El texto reproduce flujos de pensamiento, fragmentos de conversación, recuerdos que irrumpen como flashbacks y líneas tan cortas que a veces se aproximan al verso. Esa respiración fragmentaria marca el pulso del libro y acompaña a sus dos narradoras: Jana y Florencia, primas argentinas que viven en Barcelona y cuyas voces se alternan en el relato.
El espacio que separa Buenos Aires de Barcelona. El lugar de Rodrigo Fresán, de Sergio Makaroff, de otros colocados en los límites.
Todo comienza con una amenaza que sobrevuela el país: una nube tóxica que se aproxima lentamente y que podría acabar con España. O quizá no. Porque en el mundo de la novela la incertidumbre es constante: mientras algunos se preparan para el desastre, otros creen que todo forma parte de una conspiración más, de otra forma de inocular miedo. Incluso existe una aplicación, NubApp, que cuenta hacia atrás el acercamiento de la nube. ¿La descargaríamos? ¿Confiaríamos en ella o la miraríamos con escepticismo? Hache juega con esa ambigüedad y lanza una pregunta inquietante: ¿estamos ante una distopía o ante un espejo deformado —pero reconocible— de nuestro presente?
Los espejos oscuros, las descargas corruptas. El reloj del juicio final. El final de los tiempos es el comienzo de la huida-
La amenaza desencadena una huida hacia adelante. Cuatro amigas se suben a un coche y emprenden un viaje que, más que un plan, es un gesto desesperado: seguir moviéndose. En principio, la nube no llegará a un recóndito punto de Galicia. En ese impulso resuenan ecos de On the Road, pero también del imaginario de Thelma & Louise. Paradas improvisadas, carreteras largas, conversaciones que atraviesan la madrugada, silencios compartidos, música que acompaña el trayecto. Pero si la novela de Kerouac fundó el mito masculino del viaje iniciático, aquí el desplazamiento se construye desde la amistad entre mujeres: la confianza entre amigas, el modo en que se dicen todo, cómo se cuidan y se acompañan.
No es el destino, es el camino. No es el comienzo, es el recorrido. Nafta y amistad.
¿Quién conduce? ¿Quién es la mejor copiloto? ¿Quién guarda mejor los secretos? La novela se detiene en esos pequeños rituales de la amistad: comprar provisiones en una gasolinera, compartir cigarrillos, discutir sobre novias y exnovias, sobre novios y rupturas, sobre el dinero que se acaba. Hay risas y también lágrimas. Hay latas de cerveza, alcohol para apagar pensamientos, y la conciencia de que el viaje puede ser también una forma de escapar de uno mismo.
Barcelona aparece en el libro como un escenario reconocible y cotidiano. Sus habitaciones sin ventana, los pisos compartidos del Eixample, las noches que terminan en Apolo o las visita al CCCB, las latas de Estrella en la mano mientras el futuro parece siempre posponerse. Es una ciudad atravesada por la precariedad de una generación que encadena trabajos frágiles y expectativas rotas. En ese paisaje urbano también pesa la experiencia migratoria: la distancia con Argentina, los recuerdos de un país que sigue latiendo al otro lado del océano, la sensación de habitar siempre un lugar intermedio.
Dime qué hambre proletario traes, dime qué esperas para volver o para llegar. Dime qué te da el puerto, todos los puertos del mundo.
La novela no elude las heridas personales. Las relaciones con las madres, la violencia familiar, el alcoholismo o los fantasmas de la infancia aparecen como fuerzas que condicionan el presente. Los vínculos amorosos —incluidas las relaciones lésbicas que atraviesan la historia— se convierten en otro espacio donde buscar refugio o reconstrucción. Amar, en este contexto, es también una forma de supervivencia.
Hambre antigua, sed que no termina, el amor y lo que no es amor. Solo deseo.
A lo largo del libro, las referencias culturales funcionan como pequeñas brújulas generacionales. En una misma página pueden convivir las Kardashian, Taylor Swift o Miley Cyrus con la experiencia íntima de ver Aftersun en un ordenador portátil. La cultura pop aparece así como un archivo emocional compartido, un lenguaje común que permite reconocerse en medio del caos.
Ese caos, en realidad, no es solo el de la nube tóxica. Es el de una generación que creció entre promesas de prosperidad y terminó encontrándose con un mundo frágil. La propia novela lo formula con lucidez: “Pero para qué escribir lo que ya fue dicho en miles de novelas y series sobre millenials devastados / por la casa líquida, / el sexo líquido, / los trabajos precarios, / la esperanza rota”.
¿Y si yo, con mis cuarenta y muchos, he perdido el ritmo? ¿qué puedo hacer, Inés? Confiar en ti, en ellas, en mi hijo. Cantar, sí, cantar.
En ese diagnóstico hay algo del clima de fin de época que muchos recordarán: la sensación del cambio de milenio, aquella noche del 31 de diciembre de 1999 en la que parecía que el mundo podía reiniciarse o terminar. Hache conecta esa memoria con el presente: la idea persistente de que vivimos siempre al borde de un colapso, real o simbólico.
Aquellas niñas que no sabían que se venía el estallido, el corralito, Charly tirándose por la ventana, los patacones. Me vuelvo cada día más loca.
Pero la novela no es solo melancolía. También hay en ella una apuesta por la creación, por la posibilidad de imaginar otro horizonte. Se introduce una mirada visual que llena el relato de colores y metáforas. En uno de los pasajes más luminosos se lee: “Cuando pueda pintarlo: del ocaso renaceremos. Somos las imágenes hacia las que vamos”. El recuerdo —con su tonalidad amarilla, casi fotográfica— se convierte entonces en un espacio desde el que pensar el futuro.
¿Habéis visto el futuro? Creo que es un crimen.
Quizá por eso el destino del viaje apunta hacia Galicia, hacia el extremo del mapa. Finisterre aparece como una pregunta abierta: ¿es realmente el final del mundo o el comienzo de otra cosa? En esa ambigüedad se condensa el espíritu del libro.
La belleza del desastre es una novela de lectura ágil, atravesada por diálogos rápidos y escenas breves que avanzan con la ligereza de una conversación nocturna. Sin embargo, al terminarla queda una sensación más densa: un peso en el pecho, una especie de ansiedad que recuerda que el colapso no siempre llega de golpe, sino que se instala poco a poco en la vida cotidiana.
Una manera distinta de respirar, pelear en un tiempo que se deshace, que desaparece.
Tal vez por eso la novela resuena tanto con nuestro presente. Porque, al cerrar el libro, la pregunta sigue flotando: ¿y si el fin del mundo no fuera una catástrofe espectacular, sino el paisaje en el que ya vivimos? No lo sé, Inés, gracias por escribir.
Poesía y narrativa, son las palabras de Miryam Hache en su debut en la novela
¿Me lo cuentas, por favor, Inés? Claro, la primera novela de Miryam Hache, La belleza del desastre (Jekyll & Jill, Zaragoza, 2026), tiene algo de esas obras que nacen ya con una voz propia. Hache, nacida en Buenos Aires y residente en España desde hace años, proviene de un territorio híbrido —cine, letras, teatro, crítica cultural— y esa mezcla de registros se percibe con claridad en esta historia que funciona a la vez como relato de amistad, crónica generacional y road movie literaria. Dice Inés. Inés Roncal vuelve a visitar Motel Margot.
Me escribo con Inés Roncal. Ella lee conmigo. Ella me cuenta lo que ha sentido. Leer y sentir, detectar, estadios paralelos.

La portada, la ilustración, de Power Paola. Su obra, Virus tropical, de viñetas a imágenes. Relacionándose de manera no lineal. Patti Smith, Cafetín de Buenos Aires, John Waters.
La novela se organiza en tres partes bien definidas —La fuga, Creación y destrucción y La belleza del desastre—, pero su ritmo interno rehúye cualquier linealidad clásica. El texto reproduce flujos de pensamiento, fragmentos de conversación, recuerdos que irrumpen como flashbacks y líneas tan cortas que a veces se aproximan al verso. Esa respiración fragmentaria marca el pulso del libro y acompaña a sus dos narradoras: Jana y Florencia, primas argentinas que viven en Barcelona y cuyas voces se alternan en el relato.
El espacio que separa Buenos Aires de Barcelona. El lugar de Rodrigo Fresán, de Sergio Makaroff, de otros colocados en los límites.
Todo comienza con una amenaza que sobrevuela el país: una nube tóxica que se aproxima lentamente y que podría acabar con España. O quizá no. Porque en el mundo de la novela la incertidumbre es constante: mientras algunos se preparan para el desastre, otros creen que todo forma parte de una conspiración más, de otra forma de inocular miedo. Incluso existe una aplicación, NubApp, que cuenta hacia atrás el acercamiento de la nube. ¿La descargaríamos? ¿Confiaríamos en ella o la miraríamos con escepticismo? Hache juega con esa ambigüedad y lanza una pregunta inquietante: ¿estamos ante una distopía o ante un espejo deformado —pero reconocible— de nuestro presente?
Los espejos oscuros, las descargas corruptas. El reloj del juicio final. El final de los tiempos es el comienzo de la huida-
La amenaza desencadena una huida hacia adelante. Cuatro amigas se suben a un coche y emprenden un viaje que, más que un plan, es un gesto desesperado: seguir moviéndose. En principio, la nube no llegará a un recóndito punto de Galicia. En ese impulso resuenan ecos de On the Road, pero también del imaginario de Thelma & Louise. Paradas improvisadas, carreteras largas, conversaciones que atraviesan la madrugada, silencios compartidos, música que acompaña el trayecto. Pero si la novela de Kerouac fundó el mito masculino del viaje iniciático, aquí el desplazamiento se construye desde la amistad entre mujeres: la confianza entre amigas, el modo en que se dicen todo, cómo se cuidan y se acompañan.
No es el destino, es el camino. No es el comienzo, es el recorrido. Nafta y amistad.
¿Quién conduce? ¿Quién es la mejor copiloto? ¿Quién guarda mejor los secretos? La novela se detiene en esos pequeños rituales de la amistad: comprar provisiones en una gasolinera, compartir cigarrillos, discutir sobre novias y exnovias, sobre novios y rupturas, sobre el dinero que se acaba. Hay risas y también lágrimas. Hay latas de cerveza, alcohol para apagar pensamientos, y la conciencia de que el viaje puede ser también una forma de escapar de uno mismo.

Barcelona aparece en el libro como un escenario reconocible y cotidiano. Sus habitaciones sin ventana, los pisos compartidos del Eixample, las noches que terminan en Apolo o las visita al CCCB, las latas de Estrella en la mano mientras el futuro parece siempre posponerse. Es una ciudad atravesada por la precariedad de una generación que encadena trabajos frágiles y expectativas rotas. En ese paisaje urbano también pesa la experiencia migratoria: la distancia con Argentina, los recuerdos de un país que sigue latiendo al otro lado del océano, la sensación de habitar siempre un lugar intermedio.
Dime qué hambre proletario traes, dime qué esperas para volver o para llegar. Dime qué te da el puerto, todos los puertos del mundo.
La novela no elude las heridas personales. Las relaciones con las madres, la violencia familiar, el alcoholismo o los fantasmas de la infancia aparecen como fuerzas que condicionan el presente. Los vínculos amorosos —incluidas las relaciones lésbicas que atraviesan la historia— se convierten en otro espacio donde buscar refugio o reconstrucción. Amar, en este contexto, es también una forma de supervivencia.
Hambre antigua, sed que no termina, el amor y lo que no es amor. Solo deseo.
A lo largo del libro, las referencias culturales funcionan como pequeñas brújulas generacionales. En una misma página pueden convivir las Kardashian, Taylor Swift o Miley Cyrus con la experiencia íntima de ver Aftersun en un ordenador portátil. La cultura pop aparece así como un archivo emocional compartido, un lenguaje común que permite reconocerse en medio del caos.
Ese caos, en realidad, no es solo el de la nube tóxica. Es el de una generación que creció entre promesas de prosperidad y terminó encontrándose con un mundo frágil. La propia novela lo formula con lucidez: “Pero para qué escribir lo que ya fue dicho en miles de novelas y series sobre millenials devastados / por la casa líquida, / el sexo líquido, / los trabajos precarios, / la esperanza rota”.
¿Y si yo, con mis cuarenta y muchos, he perdido el ritmo? ¿qué puedo hacer, Inés? Confiar en ti, en ellas, en mi hijo. Cantar, sí, cantar.
En ese diagnóstico hay algo del clima de fin de época que muchos recordarán: la sensación del cambio de milenio, aquella noche del 31 de diciembre de 1999 en la que parecía que el mundo podía reiniciarse o terminar. Hache conecta esa memoria con el presente: la idea persistente de que vivimos siempre al borde de un colapso, real o simbólico.
Aquellas niñas que no sabían que se venía el estallido, el corralito, Charly tirándose por la ventana, los patacones. Me vuelvo cada día más loca.
Pero la novela no es solo melancolía. También hay en ella una apuesta por la creación, por la posibilidad de imaginar otro horizonte. Se introduce una mirada visual que llena el relato de colores y metáforas. En uno de los pasajes más luminosos se lee: “Cuando pueda pintarlo: del ocaso renaceremos. Somos las imágenes hacia las que vamos”. El recuerdo —con su tonalidad amarilla, casi fotográfica— se convierte entonces en un espacio desde el que pensar el futuro.
¿Habéis visto el futuro? Creo que es un crimen.
Quizá por eso el destino del viaje apunta hacia Galicia, hacia el extremo del mapa. Finisterre aparece como una pregunta abierta: ¿es realmente el final del mundo o el comienzo de otra cosa? En esa ambigüedad se condensa el espíritu del libro.

La belleza del desastre es una novela de lectura ágil, atravesada por diálogos rápidos y escenas breves que avanzan con la ligereza de una conversación nocturna. Sin embargo, al terminarla queda una sensación más densa: un peso en el pecho, una especie de ansiedad que recuerda que el colapso no siempre llega de golpe, sino que se instala poco a poco en la vida cotidiana.
Una manera distinta de respirar, pelear en un tiempo que se deshace, que desaparece.
Tal vez por eso la novela resuena tanto con nuestro presente. Porque, al cerrar el libro, la pregunta sigue flotando: ¿y si el fin del mundo no fuera una catástrofe espectacular, sino el paisaje en el que ya vivimos? No lo sé, Inés, gracias por escribir.
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