Desde el norte, siete canciones, un EP en vinilo, Caballo Muerte (Aloud Music / Producciones Tudancas / Cosmic Tentacles, 2025). En la extracción de la piedra de la locura, el mineral sangró, escupió un corte como Las flores, ruido y ritmo, Susana Cáncer y una banda tributo a Mar otra vez, un paté de cocodrilos, con trozos de dientes afilados, sostiene la flor de la Gardenia. Me ha llevado al extremo, como un ser vacío, así que Corre_ más afterpunk, guitarras crujientes y una sección rítmica de frialdad nihilista, me lleva al crujido de Lydia Lunch, afilando cuchillas desechables en la boca del miedo. Una canción para el cuatro, noventa y tres segundos de acordes y eco. Cianuro cocido, contra la pared, se enfría y cae. Espina viene desde la zona intermedia, entre ciudades de Siouxsie and the Banshees y el fraseo epiléptico de Décima Víctima. En el memorial acuático se eleva el aullido. Golpe contra golpe, se saturan las gargantas, Desechables, Tere en amor pirata.
Los que somos de Zaragoza no olvidamos a Alma Coca y su manera hermética de mezclar el punk con la oscuridad y, al escuchar, Fuego, con las guitarras saturadas, el salvajismo de vidrios y demás parafernalia, entre aullidos y mordiscos, uno parece volver a esos años de muestras y beat apócrifos. El disco termina con Caballos, salvajes, viento y marea, sobre la arena pútrida de una playa cubierta de alquitrán, acelerada, benzedrina en el recitado, como Patti Smith, claro, entre Leopoldo María Panero y Javier Corbobado, animales en agotamiento del mono.
Punk apocalíptico con Caballo Muerte

Punk apocalíptico con Caballo Muerte
Desde el norte, siete canciones, un EP en vinilo, Caballo Muerte (Aloud Music / Producciones Tudancas / Cosmic Tentacles, 2025). En la extracción de la piedra de la locura, el mineral sangró, escupió un corte como Las flores, ruido y ritmo, Susana Cáncer y una banda tributo a Mar otra vez, un paté de cocodrilos, con trozos de dientes afilados, sostiene la flor de la Gardenia. Me ha llevado al extremo, como un ser vacío, así que Corre_ más afterpunk, guitarras crujientes y una sección rítmica de frialdad nihilista, me lleva al crujido de Lydia Lunch, afilando cuchillas desechables en la boca del miedo. Una canción para el cuatro, noventa y tres segundos de acordes y eco. Cianuro cocido, contra la pared, se enfría y cae. Espina viene desde la zona intermedia, entre ciudades de Siouxsie and the Banshees y el fraseo epiléptico de Décima Víctima. En el memorial acuático se eleva el aullido. Golpe contra golpe, se saturan las gargantas, Desechables, Tere en amor pirata.

Los que somos de Zaragoza no olvidamos a Alma Coca y su manera hermética de mezclar el punk con la oscuridad y, al escuchar, Fuego, con las guitarras saturadas, el salvajismo de vidrios y demás parafernalia, entre aullidos y mordiscos, uno parece volver a esos años de muestras y beat apócrifos. El disco termina con Caballos, salvajes, viento y marea, sobre la arena pútrida de una playa cubierta de alquitrán, acelerada, benzedrina en el recitado, como Patti Smith, claro, entre Leopoldo María Panero y Javier Corbobado, animales en agotamiento del mono.
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