Coque Malla (Madrid, 1968) ha encontrado en Mackie Navaja uno de esos personajes al que no se puede dejar pasar. Un clásico a la altura de Hamlet, según nos reconoce en la entrevista. El protagonista de La ópera de los tres centavos, una creación irrepetible donde sumaron talentos nada menos que Bertolt Brecht y Kurt Weill, impone su ley en los barrios bajos de Londres, entre prostitutas y crímenes. En un retrato musical y teatral descarnado, nos asomamos a la degradación moral y la corrupción a pequeña escala sobre la que se asentaba la sociedad victoriana de finales del XIX. Con el actor y cantante madrileño nos encontramos en un palco del Teatro Infanta Isabel —donde tendrá funciones hasta el 1 de noviembre—, para mantener una charla donde conocer detalles de este espectáculo y desvelarnos sus próximos proyectos.
La famosa canción ‘Mackie Navaja’ fue una imposición de última hora del protagonista del estreno, que era simpatizante nazi
La música de Kurt Weill para ‘La ópera de los tres centavos’ es una especie de proto-‘rock and roll’
Los Ronaldos podríamos haber seguido, pero necesitaba escribir otro tipo de canciones e investigar otros sonidos
El año próximo grabaré disco nuevo que saldrá en otoño; no quiero saber nada de cine o teatro en 2027, sólo música y música
Coque Malla interpreta a Mackie Navaja en La ópera de los tres centavos, un retrato musical y teatral de los bajos fondos de Londres a finales del siglo XIX
Entrevista
Coque Malla interpreta a Mackie Navaja en La ópera de los tres centavos, un retrato musical y teatral de los bajos fondos de Londres a finales del siglo XIX
Coque Malla (Madrid, 1968) ha encontrado en Mackie Navaja uno de esos personajes al que no se puede dejar pasar. Un clásico a la altura de Hamlet, según nos reconoce en la entrevista. El protagonista de La ópera de los tres centavos, una creación irrepetible donde sumaron talentos nada menos que Bertolt Brecht y Kurt Weill, impone su ley en los barrios bajos de Londres, entre prostitutas y crímenes. En un retrato musical y teatral descarnado, nos asomamos a la degradación moral y la corrupción a pequeña escala sobre la que se asentaba la sociedad victoriana de finales del XIX. Con el actor y cantante madrileño nos encontramos en un palco del Teatro Infanta Isabel —donde tendrá funciones hasta el 1 de noviembre—, para mantener una charla donde conocer detalles de este espectáculo y desvelarnos sus próximos proyectos.
Una ópera, una opereta, teatro musical… ¿Cómo definiría La ópera de los tres centavos?
Es muy difícil porque no hay un espectáculo así en la historia. No es una ópera; es más bien una parodia de la idea de ópera que quisieron hacer Bertolt Brecht y Kurt Weill. Las voces son más de cabaret, de vodevil. Para mí es un retrato profundo, complejo y muy cruel del alma humana, con una música magistral de Kurt Weill. La gente conoce la canción más popular del espectáculo, Mack the Knife, que hizo Louis Armstrong y Sinatra, y dio origen a otra obra maestra: Pedro Navaja, de Rubén Blades. Pero el resto de canciones son tan buenas o mejores. Es una absoluta obra maestra.
¿Por qué cree que ese tema interesó a artistas tan importantes?
Tiene eso que no se puede explicar, pero es lo más importante: gancho, carisma. Es muy curioso, porque la noche anterior del estreno, el actor que hacía el papel de Mackie Navaja, que era simpatizante nazi, dijo ‘mi personaje necesita una canción que lo presente, si no, mañana yo no estreno’. Entonces Kurt Weill se quedó toda la noche sin dormir y compuso Mack the Knife. A ese hijo de puta le debemos esto.
La famosa canción ‘Mackie Navaja’ fue una imposición de última hora del protagonista del estreno, que era simpatizante nazi

La ópera se estrena en Berlín en el 28, pero el ambiente es el del Londres portuario. ¿Cómo es la sociedad que refleja esta obra?
Bueno, son los barrios bajos de Londres a finales del siglo XIX, con pequeñas mafias rivales. Es un poco como en Peaky Blinders, ese contexto histórico, aunque los personajes no tienen nada que ver con los de la serie. Está escrito en la época de la República de Weimar, en un Berlín absolutamente delirante, caótico, con todo tipo de drogas, experiencias sexuales, travestismo… Es decir, un Berlín maravilloso y apasionante, que fue parte de la excusa para que Hitler dijera ‘esto es Babilonia y ya está bien’.
Supongo que ha sido un reto escénico.
Da mucho respeto. Los grandes clásicos de esta magnitud, y esta obra se coloca en ese olimpo, son un reto. Para mí está al nivel de Hamlet. Con una música como la de Kurt Weill, creo que se ha producido algo natural. Es decir, yo no soy un músico de ‘rock’ que de repente hace teatro. Me he criado en teatros con mis padres. Miguel y yo nacimos en giras. Todos los amigos de mis padres eran escenógrafos, actores, figurinistas… Es mi mundo, pero no había hecho un personaje de una obra clásica, aunque había hecho películas y algunas apariciones. Estoy convencido de que coges a Brando, a De Niro y a Al Pacino, y les preguntas por cinco personajes de la historia del teatro, de la literatura, que les gustaría hacer, y uno es Mack The Knife. Esa categoría y complejidad tienen para un actor.
La música de Kurt Weill para ‘La ópera de los tres centavos’ es una especie de proto-‘rock and roll’
Desde el punto de vista vocal, ¿ha supuesto una dificultad salirse de su tesitura habitual?
Hay una cosa curiosa que he descubierto: la música de Kurt Weill no solo es patrimonio de Weil: también mamó del origen del jazz en aquella época. Es un poco el proto ‘rock and roll’. Si arqueológicamente tiras del hilo del ‘rock and roll’, puedes perfectamente llegar a las tabernas de Berlín. Hay una línea en el tiempo que lleva a la inmigración en Estados Unidos, a la unión con el blues. Obviamente, hay una parte de música clásica que incorpora Weill y a la que uno no está acostumbrado: modulaciones armónicas, melodías de complejidad. Luego hay una exigencia técnica que el ‘rock’ no tiene, porque el ‘rock’ no solo permite ciertos defectos en la voz, cierta desafinación, sino que lo agradece. Los cantantes de ‘rock’ que más me gustan no son cantantes técnicamente perfectos, al revés. Por ejemplo, cuando hago mis canciones o versiones de ‘rock and roll’, deshago las notas porque es lo que le viene bien, pero aquí no; aquí hay que mantener la nota con una estabilidad y una afinación a la que yo no estoy acostumbrado y he tenido que trabajar. Es verdad que mi personaje tiene algo canalla en la voz y muchos de los que lo han hecho no son cantantes de ópera en absoluto.
¿Es un terreno en el que ha tenido que asentarse?
He trabajado con la ayuda de un coach vocal, Óscar, y de Ruth Sánchez, la ayudante de dirección, que es músico también. También con mi hermano -director musical de la obra-. Además, la Fundación Kurt Weill no permite cambiar de tono las canciones. Si algo te pilla muy bajo o muy alto, te jodes y te las apañas.

En alguna ocasión ha reconocido que aprendió realmente a cantar después de la etapa de Los Ronaldos.
Los Ronaldos era una banda de ‘rock’ cañera, ruidosa, donde a la voz se le camuflaban todos los defectos. Aparte, para que tu voz salga por encima de dos guitarras eléctricas a todo volumen, hay que generar un registro específico, porque te lo pide el ruido que hay en la propia sala. Cuando empiezo a cantar en solitario, con una acústica, en garitos, muchas veces con la gente hablando, tengo que atraer y voy al corazón de la canción. Ahí empiezo a necesitar otros registros, y en esa época aprendí muchísimo y cambié mi manera de cantar. La hice mucho más rica y compleja de lo que era con Los Ronaldos.
Los Ronaldos podríamos haber seguido, pero necesitaba escribir otro tipo de canciones e investigar otros sonidos
¿Era inevitable que llegara una crisis después de un éxito tan fulgurante?
Los Ronaldos podríamos haber seguido. De hecho somos de esos raros grupos que se separan y se llevan bien; somos como una familia, nos llamamos, nos vemos… De hecho, cuando hice el concierto en el Movistar Arena por el 40 aniversario, les invité a tocar e hicimos un pequeño bloque de Los Ronaldos. Pero llegó un momento en que sentí que necesitaba escribir otro tipo de canciones y cantar yo solo con una acústica. No podría haber hecho un disco como El último hombre en la Tierra si no me hubiera separado de los Ronaldos, si no hubiera investigado otros sonidos, otras voces, otra manera de cantar. Claro, hubo un período de crisis: yo era el de Los Ronaldos, un grupo medio punk y, de repente, me transformo en otra cosa. Hasta que la gente enganchó otra vez hubo un periodo lógico de crisis y de adaptación, mía, a mi nueva piel, y del público a mi nueva propuesta.
Eso no incluyó también una especie de ‘bajada a los infiernos’.
Bueno, bajada a los infiernos queda muy bonito. Tú eres periodista y necesitas un titular así (touché!), pero yo me lo pasé de puta madre y aprendí un huevo. Hubo momentos difíciles, pero en el fondo yo sabía que tenía que pasar por eso para estar en el sitio donde estoy ahora.

Sigue buscando a gente de su generación, como Dani Martín o Iván Ferreiro, para que le acompañen. ¿Encuentra una sintonía especial?
Sí, principalmente porque son muy amigos. Pertenecemos al mismo mundo y este país es muy pequeño, pero Dani e Iván son como hermanos.
Cuando recibió el Premio Ondas en 2023, comentó que la música había desaparecido de la televisión pública. ¿Piensa que es una merma muy grande?
Sí, más que una merma es lo que hay. Ha cambiado el lenguaje totalmente. Que yo llene el Movistar Arena con 16.000 personas, y el camarero de la esquina me diga, “¿ya no haces música, no?”. Es la contradicción entre un éxito que te permite llenar lo que en mi vida he llenado, ni con los Ronaldos, y que al mismo tiempo mucha gente crea que ya no haces música. Dicen, «este es el de los Ronaldos, el de Adiós, papá«, y no sabe ni dónde estás. Eso indica cómo le llega a la gente la música: a través de redes sociales, a través de las plataformas digitales, etc. ¿Es bueno, es malo?, ¿es peor, es mejor? Sinceramente, estoy un poco perdido, como la mayoría de los que hemos vivido la industria como la conocimos.
Estuvo nominado a un Goya al mejor actor revelación, en los años ochenta. ¿Pensó en algún momento dedicar más tiempo al cine o la música tiraba demasiado?
La música tiraba demasiado. Se sucedieron varias películas de bastante éxito: El efecto mariposa, Todos es mentira, Nada en la nevera…, pero al final uno siente que la profesión reclama una atención constante, una entrega total. Pocas carreras hay con una solidez absoluta en los dos terrenos, el cine y la música. Incluso en los que han tenido éxito como Lady Gaga o Leonor (Watling), con Marlango, y es una actriz reconocidísima, siempre hay algo que pesa más y hay un momento donde tienes que elegir.
El año próximo grabaré disco nuevo que saldrá en otoño; no quiero saber nada de cine o teatro en 2027, sólo música y música
¿Qué le apetece próximamente, en el terreno musical?
El próximo disco que grabaremos en febrero, en el que estamos trabajando con Miguel (su hermano). Un disco con muchísimos arreglos. Después de El último hombre en la Tierra y Revolución, que fueron discos con muchos arreglos orquestales, acabé agotado del trabajo que supone. Miguel hace los arreglos, yo los superviso y corrijo cosas, y luego hay que ensayar con la banda, grabarlo y mezclarlo. Son discos monumentales con un esfuerzo tremendo. Después de esos dos discos, yo dije: «no quiero saber nada de arreglos: vamos a hacer un disco de rock con banda». Hicimos Aunque estemos muertos, pero ha habido tanto descanso, porque Revolución es del año 19, que me ha apetecido volver a hacer un disco grande. Lo sacaremos en otoño del 27 y saldremos de gira.

Si surge algún nuevo proyecto teatral, ¿la genética de sus padres, ambos actores, le animará a apuntarse?
Sí, pero va a faltar mucho. Lo que quiero es ‘rock and roll’. Ahora toca Madrid, con La ópera de los tres centavos, y el resto de la gira hasta diciembre. Pero el año que viene no quiero saber nada de teatro ni de cine. Música, música, música, ‘rock and roll’ y conciertos.
Para terminar, no quiero dejar pasar que hoy (el día de la entrevista) es 11 de septiembre y se cumplen 25 años de aquel atentado. ¿Transformó nuestro mundo?
Yo creo que sí y lo transformó para mal. Lo llenó de paranoia. Dio la excusa perfecta a gente que estaba bastante pudorosa, para mostrar sus intenciones. Vivimos un mundo más tenso, más bélico.
20MINUTOS.ES – Cultura

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