Recuerdo perfectamente el desconcierto que me provocó escuchar a una migrante mexicana defender a Trump horas después de confirmarse su primer triunfo electoral, en noviembre de 2016. Me había tocado cubrir la noche electoral con los demócratas, al otro lado de la gran manzana, en Nueva York. Una noche que prometía ser de fiesta, con Lady Gaga en el backstage esperando a salir con una triunfante Hillary Clinton que ni vimos.
La fiesta nunca llegó, y aquello se convirtió en algo parecido a un funeral, con gente acicalada como si fueran a una gala llorando y preguntándose qué había pasado. Así que, sin nada que contar desde ese centro de convenciones Jacob Javits, nos fuimos de apoyo al equipo que estaba en la Torre Trump, a grabar reacciones y ambiente en la calle. Y allí nos encontramos con un grupo de migrantes mexicanos que defendían con convicción el muro que Trump prometía levantar en la frontera. Recuerdo que les pregunté si eso no iba contra ellos mismos, contra su propia historia. Su respuesta me heló: ya somos demasiados aquí, no entra todo el mundo. Es un mensaje que escuchamos ahora repetidamente. Y que explica muy bien cómo se ha armado esa ola de rechazo al que viene de fuera, al miedo a que me quite lo que tengo, lo mucho o lo poco, da igual. Ni siquiera los suyos los querían entonces.
Trump nunca acabó de levantar aquel muro en la frontera. Lo hizo a trozos y de poco sirvió. Así que ahora ha levantado otro muro, esta vez con matones con pasamontañas que detienen a personas en cualquier sitio y a cualquier hora. Da igual que estén en una Iglesia, en un colegio o volviendo del trabajo. Cazan al migrante casi al peso, cuantos más mejor. Y ese muro, paradójicamente, se ha levantado con agentes, con matones, mayoritariamente latinos.
Lo confirmó el propio Trump en una de sus muchas comparecencias y lo comprobamos cuando conocimos las identidades de los dos agentes que acribillaron a tiros, en plena calle, a Alex Pretti. Jesús Ochoa y Raymundo Gutiérrez, son los nombres de esos dos agentes. Dos hombres con orígenes claramente latinos. Dos agentes que, decidieron, en unos segundos, que Alex Pretti era una amenaza para ellos y para la seguridad de esa ciudad solo porque les estaba grabando con un móvil mientras practicaban detenciones más que cuestionables.
Se sabe muy poco más sobre ellos. Desde la administración blindan la identidad de esos hombres que forman el ICE. Son absolutamente herméticos con sus identidades y orígenes. Excepto cuando no pueden tapar lo obvio, cuando los apellidos descubren una historia que, en esa generación, en la de sus padres o en la de sus abuelos, hay muchas similitudes con las personas a las que están separando de sus familias de la forma más cruel.
Trump nunca acabó de levantar su muro en la frontera, así que ahora ha levantado otro muro, esta vez con matones con pasamontañas.
Recuerdo perfectamente el desconcierto que me provocó escuchar a una migrante mexicana defender a Trump horas después de confirmarse su primer triunfo electoral, en noviembre de 2016. Me había tocado cubrir la noche electoral con los demócratas, al otro lado de la gran manzana, en Nueva York. Una noche que prometía ser de fiesta, con Lady Gaga en el backstage esperando a salir con una triunfante Hillary Clinton que ni vimos.
La fiesta nunca llegó, y aquello se convirtió en algo parecido a un funeral, con gente acicalada como si fueran a una gala llorando y preguntándose qué había pasado. Así que, sin nada que contar desde ese centro de convenciones Jacob Javits, nos fuimos de apoyo al equipo que estaba en la Torre Trump, a grabar reacciones y ambiente en la calle. Y allí nos encontramos con un grupo de migrantes mexicanos que defendían con convicción el muro que Trump prometía levantar en la frontera. Recuerdo que les pregunté si eso no iba contra ellos mismos, contra su propia historia. Su respuesta me heló: ya somos demasiados aquí, no entra todo el mundo. Es un mensaje que escuchamos ahora repetidamente. Y que explica muy bien cómo se ha armado esa ola de rechazo al que viene de fuera, al miedo a que me quite lo que tengo, lo mucho o lo poco, da igual. Ni siquiera los suyos los querían entonces.
Trump nunca acabó de levantar aquel muro en la frontera. Lo hizo a trozos y de poco sirvió. Así que ahora ha levantado otro muro, esta vez con matones con pasamontañas que detienen a personas en cualquier sitio y a cualquier hora. Da igual que estén en una Iglesia, en un colegio o volviendo del trabajo. Cazan al migrante casi al peso, cuantos más mejor. Y ese muro, paradójicamente, se ha levantado con agentes, con matones, mayoritariamente latinos.
Lo confirmó el propio Trump en una de sus muchas comparecencias y lo comprobamos cuando conocimos las identidades de los dos agentes que acribillaron a tiros, en plena calle, a Alex Pretti. Jesús Ochoa y Raymundo Gutiérrez, son los nombres de esos dos agentes. Dos hombres con orígenes claramente latinos. Dos agentes que, decidieron, en unos segundos, que Alex Pretti era una amenaza para ellos y para la seguridad de esa ciudad solo porque les estaba grabando con un móvil mientras practicaban detenciones más que cuestionables.
Se sabe muy poco más sobre ellos. Desde la administración blindan la identidad de esos hombres que forman el ICE. Son absolutamente herméticos con sus identidades y orígenes. Excepto cuando no pueden tapar lo obvio, cuando los apellidos descubren una historia que, en esa generación, en la de sus padres o en la de sus abuelos, hay muchas similitudes con las personas a las que están separando de sus familias de la forma más cruel.
20MINUTOS.ES – Internacional
