En el ruido de la Plata, en el eco de los grupos que ya no se acuerdan del rock nacional, ni de la movida sónica, en la versión sudestada de los campos magnéticos, de los medios tiempos eternos: todo comenzó con El Mató a un policía motorizado y siguió (en España), con 107 Faunos. Un disco en solitario de Santiago, compositor y voz de EMaUPM, El retorno, editado por Primavera Labels, donde la finura instrumental se mezcla con el componente confesional, que arrastra libros, discos y habitaciones vacías. Santiago se acerca a la tradición cantando a escondidas “Cuando no estás” de Andrés Calamaro, un tema de «Bohemio», un tema aparentemente menor. Pero no hay canciones menores con interpretaciones bellas. De pronto nos hemos ido de la obra, pero volvemos. En la desembocadura, en Colonia, en la sed eléctrica, abre el disco con “Camino de piedras”, una radio que va y vuelve, unas guitarras sencillas que se cruzan, leo estos días Estación Saturno de Fernanda García Lao y la imagino como una banda sonora perfecta: el misterio, la mirada al cielo, la amistad, tan lejos que el sur se convierte en el norte. Y la emoción sigue con “Amor en el cine” con esa expresividad mínima, encuentro en lugares donde la independencia se mezcla con el hermetismo, ¿recuerdas “Caja negra”, con Dolores Fonzi? Empieza cerca y se eleva con la sección rítmica y los sintetizadores a lugares de los que ya no ha vuelto Adrián Dárgelos.
Y es una pena. Canciones como “La revolución”, con la línea de bajo y un fraseo narcótico, como si te hubieras tomado medio lexatín antes de empezar a escucharla. Comenzar una revuelta que se pierde antes de empezar con la única intención de captar la atención de ella, de él, de quien sea. El juego de las voces, de Santiago con Santiago, es un arreglo muy potente. Si hablábamos de lo confesional y de las habitaciones vacías, necesitas escuchar “Pienso en vos”, quizá cuentos de Rodolfo Fogwill y un deuvedé de “Hechizo del tiempo” y entonces, buscas, y te das cuenta de que en España se llamó “Atrapado en el tiempo” y todo el mundo la conoce como “El día de la marmota” y es la mejor definición de “echar horas” para seducir a alguien que se puede encontrar en los ochenta. La interpretación lacónica, casi de acidez cósmica, resuelta nutritiva para el oyente, un póster de una banda de Death Metal y el guiño a Magnetic Fields. Aquel doble (o triple) cedé que todos tenían el año que cumplí veinte años. Stephin Merritt definiendo el indie folk y Santiago soñando con Iron & Wine o, más atrás, el viento del norte que susurra canciones de Nick Drake. Seducido por la luminosidad de El gomoso comprendo que hay ciertos recuerdos que no se pueden ahogar en la noche, un disco de Peligrosos gorriones y seguir hacia delante, hasta Jazmín chino, una versión de 107 faunos que hace suya, claro, dejando las burbujas atrás, una pequeña oración entre río y la ciudad. Habla de la sudestada y no lo recordaba al escribir el texto. A veces sueño que vuelvo a Buenos Aires, que es otra vez 2002 y Gustavo y el flaco Spinetta siguen vivo. Un camafeo y el microbus, en estos últimos días, como la canción de Los Planetas.
El retorno solista del último cantor del rock argentino, de La Plata a Santiago (motorizado)
En el ruido de la Plata, en el eco de los grupos que ya no se acuerdan del rock nacional, ni de la movida sónica, en la versión sudestada de los campos magnéticos, de los medios tiempos eternos: todo comenzó con El Mató a un policía motorizado y siguió (en España), con 107 Faunos. Un disco en solitario de Santiago, compositor y voz de EMaUPM, El retorno, editado por Primavera Labels, donde la finura instrumental se mezcla con el componente confesional, que arrastra libros, discos y habitaciones vacías. Santiago se acerca a la tradición cantando a escondidas “Cuando no estás” de Andrés Calamaro, un tema de «Bohemio», un tema aparentemente menor. Pero no hay canciones menores con interpretaciones bellas. De pronto nos hemos ido de la obra, pero volvemos. En la desembocadura, en Colonia, en la sed eléctrica, abre el disco con “Camino de piedras”, una radio que va y vuelve, unas guitarras sencillas que se cruzan, leo estos días Estación Saturno de Fernanda García Lao y la imagino como una banda sonora perfecta: el misterio, la mirada al cielo, la amistad, tan lejos que el sur se convierte en el norte. Y la emoción sigue con “Amor en el cine” con esa expresividad mínima, encuentro en lugares donde la independencia se mezcla con el hermetismo, ¿recuerdas “Caja negra”, con Dolores Fonzi? Empieza cerca y se eleva con la sección rítmica y los sintetizadores a lugares de los que ya no ha vuelto Adrián Dárgelos.
Y es una pena. Canciones como “La revolución”, con la línea de bajo y un fraseo narcótico, como si te hubieras tomado medio lexatín antes de empezar a escucharla. Comenzar una revuelta que se pierde antes de empezar con la única intención de captar la atención de ella, de él, de quien sea. El juego de las voces, de Santiago con Santiago, es un arreglo muy potente. Si hablábamos de lo confesional y de las habitaciones vacías, necesitas escuchar “Pienso en vos”, quizá cuentos de Rodolfo Fogwill y un deuvedé de “Hechizo del tiempo” y entonces, buscas, y te das cuenta de que en España se llamó “Atrapado en el tiempo” y todo el mundo la conoce como “El día de la marmota” y es la mejor definición de “echar horas” para seducir a alguien que se puede encontrar en los ochenta. La interpretación lacónica, casi de acidez cósmica, resuelta nutritiva para el oyente, un póster de una banda de Death Metal y el guiño a Magnetic Fields. Aquel doble (o triple) cedé que todos tenían el año que cumplí veinte años. Stephin Merritt definiendo el indie folk y Santiago soñando con Iron & Wine o, más atrás, el viento del norte que susurra canciones de Nick Drake. Seducido por la luminosidad de El gomoso comprendo que hay ciertos recuerdos que no se pueden ahogar en la noche, un disco de Peligrosos gorriones y seguir hacia delante, hasta Jazmín chino, una versión de 107 faunos que hace suya, claro, dejando las burbujas atrás, una pequeña oración entre río y la ciudad. Habla de la sudestada y no lo recordaba al escribir el texto. A veces sueño que vuelvo a Buenos Aires, que es otra vez 2002 y Gustavo y el flaco Spinetta siguen vivo. Un camafeo y el microbus, en estos últimos días, como la canción de Los Planetas.
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