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  Cultura  Emilio del Río hace pequeña la vasta historia de Roma: «Es clave defender los valores de una civilización, si no, desaparecerá»
Cultura

Emilio del Río hace pequeña la vasta historia de Roma: «Es clave defender los valores de una civilización, si no, desaparecerá»

abril 15, 2026
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La primera definición que se me viene a la mente de Emilio del Río podría ser: el hombre cuyo imperio romano es el propio imperio romano. Se nota en cada respuesta que da. No solo es por su nuevo libro, Pequeña historia de la Antigua Roma, que ya está disponible, es por cómo habla de esta época. Todo lo relaciona con Roma, no se olvida de la ciudad eterna, ni la obvia a la hora de hablar de la actualidad. Y es que, si algo saco en claro de mi charla con Emilio, es que, ya sea por diversión, herencia, lógica, convicción, derecho y, claro está, también por desgracia, somos romanos.

Por diversión

Sus ojos se encienden cuando habla de lo que él define como «la mejor serie que hay», un periodo cuyo guion parece inverosímil, «hay lealtades impresionantes, traiciones sobrecogedoras, pasiones arrebatadoras», explica. Su libro es testigo de ello, «es divertidísimo de leer». Es digno de admirar cómo se puede llegar a hacer pequeña una historia de «un mundo que duró 1.230 años».

Es cierto que ni Juego de tronos, ni Vikingos ni ninguna superproducción actual se pueden comparar. Emilio se aleja de los clásicos para definir esta abrumadora superioridad literaria y abraza el ejemplo de un curioso filósofo contemporáneo, José Mota: «No te digo que me lo superes, iguálamelo».

Sin embargo, el gran público a veces ve inaccesible esta vasta historia que acapararía muchos premios Emmy (a no pocos les daría más pereza que empezar One Piece). Pero tal y como existe One Pace (una edición que elimina el relleno de la serie) para agilizar el anime, existe Pequeña historia de la antigua Roma. Es la forma idónea de dejarse de excusas. «Está dirigido al gran público, para lectores de todas las edades, de 9 a 99 años, esto es muy importante. Tiene unas ilustraciones maravillosas de Julius que hacen que sea más atractivo tener el libro entre las manos, pero es un libro para todos», afirma su autor.

Emilio se enfundó en su traje de legionario y empezó la ardua batalla de condensar casi 1.300 años de historia en 230 páginas para el público generalista, y poder contar «cómo una pequeña aldea de agricultores del interior acaba haciéndose con toda la península itálica y, después, con todo el Mediterráneo y el mundo conocido». Desde «el muro con Escocia hasta el desierto de Arabia, desde Finisterre hasta Persia».

Por herencia

Los romanos no solo fueron conquistadores, fueron civilizadores, ahí recayó su éxito. Emilio recurre de nuevo a otros filósofos, los Monty Python, para explicar este legado. En la película La vida de Brian, en una conversación, un necio se da cuenta de la importancia de Roma. Me narra la escena: «Va uno y dice: ‘¿Qué han hecho los romanos por nosotros? Estos cabrones, hay que echarlos de Judea’. Y su amigo responde: ‘Bueno, las calzadas, los acueductos, el regadío, la educación, el vino…’ A lo que decepcionado, el crítico se da cuenta: ‘Eso sí que lo vamos a echar de menos…».

Además, añade: «El latín, de donde vienen nuestras lenguas romances; hablamos latín sin darnos cuenta. Muchas de las palabras que utilizamos no han cambiado en 3.000 años. El derecho que nos organiza como sociedad, el humor, la configuración política y la manera de entender el Estado… Todo eso nos viene de Roma».

Para él, Roma aún vive y es imposible negar su huella: «Leer la historia de Roma no es solo acercarse a historias apasionantes. Es leer sobre nosotros mismos, sobre la importancia de las instituciones, la necesidad de cuidar la democracia y el peligro de que no haya controles al poder. Es advertirnos sobre gobernantes como Calígula o Nerón, que de repente enloquecen y toman decisiones que perjudican a tanta gente».

Por Lógica

Del Río usa una descripción de Calígula muy interesante: «Grandilocuente, violento y grotesco en su forma de actuar», le pregunto: ¿Le viene a la mente algún personaje actual con esta definición? «En cada capítulo, hubiese puesto ejemplos de gobernantes de nuestro país y de otros países». No lo ha hecho, no quiere condicionar al lector. Pero la actualidad manda y quizá esta vez era demasiado obvio y difícil de esquivar. «Pero… sí, se me ocurre alguno que está ahora mismo en algún puesto muy poderoso, en algún país muy poderoso del mundo«. Entendemos un poco por dónde va, le respondo. «Eso que lo decida cada uno», zanja.

Lo intento con Atila, buscando alguna «amenaza que pasa y lo destruye todo» en Occidente, tal y como él le define. No cae (en principio). Me responde hablando de la caída de un imperio y es impresionante entender que Roma no cayó como un cataclismo en una batalla épica, sino por su propio peso. Todo imperio puede caer. «Se diluye como si fuera un azucarillo», advierte Emilio. «Es clave defender los valores de una civilización: la libertad, la justicia, la igualdad. Si no, esa civilización desaparecerá. Nos pensamos que el progreso es indefinido, pero Roma desapareció y hubo una involución de siglos en la Edad Media», avisa con su particular paralelismo.

Sus palabras no encierran romanticismo, son más bien consejos. Roma se relaciona con la actualidad, pero no debemos replicarla, sino aprender de ella. «Pequeña Historia de la Antigua Roma no trata de crear un club de fans, no, sino de aplicar aquello que decía Chesterton de: ‘¿Por qué cometer los errores de siempre si podemos cometer otros nuevos?’ Pues de eso se trata».

Del Río cuenta que los romanos eran listos, se deshicieron de la monarquía porque no creían en el poder absoluto. El cargo no era hereditario, era votado. Con su último rey, Tarquino el Soberbio («el mote ya lo dice todo»), decidieron que aquello era un desastre y mandaron la monarquía a paseo y lucharon por mantener durante siglos la idea de que el poder no debía ser permanente.

Pero llegó un hombre —continúa el escritor— que, sin querer o queriendo, acabó con esta idea. Quien nunca fue emperador, el afamado Julio César, uno de los más importantes y el más conocido personaje de la época, quien cayó, entre otras cosas, por algo muy actual.

Por desgracia

Roma vive, en lo bueno y en lo malo. Ellos «tenían muchos controles de forma que nadie tuviera mucho poder», pero también había «populismos» y «conflictos sociales». Esto le sirve de nuevo para aleccionarnos: «Hay que cuidar mucho las instituciones. La democracia hay que regarla todos los días, es muy frágil».

Esa fragilidad afectó incluso a Julio César, a quien hicieron caer mediante algo muy actual: las fake news. Sus detractores, sin Twitter ni TikTok, esparcieron bulos como que se iba a Alejandría a vivir o que quería refundar la monarquía. Fue este mal, que se piensa que es actual, el que orquestó e impulsó la caída del hombre más poderoso de su época.

Él mismo sabía de este poder, «César tenía muy claro quién tenía que escribir el relato», pero el relato es un arma de doble filo y al final Julio lo aprendió a las malas, «hay una campaña de desinformación contra él y se lo cargan».

Ahora intento barrer para casa: ¿Usted cree que los medios actuales podrían haber frenado esta campaña de desinformación?, le pregunto. No me sale bien. «Han cambiado los medios, pero no las técnicas. Tenemos tecnología, hemos mejorado en higiene, pero desde el punto de vista de la condición humana, somos los mismos, y las estrategias para conquistar el poder son las mismas, nos está pasando ahora mismo. Tenemos medios y tal, pero ¿hay un incremento de la libertad en el mundo hoy? Yo creo que no», responde.

Por convicción

También me queda claro que ni Marta Díaz ni Lola Lolita podrían acercarse a los genios de la influencia que eran algunos de los personajes de su libro, en este sentido, «todos somos aprendices de Augusto».

Ya no solo es la influencia y la desinformación. También la propaganda y las campañas electorales actuales tienen origen en esta era. «A Cicerón, que era un gran orador, defensor de la libertad, su hermano le dedica un manual de campaña electoral. Le dice: ‘Saluda a todo el mundo, tú promete, luego ya veremos si lo cumples o no. Habla con todos, utiliza ayudantes que vayan contando lo que tú quieres hacer por todos los sitios’. Ha cambiado la técnica, pero el contenido es el mismo», me explica.

Emilio del Río fue senador. Le pregunto lo obvio: ¿Dónde preferiría estar, en el Senado actual o en el romano? Me responde lo obvio: en el actual. «Sin duda, porque somos una democracia plena. Pero hay que acercarse a Roma para no cometer sus errores. La corrupción fue la termita de sus libertades. Hay que estar vigilantes para que haya responsabilidades políticas siempre, porque si no, las instituciones se deterioran y esto da pie a los populismos», afirma.

Se detiene a hablar de estos movimientos: «Lo vemos en países de Europa donde partidos populistas se alían con Putin. Putin es un enemigo de la libertad, de la democracia y de Europa«. Creo que ha encontrado a Atila.

Emilio es consciente de que cualquier imperio puede caer y cómo puede hacerlo, y es que para él lo que tenemos «no es permanente, que hay que cuidarlo, trabajarlo y defenderlo«.

Le pregunto por el peso del pueblo, esa «historia invisible» más allá de los grandes nombres. Emilio se entusiasma: «En la Pequeña Historia no me importan tanto las fechas como las historias de distintas personas que sean útiles para entender el presente«. Explica que en la época de la República importaba más lo común, lo colectivo, que lo individual.

Pone el ejemplo de Cincinato, el agricultor que inspiró a Washington y dio nombre a Cincinnati. «Los romanos tenían un ‘estado de excepción’. Pusieron a Cincinato al frente para solucionar un problema militar. Podía estar máximo seis meses. Solucionó el problema, le ofrecieron seguir y dijo que no, que se volvía a su arado. La política tiene que ser temporal». También menciona a Espartaco y cómo su rebelión de esclavos ha inspirado desde a Yolanda Díaz hasta al Spartak de Moscú o la Liga Espartaquista alemana. «Roma es una fuente inagotable de cultura y conocimiento».

Por derecho

Ya dejando de lado la diversión, la herencia, la lógica, la desgracia y la convicción, Emilio tiene claro que también es romano, por derecho. «El emperador Caracalla, a comienzos del siglo III, concedió la ciudadanía romana a todos los ciudadanos libres del Imperio. Y eso no está derogado. Por lo tanto, seguimos siendo ciudadanos romanos«.

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Por esa regla de tres, yo sigo con mi novia de infantil. Nunca hablamos de dejarlo. Te mando recuerdos, Leonor. Pero tú ya no estás conmigo y Roma sí. Está presente en muchas facetas de mi vida. Emilio me lo ha demostrado en cada respuesta: «Nosotros somos romanos, nuestra forma de entender la vida, nuestras instituciones, nuestro funcionamiento, todo viene de Roma». Roma, me ha enseñado, está en todo, lo es todo. Así que le tomo el testigo. En mi caso será una excusa, Leonor, lo siento, cariño, no eres tú, es Rom.a.

 El autor ha publicado su undécimo libro, ‘Pequeña historia de la Antigua Roma’, que ya está disponible en las librerías.  

La primera definición que se me viene a la mente de Emilio del Río podría ser: el hombre cuyo imperio romano es el propio imperio romano. Se nota en cada respuesta que da. No solo es por su nuevo libro, Pequeña historia de la Antigua Roma, que ya está disponible, es por cómo habla de esta época. Todo lo relaciona con Roma, no se olvida de la ciudad eterna, ni la obvia a la hora de hablar de la actualidad. Y es que, si algo saco en claro de mi charla con Emilio, es que, ya sea por diversión, herencia, lógica, convicción, derecho y, claro está, también por desgracia, somos romanos.

Por diversión

Sus ojos se encienden cuando habla de lo que él define como «la mejor serie que hay», un periodo cuyo guion parece inverosímil, «hay lealtades impresionantes, traiciones sobrecogedoras, pasiones arrebatadoras», explica. Su libro es testigo de ello, «es divertidísimo de leer». Es digno de admirar cómo se puede llegar a hacer pequeña una historia de «un mundo que duró 1.230 años».

Es cierto que ni Juego de tronos, ni Vikingos ni ninguna superproducción actual se pueden comparar. Emilio se aleja de los clásicos para definir esta abrumadora superioridad literaria y abraza el ejemplo de un curioso filósofo contemporáneo, José Mota: «No te digo que me lo superes, iguálamelo».

Sin embargo, el gran público a veces ve inaccesible esta vasta historia que acapararía muchos premios Emmy (a no pocos les daría más pereza que empezar One Piece). Pero tal y como existe One Pace (una edición que elimina el relleno de la serie) para agilizar el anime, existe Pequeña historia de la antigua Roma. Es la forma idónea de dejarse de excusas. «Está dirigido al gran público, para lectores de todas las edades, de 9 a 99 años, esto es muy importante. Tiene unas ilustraciones maravillosas de Julius que hacen que sea más atractivo tener el libro entre las manos, pero es un libro para todos», afirma su autor.

Emilio se enfundó en su traje de legionario y empezó la ardua batalla de condensar casi 1.300 años de historia en 230 páginas para el público generalista, y poder contar «cómo una pequeña aldea de agricultores del interior acaba haciéndose con toda la península itálica y, después, con todo el Mediterráneo y el mundo conocido». Desde «el muro con Escocia hasta el desierto de Arabia, desde Finisterre hasta Persia».

Por herencia

Los romanos no solo fueron conquistadores, fueron civilizadores, ahí recayó su éxito. Emilio recurre de nuevo a otros filósofos, los Monty Python, para explicar este legado. En la película La vida de Brian, en una conversación, un necio se da cuenta de la importancia de Roma. Me narra la escena: «Va uno y dice: ‘¿Qué han hecho los romanos por nosotros? Estos cabrones, hay que echarlos de Judea’. Y su amigo responde: ‘Bueno, las calzadas, los acueductos, el regadío, la educación, el vino…’ A lo que decepcionado, el crítico se da cuenta: ‘Eso sí que lo vamos a echar de menos…».

Además, añade: «El latín, de donde vienen nuestras lenguas romances; hablamos latín sin darnos cuenta. Muchas de las palabras que utilizamos no han cambiado en 3.000 años. El derecho que nos organiza como sociedad, el humor, la configuración política y la manera de entender el Estado… Todo eso nos viene de Roma».

Para él, Roma aún vive y es imposible negar su huella: «Leer la historia de Roma no es solo acercarse a historias apasionantes. Es leer sobre nosotros mismos, sobre la importancia de las instituciones, la necesidad de cuidar la democracia y el peligro de que no haya controles al poder. Es advertirnos sobre gobernantes como Calígula o Nerón, que de repente enloquecen y toman decisiones que perjudican a tanta gente».

Fotos a Emilio del Río
Entrevista a Emilio del Río.Hazhard Espinoza Vallejos

Por Lógica

Del Río usa una descripción de Calígula muy interesante: «Grandilocuente, violento y grotesco en su forma de actuar», le pregunto: ¿Le viene a la mente algún personaje actual con esta definición? «En cada capítulo, hubiese puesto ejemplos de gobernantes de nuestro país y de otros países». No lo ha hecho, no quiere condicionar al lector. Pero la actualidad manda y quizá esta vez era demasiado obvio y difícil de esquivar. «Pero… sí, se me ocurre alguno que está ahora mismo en algún puesto muy poderoso, en algún país muy poderoso del mundo«. Entendemos un poco por dónde va, le respondo. «Eso que lo decida cada uno», zanja.

Lo intento con Atila, buscando alguna «amenaza que pasa y lo destruye todo» en Occidente, tal y como él le define. No cae (en principio). Me responde hablando de la caída de un imperio y es impresionante entender que Roma no cayó como un cataclismo en una batalla épica, sino por su propio peso. Todo imperio puede caer. «Se diluye como si fuera un azucarillo», advierte Emilio. «Es clave defender los valores de una civilización: la libertad, la justicia, la igualdad. Si no, esa civilización desaparecerá. Nos pensamos que el progreso es indefinido, pero Roma desapareció y hubo una involución de siglos en la Edad Media», avisa con su particular paralelismo.

Sus palabras no encierran romanticismo, son más bien consejos. Roma se relaciona con la actualidad, pero no debemos replicarla, sino aprender de ella. «Pequeña Historia de la Antigua Roma no trata de crear un club de fans, no, sino de aplicar aquello que decía Chesterton de: ‘¿Por qué cometer los errores de siempre si podemos cometer otros nuevos?’ Pues de eso se trata».

Del Río cuenta que los romanos eran listos, se deshicieron de la monarquía porque no creían en el poder absoluto. El cargo no era hereditario, era votado. Con su último rey, Tarquino el Soberbio («el mote ya lo dice todo»), decidieron que aquello era un desastre y mandaron la monarquía a paseo y lucharon por mantener durante siglos la idea de que el poder no debía ser permanente.

Pero llegó un hombre —continúa el escritor— que, sin querer o queriendo, acabó con esta idea. Quien nunca fue emperador, el afamado Julio César, uno de los más importantes y el más conocido personaje de la época, quien cayó, entre otras cosas, por algo muy actual.

Por desgracia

Roma vive, en lo bueno y en lo malo. Ellos «tenían muchos controles de forma que nadie tuviera mucho poder», pero también había «populismos» y «conflictos sociales». Esto le sirve de nuevo para aleccionarnos: «Hay que cuidar mucho las instituciones. La democracia hay que regarla todos los días, es muy frágil».

Esa fragilidad afectó incluso a Julio César, a quien hicieron caer mediante algo muy actual: las fake news. Sus detractores, sin Twitter ni TikTok, esparcieron bulos como que se iba a Alejandría a vivir o que quería refundar la monarquía. Fue este mal, que se piensa que es actual, el que orquestó e impulsó la caída del hombre más poderoso de su época.

Él mismo sabía de este poder, «César tenía muy claro quién tenía que escribir el relato», pero el relato es un arma de doble filo y al final Julio lo aprendió a las malas, «hay una campaña de desinformación contra él y se lo cargan».

Ahora intento barrer para casa: ¿Usted cree que los medios actuales podrían haber frenado esta campaña de desinformación?, le pregunto. No me sale bien. «Han cambiado los medios, pero no las técnicas. Tenemos tecnología, hemos mejorado en higiene, pero desde el punto de vista de la condición humana, somos los mismos, y las estrategias para conquistar el poder son las mismas, nos está pasando ahora mismo. Tenemos medios y tal, pero ¿hay un incremento de la libertad en el mundo hoy? Yo creo que no», responde.

Por convicción

También me queda claro que ni Marta Díaz ni Lola Lolita podrían acercarse a los genios de la influencia que eran algunos de los personajes de su libro, en este sentido, «todos somos aprendices de Augusto».

Ya no solo es la influencia y la desinformación. También la propaganda y las campañas electorales actuales tienen origen en esta era. «A Cicerón, que era un gran orador, defensor de la libertad, su hermano le dedica un manual de campaña electoral. Le dice: ‘Saluda a todo el mundo, tú promete, luego ya veremos si lo cumples o no. Habla con todos, utiliza ayudantes que vayan contando lo que tú quieres hacer por todos los sitios’. Ha cambiado la técnica, pero el contenido es el mismo», me explica.

Emilio del Río fue senador. Le pregunto lo obvio: ¿Dónde preferiría estar, en el Senado actual o en el romano? Me responde lo obvio: en el actual. «Sin duda, porque somos una democracia plena. Pero hay que acercarse a Roma para no cometer sus errores. La corrupción fue la termita de sus libertades. Hay que estar vigilantes para que haya responsabilidades políticas siempre, porque si no, las instituciones se deterioran y esto da pie a los populismos», afirma.

Se detiene a hablar de estos movimientos: «Lo vemos en países de Europa donde partidos populistas se alían con Putin. Putin es un enemigo de la libertad, de la democracia y de Europa«. Creo que ha encontrado a Atila.

Emilio es consciente de que cualquier imperio puede caer y cómo puede hacerlo, y es que para él lo que tenemos «no es permanente, que hay que cuidarlo, trabajarlo y defenderlo«.

Le pregunto por el peso del pueblo, esa «historia invisible» más allá de los grandes nombres. Emilio se entusiasma: «En la Pequeña Historia no me importan tanto las fechas como las historias de distintas personas que sean útiles para entender el presente«. Explica que en la época de la República importaba más lo común, lo colectivo, que lo individual.

Pone el ejemplo de Cincinato, el agricultor que inspiró a Washington y dio nombre a Cincinnati. «Los romanos tenían un ‘estado de excepción’. Pusieron a Cincinato al frente para solucionar un problema militar. Podía estar máximo seis meses. Solucionó el problema, le ofrecieron seguir y dijo que no, que se volvía a su arado. La política tiene que ser temporal». También menciona a Espartaco y cómo su rebelión de esclavos ha inspirado desde a Yolanda Díaz hasta al Spartak de Moscú o la Liga Espartaquista alemana. «Roma es una fuente inagotable de cultura y conocimiento».

Fotos a Emilio del Río
Entrevista a Emilio del RíoHazhard Espinoza Vallejos

Por derecho

Ya dejando de lado la diversión, la herencia, la lógica, la desgracia y la convicción, Emilio tiene claro que también es romano, por derecho. «El emperador Caracalla, a comienzos del siglo III, concedió la ciudadanía romana a todos los ciudadanos libres del Imperio. Y eso no está derogado. Por lo tanto, seguimos siendo ciudadanos romanos«.

Por esa regla de tres, yo sigo con mi novia de infantil. Nunca hablamos de dejarlo. Te mando recuerdos, Leonor. Pero tú ya no estás conmigo y Roma sí. Está presente en muchas facetas de mi vida. Emilio me lo ha demostrado en cada respuesta: «Nosotros somos romanos, nuestra forma de entender la vida, nuestras instituciones, nuestro funcionamiento, todo viene de Roma». Roma, me ha enseñado, está en todo, lo es todo. Así que le tomo el testigo. En mi caso será una excusa, Leonor, lo siento, cariño, no eres tú, es Rom.a.

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