Fernanda Orazi ha abierto la novela Niebla de par en par, la ha desencuadernado, y a partir de ella ha compuesto una aventura escénica apasionante, divertida a la par que profunda, que se extiende a lo largo de la Nave 10 de Matadero. «¿Por qué nadie me habló de Miguel de Unamuno al llegar a España?», exclamaba con asombro en la presentación de la obra. Apoyada en el pensamiento del insigne escritor, ha alumbrado un texto fascinante en el que indaga en la ontología del personaje de ficción desde su alumbramiento, para reflejar en él la extrañeza del ser humano cuando se mira a sí mismo. Y además lo ha hecho con gracia, empleando un delicado sentido del humor, que quizás sea el mejor modo de abordar tal cuestión.
En el proceso de creación, en ese aterrizaje de un texto literario hasta tocar las tablas, Orazi ha perdido la noción de qué corresponde a Unamuno y qué ha aportado ella misma. Ambos se han zambullido en una niebla que confunde autorías, actores y personajes, y ha logrado una traslación magistral. Hasta el momento, es la auténtica sensación de la temporada madrileña, por la osadía de la empresa y la audacia con que ha resuelto el reto.
En el centro del escenario, un par de zapatos. Son el punto de arranque para que Augusto Pérez, ese protagonista anodino de la novela, alguien que nada reseñable había acometido en su vida, o que ni siquiera existía todavía, se convierta en personaje teatral al calzarse y echar a andar. ¿Hacia dónde? No lo sabe ni él mismo. Es un recién nacido con traje y corbata, un oficinista que ha olvidado a qué se dedica.
Una chica pasa por delante, luce su melena y eso basta para enamorarlo. Ella es María Etala, habitual de los montajes de Orazi, quizás su más cercana prolongación. Tras de sí nace una trama y también la vida de Augusto. La atracción que nadie comprende rige sus pasos, los de todos, casi de modo inconsciente. Eugenia da largas al pobre Augusto con rotundos portazos de vodevil, uno tras otro, y él comienza a observar todo con extrañeza pero ilusionado. La acción avanza con fluidez e imaginación, repleta de hallazgos escénicos.
Juan Paños es el actor ideal para invitarnos a este viaje hacia lo más hondo de la creación, de la gestación de un personaje. Personifica en Augusto la perplejidad y la inocencia, y nos deja vislumbrar el centro neurálgico del hecho teatral a cada paso que da. Se acerca al misterio de la metaficción donde se asomó Cervantes en su Quijote y, más tarde, tras el telón, Calderón y hasta Pirandello. Paños es un actor portentoso, imprescindible, y aquí muestra una vez más la envergadura de su talento. Él es nuestra Eugenia y nos lleva de la mano donde quiera, no se resistan.
El deambular errante de Augusto está secundado por un puñado de actores que redondea el milagro escénico. Cada cual compone una línea de esta Niebla que va ramificándose y atrapando al protagonista. Concisos apuntes sonoros y un destilado trabajo escenográfico de Cecilia Molano contribuyen a la coherencia… o a la incoherencia, según se mire.
Javier Ballesteros acompaña al personaje de Agustín en sus primeros balbuceos y lo hace con esa sutileza enigmática del que va dejando notas para que averigüemos. Se convierte en el perro Orfeo que Unamuno introduce en los primeros capítulos de la novela, pero no teman que nada hay aquí del delirio ‘therian’. Destapa bajo un árbol el recuerdo de los padres de Augusto, símbolo de un desvalimiento que es el de todos. Un arbolito que anda de acá para allá, sin recibir un sólo rayo de sol. Ballesteros guía y rellena sus silencios de una comicidad que surge tan sólo alzando una ceja. La obra está marcada por rasgos de un humor refinado y puro, ya que quizás la tragedia de nuestra existencia requiera de ese bálsamo. Así lo entendía Unamuno y Orazi deja que corra a lo largo de este ‘teatrito para Augusto’, como ella misma denomina su relectura de Niebla.
Entonces, ¿qué se necesita para ser personaje? Carmen Angulo maneja los focos y acarrea objetos escenográficos, incluido aquel ficticio árbol de pensamientos. De repente, se suelta el pelo y sobre ella cae una cálida luz que la alumbra: tumbada en la ‘chaise longue’ se convierte en Rosario. Augusto la admira como el que descubre una mariposa surgir del capullo. ¿Pero esto qué es?, se pregunta cautivado. En su vientre busca el refugio del recién nacido, en sus besos otra forma de amor y en sus ojos se ve reflejado, cada vez más pequeño y confundido hasta ahondar en su insignificancia.
El amigo de toda la vida es Víctor (Pablo Montes), que ronda entre el público porque se encuentra más cómodo de ese lado, sin apenas pisar el escenario. Con su desparpajo guasón intenta abrir los ojos de un Augusto a cada paso más angustiado, a punto de estallar. En un par de butacas de la fila cinco se sientan ambos para reconducir el afán autónomo del personaje principal, que se está viniendo arriba y no comprende la sumisión a su Dios creador.
En la novela, el personaje se planta en Salamanca para pedir explicaciones ¡al mismísimo Unamuno!, en un ocurrente juego dialéctico y metafísico. En este acto teatral machihembrado, Augusto pregunta airado por el responsable del embrollo en que se encuentra inmerso, con una cómica determinación. «¡Que venga el encargado!». Es una rebelión frente al autor, un resistirse al mutis final al que todos parecemos abocados: personajes, autores, actores y espectadores. El último acto posee el justo vuelo poético para concluir un estimulante recorrido por el destino trágico del ser humano.
Fernanda Orazi había ahondado recientemente en los límites de la labor actoral y la ficción representada, lanzando por los aires del Teatro del Barrio el libreto de su obra La persistencia, basada en Chejov y su gaviota. Poco antes, nos había cautivado en una versión de Electra donde contó con los mismos actores que hoy envuelve en Niebla, componiendo una potente visión del drama griego. Ahora se encuentra con Unamuno para traducir el sentimiento trágico del sabio bilbaíno en teatro vivo, para decapar el lenguaje literario y añadir el propio, hasta conseguir una plasmación escénica donde los personajes se cuestionan su identidad y esencia. Orazi, pensadora imprescindible de nuestro panorama artístico, inteligencia privilegiada, prende una llama en cada escenario donde oficia la acción teatral. Allí nos congregamos.
La autora y directora argentina Fernanda Orazi parte de la novela Niebla, de Unamuno, para crear un espectáculo fascinante
Fernanda Orazi ha abierto la novela Niebla de par en par, la ha desencuadernado,y a partir de ella ha compuesto una aventura escénica apasionante, divertida a la par que profunda, que se extiende a lo largo de la Nave 10 de Matadero. «¿Por qué nadie me habló de Miguel de Unamuno al llegar a España?», exclamaba con asombro en la presentación de la obra. Apoyada en el pensamiento del insigne escritor, ha alumbrado un texto fascinante en el que indaga en la ontología del personaje de ficción desde su alumbramiento, para reflejar en él la extrañeza del ser humano cuando se mira a sí mismo. Y además lo ha hecho con gracia, empleando un delicado sentido del humor, que quizás sea el mejor modo de abordar tal cuestión.
En el proceso de creación, en ese aterrizaje de un texto literario hasta tocar las tablas, Orazi ha perdido la noción de qué corresponde a Unamuno y qué ha aportado ella misma. Ambos se han zambullido en una niebla que confunde autorías, actores y personajes, y ha logrado una traslación magistral. Hasta el momento, es la auténtica sensación de la temporada madrileña, por la osadía de la empresa y la audacia con que ha resuelto el reto.

En el centro del escenario, un par de zapatos. Son el punto de arranque para que Augusto Pérez, ese protagonista anodino de la novela, alguien que nada reseñable había acometido en su vida, o que ni siquiera existía todavía, se convierta en personaje teatral al calzarse y echar a andar. ¿Hacia dónde? No lo sabe ni él mismo. Es un recién nacido con traje y corbata, un oficinista que ha olvidado a qué se dedica.
Una chica pasa por delante, luce su melena y eso basta para enamorarlo. Ella es María Etala, habitual de los montajes de Orazi, quizás su más cercana prolongación. Tras de sí nace una trama y también la vida de Augusto. La atracción que nadie comprende rige sus pasos, los de todos, casi de modo inconsciente. Eugenia da largas al pobre Augusto con rotundos portazos de vodevil, uno tras otro, y él comienza a observar todo con extrañeza pero ilusionado. La acción avanza con fluidez e imaginación, repleta de hallazgos escénicos.
Juan Paños es el actor ideal para invitarnos a este viaje hacia lo más hondo de la creación, de la gestación de un personaje. Personifica en Augusto la perplejidad y la inocencia, y nos deja vislumbrar el centro neurálgico del hecho teatral a cada paso que da. Se acerca al misterio de la metaficción donde se asomó Cervantes en su Quijote y, más tarde, tras el telón, Calderón y hasta Pirandello. Paños es un actor portentoso, imprescindible, y aquí muestra una vez más la envergadura de su talento. Él es nuestra Eugenia y nos lleva de la mano donde quiera, no se resistan.

El deambular errante de Augusto está secundado por un puñado de actores que redondea el milagro escénico. Cada cual compone una línea de esta Niebla que va ramificándose y atrapando al protagonista. Concisos apuntes sonoros y un destilado trabajo escenográfico de Cecilia Molano contribuyen a la coherencia… o a la incoherencia, según se mire.
Javier Ballesteros acompaña al personaje de Agustín en sus primeros balbuceos y lo hace con esa sutileza enigmática del que va dejando notas para que averigüemos. Se convierte en el perro Orfeo que Unamuno introduce en los primeros capítulos de la novela, pero no teman que nada hay aquí del delirio ‘therian’. Destapa bajo un árbol el recuerdo de los padres de Augusto, símbolo de un desvalimiento que es el de todos. Un arbolito que anda de acá para allá, sin recibir un sólo rayo de sol. Ballesteros guía y rellena sus silencios de una comicidad que surge tan sólo alzando una ceja. La obra está marcada por rasgos de un humor refinado y puro, ya que quizás la tragedia de nuestra existencia requiera de ese bálsamo. Así lo entendía Unamuno y Orazi deja que corra a lo largo de este ‘teatrito para Augusto’, como ella misma denomina su relectura de Niebla.

Entonces, ¿qué se necesita para ser personaje? Carmen Angulo maneja los focos y acarrea objetos escenográficos, incluido aquel ficticio árbol de pensamientos. De repente, se suelta el pelo y sobre ella cae una cálida luz que la alumbra: tumbada en la ‘chaise longue’ se convierte en Rosario. Augusto la admira como el que descubre una mariposa surgir del capullo. ¿Pero esto qué es?, se pregunta cautivado. En su vientre busca el refugio del recién nacido, en sus besos otra forma de amor y en sus ojos se ve reflejado, cada vez más pequeño y confundido hasta ahondar en su insignificancia.
El amigo de toda la vida es Víctor (Pablo Montes), que ronda entre el público porque se encuentra más cómodo de ese lado, sin apenas pisar el escenario. Con su desparpajo guasón intenta abrir los ojos de un Augusto a cada paso más angustiado, a punto de estallar. En un par de butacas de la fila cinco se sientan ambos para reconducir el afán autónomo del personaje principal, que se está viniendo arriba y no comprende la sumisión a su Dios creador.

En la novela, el personaje se planta en Salamanca para pedir explicaciones ¡al mismísimo Unamuno!, en un ocurrente juego dialéctico y metafísico. En este acto teatral machihembrado, Augusto pregunta airado por el responsable del embrollo en que se encuentra inmerso, con una cómica determinación. «¡Que venga el encargado!». Es una rebelión frente al autor, un resistirse al mutis final al que todos parecemos abocados: personajes, autores, actores y espectadores. El último acto posee el justo vuelo poético para concluir un estimulante recorrido por el destino trágico del ser humano.

Fernanda Orazi había ahondado recientemente en los límites de la labor actoral y la ficción representada, lanzando por los aires del Teatro del Barrio el libreto de su obra La persistencia, basada enChejov y su gaviota. Poco antes, nos había cautivado en una versión de Electradonde contó con los mismos actores que hoy envuelve en Niebla, componiendo una potente visión del drama griego. Ahora se encuentra con Unamuno para traducir el sentimiento trágico del sabio bilbaíno en teatro vivo, para decapar el lenguaje literario y añadir el propio, hasta conseguir una plasmación escénica donde los personajes se cuestionan su identidad y esencia. Orazi, pensadora imprescindible de nuestro panorama artístico, inteligencia privilegiada, prende una llama en cada escenario donde oficia la acción teatral. Allí nos congregamos.
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