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  Internacional  Habrá más Groenlandias… pero Europa ya conoce el camino
Internacional

Habrá más Groenlandias… pero Europa ya conoce el camino

enero 27, 2026
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Después de regresar de la tumba política que él mismo cavó —ha concluido ya su primer año de poder absoluto sobre el Departamento de Justicia y aún no ha presentado ningún indicio y, mucho menos, imputado a nadie por el presunto fraude de las elecciones de 2020— el desquiciado presidente Trump ya no hace diferencias entre amigos y enemigos. Solo entiende de fuerza y de debilidad. Él ladra a todo el mundo y, cuando detecta el miedo, muerde para comprobar hasta dónde llega el bocado que puede llevarse sin riesgo.

Mirando hacia atrás, es probable que la rápida capitulación de Europa en las negociaciones sobre aranceles haya sido un error. Si no en el terreno de la economía, que no es el mío, al menos en el estratégico. También puede haberlo sido el acto de vasallaje que supuso la aceptación del disparatado 5% del PIB en inversiones para la defensa, un acuerdo de carácter simbólico —casi siempre se olvida que el objetivo se ha dilatado hasta el 2035… y se revisará en 2029, cuando ya no esté Trump— pero que ha dado alas al magnate a la hora de imponer sus condiciones sobre sus asustadizos aliados.

Espoleado por sus éxitos, Trump intentó en Groenlandia atravesar una de las pocas líneas rojas que Europa todavía defiende: la de la soberanía. Afortunadamente, la apuesta le salió mal. El viejo continente, por una vez, recuperó la dignidad y enseñó sus mellados dientes. Tras el envite del norteamericano, que prometió apoderarse de la isla por las buenas o por las malas, ocho países de la Alianza Atlántica —España, como tantas otras veces, se puso de perfil— decidieron subir la apuesta. El despliegue de un puñado de soldados británicos, alemanes o franceses hacía imposible la anexión por abandono y Trump, incapaz de justificar ante sus propios votantes una operación militar contra sus propios aliados, volvió la vista a los aranceles, de largo la herramienta de presión que mejor comprende.

A pesar de que el republicano intentó dividir a los europeos sancionando solo a los ocho países que le habían desafiado sobre el terreno, también ahí se encontró el magnate una Europa razonablemente unida. Salvó la cara gracias a los buenos oficios del holandés Rutte, un Secretario General de la OTAN al que no le importa humillarse para templar las alocadas embestidas del norteamericano. Dentro de tres años sabremos si hay que destituirlo o ponerle una estatua pero, bajo la muleta del holandés, Trump terminará conformándose con que la Alianza finja tomarse en serio las preocupaciones que el magnate finge sentir por la seguridad de Groenlandia.

Ayudaría, desde luego, que Dinamarca le nombrase groenlandés del año, aunque me temo que le falta a los daneses el sentido del humor que, seguramente, ha ayudado a María Corina Machado a pasar por el trago de regalar al fatuo presidente norteamericano su merecido premio Nóbel de la Paz.

Con todo, Europa no puede cantar victoria todavía. Trump intentará devolvérnosla. Quizá no en Groenlandia, donde apenas le queda margen de actuación. Pero sí en Ucrania, donde la guerra continúa mientras el republicano sigue prefiriendo a Putin que a Zelenski, sigue apostando por la fuerza militar en lugar de la legalidad internacional, sigue dejando a la UE fuera de las negociaciones a pesar de que no se cansa de decir que se trata de un problema europeo, y no norteamericano.

¿Dónde más se enfrentará Trump a nuestros intereses? En su propio hemisferio, donde él apuesta por un chavismo domado, en lugar de la democracia que defiende Europa. En Irán, donde, amparado por el océano que le separa del conflicto y por su amplio superávit energético—acrecentado con el control de Venezuela— quizá se arriesgue a provocar ese salto al vacío que evitó en Caracas. Derribar el régimen de los ayatolás es bueno para el mundo… siempre que la aventura no termine en una cruenta guerra civil a las puertas de Europa en la que, como ocurrió en Siria —cuatro veces más pequeña que Irán— no habría ningún bando al que pudiéramos apoyar. Una guerra que, seguramente, provocaría el cierre del estrecho de Ormuz y encarecería la energía que Trump nos vende… o le permitiría chantajearnos impunemente con el cierre del grifo.

No hace falta forzar demasiado la imaginación para encontrar todavía más Groenlandias dónde el presidente Trump pueda querer atravesar nuestras líneas rojas. En Marruecos, donde Washington va solidificando su influencia política y militar. En la franja de Gaza, donde el final de la guerra se encuentra hoy en el filo de la navaja. Sobre la mesa está ya ese Consejo de la Paz recién inaugurado que, en apariencia, no tiene otro propósito que sentar al magnate un poco más alto que los demás.

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Donde quiera que miremos, los caminos de Europa y los EE.UU., que deberían acercarse bajo la creciente presión de las potencias totalitarias, divergen por los intereses de un hombre a quien los norteamericanos eligieron para preocuparse por sus problemas con la inmigración, por la economía y por los excesos de la llamada cultura woke. Mientras ellos se lo piensan, a los europeos nos quedan todavía tres años en los que tendremos que resistir a las provocaciones de su presidente. Afortunadamente, después de lo ocurrido en Groenlandia, creo que conocemos mejor el camino.

 «No hace falta forzar demasiado la imaginación para encontrar todavía más Groenlandias dónde el presidente Trump pueda querer atravesar nuestras líneas rojas.»  

Después de regresar de la tumba política que él mismo cavó —ha concluido ya su primer año de poder absoluto sobre el Departamento de Justicia y aún no ha presentado ningún indicio y, mucho menos, imputado a nadie por el presunto fraude de las elecciones de 2020— el desquiciado presidente Trump ya no hace diferencias entre amigos y enemigos. Solo entiende de fuerza y de debilidad. Él ladra a todo el mundo y, cuando detecta el miedo, muerde para comprobar hasta dónde llega el bocado que puede llevarse sin riesgo.

Mirando hacia atrás, es probable que la rápida capitulación de Europa en las negociaciones sobre aranceles haya sido un error. Si no en el terreno de la economía, que no es el mío, al menos en el estratégico. También puede haberlo sido el acto de vasallaje que supuso la aceptación del disparatado 5% del PIB en inversiones para la defensa, un acuerdo de carácter simbólico —casi siempre se olvida que el objetivo se ha dilatado hasta el 2035… y se revisará en 2029, cuando ya no esté Trump— pero que ha dado alas al magnate a la hora de imponer sus condiciones sobre sus asustadizos aliados.

Espoleado por sus éxitos, Trump intentó en Groenlandia atravesar una de las pocas líneas rojas que Europa todavía defiende: la de la soberanía. Afortunadamente, la apuesta le salió mal. El viejo continente, por una vez, recuperó la dignidad y enseñó sus mellados dientes. Tras el envite del norteamericano, que prometió apoderarse de la isla por las buenas o por las malas, ocho países de la Alianza Atlántica —España, como tantas otras veces, se puso de perfil— decidieron subir la apuesta. El despliegue de un puñado de soldados británicos, alemanes o franceses hacía imposible la anexión por abandono y Trump, incapaz de justificar ante sus propios votantes una operación militar contra sus propios aliados, volvió la vista a los aranceles, de largo la herramienta de presión que mejor comprende.

A pesar de que el republicano intentó dividir a los europeos sancionando solo a los ocho países que le habían desafiado sobre el terreno, también ahí se encontró el magnate una Europa razonablemente unida. Salvó la cara gracias a los buenos oficios del holandés Rutte, un Secretario General de la OTAN al que no le importa humillarse para templar las alocadas embestidas del norteamericano. Dentro de tres años sabremos si hay que destituirlo o ponerle una estatua pero, bajo la muleta del holandés, Trump terminará conformándose con que la Alianza finja tomarse en serio las preocupaciones que el magnate finge sentir por la seguridad de Groenlandia.

Ayudaría, desde luego, que Dinamarca le nombrase groenlandés del año, aunque me temo que le falta a los daneses el sentido del humor que, seguramente, ha ayudado a María Corina Machado a pasar por el trago de regalar al fatuo presidente norteamericano su merecido premio Nóbel de la Paz.

Con todo, Europa no puede cantar victoria todavía. Trump intentará devolvérnosla. Quizá no en Groenlandia, donde apenas le queda margen de actuación. Pero sí en Ucrania, donde la guerra continúa mientras el republicano sigue prefiriendo a Putin que a Zelenski, sigue apostando por la fuerza militar en lugar de la legalidad internacional, sigue dejando a la UE fuera de las negociaciones a pesar de que no se cansa de decir que se trata de un problema europeo, y no norteamericano.

¿Dónde más se enfrentará Trump a nuestros intereses? En su propio hemisferio, donde él apuesta por un chavismo domado, en lugar de la democracia que defiende Europa. En Irán, donde, amparado por el océano que le separa del conflicto y por su amplio superávit energético—acrecentado con el control de Venezuela— quizá se arriesgue a provocar ese salto al vacío que evitó en Caracas. Derribar el régimen de los ayatolás es bueno para el mundo… siempre que la aventura no termine en una cruenta guerra civil a las puertas de Europa en la que, como ocurrió en Siria —cuatro veces más pequeña que Irán— no habría ningún bando al que pudiéramos apoyar. Una guerra que, seguramente, provocaría el cierre del estrecho de Ormuz y encarecería la energía que Trump nos vende… o le permitiría chantajearnos impunemente con el cierre del grifo.

No hace falta forzar demasiado la imaginación para encontrar todavía más Groenlandias dónde el presidente Trump pueda querer atravesar nuestras líneas rojas. En Marruecos, donde Washington va solidificando su influencia política y militar. En la franja de Gaza, donde el final de la guerra se encuentra hoy en el filo de la navaja. Sobre la mesa está ya ese Consejo de la Paz recién inaugurado que, en apariencia, no tiene otro propósito que sentar al magnate un poco más alto que los demás.

Donde quiera que miremos, los caminos de Europa y los EE.UU., que deberían acercarse bajo la creciente presión de las potencias totalitarias, divergen por los intereses de un hombre a quien los norteamericanos eligieron para preocuparse por sus problemas con la inmigración, por la economía y por los excesos de la llamada cultura woke. Mientras ellos se lo piensan, a los europeos nos quedan todavía tres años en los que tendremos que resistir a las provocaciones de su presidente. Afortunadamente, después de lo ocurrido en Groenlandia, creo que conocemos mejor el camino.

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