Estamos acostumbrados a que un nuevo Papa, tras ser escogido en un cónclave, cambie su nombre secular por uno de pontificado al iniciar su mandato espiritual. No es una obligación, sino una costumbre muy asentada que marca un antes y un después, como si el cargo exigiera dejar atrás la biografía privada para asumir un papel público con un significado propio. En el ritual, tras aceptar la elección, se le pregunta en latín ‘Quo nomine vis vocari?’(¿Con qué nombre desea ser llamado?), y la respuesta se convierte desde ese instante en su identidad oficial.
El primer caso documentado se remonta al año 533. El elegido se llamaba Mercurius (Mercurio) y decidió adoptar el nombre de Juan II, porque no quería que el obispo de Roma llevase un nombre asociado a una divinidad pagana de la Antigua Roma. Aun así, la costumbre tardó en cuajar y durante los siguientes cuatro siglos hubo pontífices que mantuvieron su nombre de pila, hasta que el cambio empezó a imponerse como regla no escrita.
Desde mediados del siglo X la costumbre se asentó y la Santa Sede sitúa ese punto de inflexión en 955, cuando Octaviano fue elegido y pasó a llamarse Juan XII, y a partir de ahí lo normal ha sido que el papa elija un nombre con intención, como guiño a un santo, a un pontífice admirado o a una idea que quiera poner en el centro de su etapa. Con todo, hubo un par de excepciones en el siglo XVI, cuando Adriano VI (1522-1523) mantuvo su nombre y Marcelo II también, en 1555 (solo reinó durante 22 días), convirtiéndose en el último papa que ejerció el pontificado con su nombre de bautismo.
Como dato curioso, cabe destacar que ningún papa ha escogido llamarse Pedro, por respeto al apóstol que la tradición considera el primero de todos. No es una prohibición formal, pero el nombre se evita por su carga simbólica y por la idea de que solo ha habido un Pedro al frente de la institución.
Estamos acostumbrados a que un nuevo Papa, tras ser escogido en un cónclave, cambie su nombre secular por uno de pontificado al iniciar su mandato espiritual. No es una obligación, sino una costumbre muy asentada que marca un antes y un después, como si el cargo exigiera dejar atrás la biografía privada para asumir un papel público con un significado propio.
Estamos acostumbrados a que un nuevo Papa, tras ser escogido en un cónclave, cambie su nombre secular por uno de pontificado al iniciar su mandato espiritual. No es una obligación, sino una costumbre muy asentada que marca un antes y un después, como si el cargo exigiera dejar atrás la biografía privada para asumir un papel público con un significado propio. En el ritual, tras aceptar la elección, se le pregunta en latín ‘Quo nomine vis vocari?’(¿Con qué nombre desea ser llamado?), y la respuesta se convierte desde ese instante en su identidad oficial.
El primer caso documentado se remonta al año 533. El elegido se llamaba Mercurius (Mercurio) y decidió adoptar el nombre de Juan II, porque no quería que el obispo de Roma llevase un nombre asociado a una divinidad pagana de la Antigua Roma. Aun así, la costumbre tardó en cuajar y durante los siguientes cuatro siglos hubo pontífices que mantuvieron su nombre de pila, hasta que el cambio empezó a imponerse como regla no escrita.
Desde mediados del siglo X la costumbre se asentó y la Santa Sede sitúa ese punto de inflexión en 955, cuando Octaviano fue elegido y pasó a llamarse Juan XII, y a partir de ahí lo normal ha sido que el papa elija un nombre con intención, como guiño a un santo, a un pontífice admirado o a una idea que quiera poner en el centro de su etapa. Con todo, hubo un par de excepciones en el siglo XVI, cuando Adriano VI (1522-1523) mantuvo su nombre y Marcelo II también, en 1555 (solo reinó durante 22 días), convirtiéndose en el último papa que ejerció el pontificado con su nombre de bautismo.
Como dato curioso, cabe destacar que ningún papa ha escogido llamarse Pedro, por respeto al apóstol que la tradición considera el primero de todos. No es una prohibición formal, pero el nombre se evita por su carga simbólica y por la idea de que solo ha habido un Pedro al frente de la institución.
20MINUTOS.ES – Cultura
