A los seres humanos nos encanta la novedad y, en los calurosos días de este verano, la novedad —bien que relativa— está en los incendios que asolan varias provincias de nuestra España. No es de extrañar, por eso, que ni la ciudadanía ni la clase política hayan prestado demasiada atención al derribo de un dron ruso en la lejana Rumanía, tercero en tres días consecutivos de ataques de las tropas de Putin a los puertos ucranianos del mar Negro.
Lo rutinario, por grave que sea, se vuelve trivial; pero ¿recuerda el lector el escándalo que se montó en nuestro continente la primera vez que los drones del Kremlin penetraron en el espacio aéreo europeo? La indignación fue tal que la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, llegó comenzar su siguiente discurso sobre el estado de la Unión —después de darle muchas vueltas, según propia confesión— con el anuncio de que Europa estaba en guerra. O casi porque, en realidad, en lugar de la palabra «guerra» (war en inglés), prefirió la de «lucha» (fight), pensando quizá, astutamente, que así podría nadar y guardar la ropa.
De aquel fuego que inflamó a medias a Von der Leyen —disculpe el lector la metáfora elegida en momentos en los que decenas de miles de nuestros compatriotas han tenido que dejar sus hogares por los incendios— ya no quedan ni las brasas. Todo se quedó en el anuncio de una infranqueable muralla de drones que, por el momento, no parece haber impresionado en absoluto a Vladimir Putin.
Permita el lector, si dispone de unos minutos para la reflexión, que aproveche la ocasión para poner sobre la mesa dos asuntos que considero importantes para los españoles. El primero es que lo que ocurre en Rumanía no tiene necesariamente que ser el preludio de nada… pero podría serlo porque, si el dictador ruso tuviera malas intenciones —ahora, desde luego, no puede permitírselo— comenzaría exactamente así.
De la actual estrategia militar rusa, publicada en su día por el general Gerasimov —la encontrará en internet el lector interesado— no cabe esperar la invasión en frío de ningún país europeo, y mucho menos si pertenece a la OTAN. Lo que debería preocuparnos no es encontrarnos de la noche a la mañana con los carros de combate de Putin tras nuestras fronteras, sino una escalada parecida a la que se produjo en Ucrania a lo largo de toda una década, aprovechando precisamente ese fenómeno que convierte lo rutinario en trivial. Cuando los pueblos se acostumbran a lo que ocurre en un peldaño cualquiera de la escalera de la guerra híbrida, se asciende al siguiente y a esperar acontecimientos.
A todos nos conviene, por lo tanto, impedir que el dictador del Kremlin se sienta cómodo sobrevolando el espacio aéreo europeo con sus drones; pero ¿cuál es la manera de conseguirlo? Permita el lector que introduzca ahora el segundo de los asuntos que quiero tocar en este artículo: cómo mantener a raya a Vladimir Putin y a todos los líderes de su calaña que empiezan a proliferar en el teatro de las naciones.
A finales del año pasado, 20 Minutos tuvo la amabilidad de publicarme una columna titulada, si no recuerdo mal, «Los tres cerditos y el lobo de la guerra«. Defendía en ella que, desde la Segunda Guerra Mundial, la humanidad —Europa sobre todo— había construido tres edificios para sentirse protegida de la agresión. El primero, hecho del papel de la Carta de las Naciones Unidas. El segundo, levantado con poderosas armas de disuasión, particularmente las de destrucción masiva. El tercero, sustentado sobre el dinero del comercio internacional. Los tres, uno detrás de otro, se han desplomado sobre nuestras cabezas. Por desgracia, ni la legalidad internacional, ni el equilibrio del terror, ni las sanciones comerciales han traído la paz a nuestro continente.
Tengo la impresión de que, en lugar de aprender la lección, los europeos de hoy —como un hipotético cuarto cerdito que ya no está en el cuento infantil— estamos, erre que erre, empezando a construir una cuarta casa hecha de tecnología militar. Cada vez que los drones rusos nos sobrevuelan, cada vez que el presidente Putin anuncia nuevos y más poderosos misiles, cada vez que el presidente Trump nos amenaza con soltarnos de la mano, cada vez que los ayatolás o los hutíes deciden atacar nuestros barcos, la respuesta europea es, básicamente, la misma: poner dinero sobre la mesa para nuevos proyectos militares que blindarán nuestros cielos, inmunizarán nuestro ciberespacio, protegerán nuestros fondos marinos y asegurarán la libertad de nuestros mares. No parece que queramos ver que la tecnología por sí misma es incapaz de darle a Washington la victoria en Irán, o a Israel en El Líbano. No parece que queramos entender por qué las enormes carencias industriales —han tardado cuatro años en empezar a devolver los golpes a la infraestructura— no han impedido a Ucrania resistir la invasión rusa.
La casa que debe defender a nuestro continente de la guerra no puede estar hecha de papel o de armas nucleares, de dinero o de tecnología. Todo eso tiene que estar en las estanterías, por supuesto, pero el edificio tiene que estar hecho de respeto. De respeto a los pueblos de Europa. Algo que, por desgracia, no se puede comprar. Es preciso ganárselo y, cuanto antes empecemos, mejor para las generaciones que vienen detrás.
Ni la ciudadanía ni la clase política ha prestado demasiada atención al derribo de un dron ruso en Rumanía, tercero en tres días consecutivos de ataques de Rusia a puertos ucranianos del mar Negro.
A los seres humanos nos encanta la novedad y, en los calurosos días de este verano, la novedad —bien que relativa— está en los incendios que asolan varias provincias de nuestra España. No es de extrañar, por eso, que ni la ciudadanía ni la clase política hayan prestado demasiada atención al derribo de un dron ruso en la lejana Rumanía, tercero en tres días consecutivos de ataques de las tropas de Putin a los puertos ucranianos del mar Negro.
Lo rutinario, por grave que sea, se vuelve trivial; pero ¿recuerda el lector el escándalo que se montó en nuestro continente la primera vez que los drones del Kremlin penetraron en el espacio aéreo europeo? La indignación fue tal que la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, llegó comenzar su siguiente discurso sobre el estado de la Unión —después de darle muchas vueltas, según propia confesión— con el anuncio de que Europa estaba en guerra. O casi porque, en realidad, en lugar de la palabra «guerra» (war en inglés), prefirió la de «lucha» (fight), pensando quizá, astutamente, que así podría nadar y guardar la ropa.
De aquel fuego que inflamó a medias a Von der Leyen —disculpe el lector la metáfora elegida en momentos en los que decenas de miles de nuestros compatriotas han tenido que dejar sus hogares por los incendios— ya no quedan ni las brasas. Todo se quedó en el anuncio de una infranqueable muralla de drones que, por el momento, no parece haber impresionado en absoluto a Vladimir Putin.
Permita el lector, si dispone de unos minutos para la reflexión, que aproveche la ocasión para poner sobre la mesa dos asuntos que considero importantes para los españoles. El primero es que lo que ocurre en Rumanía no tiene necesariamente que ser el preludio de nada… pero podría serlo porque, si el dictador ruso tuviera malas intenciones —ahora, desde luego, no puede permitírselo— comenzaría exactamente así.
De la actual estrategia militar rusa, publicada en su día por el general Gerasimov —la encontrará en internet el lector interesado— no cabe esperar la invasión en frío de ningún país europeo, y mucho menos si pertenece a la OTAN. Lo que debería preocuparnos no es encontrarnos de la noche a la mañana con los carros de combate de Putin tras nuestras fronteras, sino una escalada parecida a la que se produjo en Ucrania a lo largo de toda una década, aprovechando precisamente ese fenómeno que convierte lo rutinario en trivial. Cuando los pueblos se acostumbran a lo que ocurre en un peldaño cualquiera de la escalera de la guerra híbrida, se asciende al siguiente y a esperar acontecimientos.
A todos nos conviene, por lo tanto, impedir que el dictador del Kremlin se sienta cómodo sobrevolando el espacio aéreo europeo con sus drones; pero ¿cuál es la manera de conseguirlo? Permita el lector que introduzca ahora el segundo de los asuntos que quiero tocar en este artículo: cómo mantener a raya a Vladimir Putin y a todos los líderes de su calaña que empiezan a proliferar en el teatro de las naciones.
A finales del año pasado, 20 Minutos tuvo la amabilidad de publicarme una columna titulada, si no recuerdo mal, «Los tres cerditos y el lobo de la guerra«. Defendía en ella que, desde la Segunda Guerra Mundial, la humanidad —Europa sobre todo— había construido tres edificios para sentirse protegida de la agresión. El primero, hecho del papel de la Carta de las Naciones Unidas. El segundo, levantado con poderosas armas de disuasión, particularmente las de destrucción masiva. El tercero, sustentado sobre el dinero del comercio internacional. Los tres, uno detrás de otro, se han desplomado sobre nuestras cabezas. Por desgracia, ni la legalidad internacional, ni el equilibrio del terror, ni las sanciones comerciales han traído la paz a nuestro continente.
Tengo la impresión de que, en lugar de aprender la lección, los europeos de hoy —como un hipotético cuarto cerdito que ya no está en el cuento infantil— estamos, erre que erre, empezando a construir una cuarta casa hecha de tecnología militar. Cada vez que los drones rusos nos sobrevuelan, cada vez que el presidente Putin anuncia nuevos y más poderosos misiles, cada vez que el presidente Trump nos amenaza con soltarnos de la mano, cada vez que los ayatolás o los hutíes deciden atacar nuestros barcos, la respuesta europea es, básicamente, la misma: poner dinero sobre la mesa para nuevos proyectos militares que blindarán nuestros cielos, inmunizarán nuestro ciberespacio, protegerán nuestros fondos marinos y asegurarán la libertad de nuestros mares. No parece que queramos ver que la tecnología por sí misma es incapaz de darle a Washington la victoria en Irán, o a Israel en El Líbano. No parece que queramos entender por qué las enormes carencias industriales —han tardado cuatro años en empezar a devolver los golpes a la infraestructura— no han impedido a Ucrania resistir la invasión rusa.
La casa que debe defender a nuestro continente de la guerra no puede estar hecha de papel o de armas nucleares, de dinero o de tecnología. Todo eso tiene que estar en las estanterías, por supuesto, pero el edificio tiene que estar hecho de respeto. De respeto a los pueblos de Europa. Algo que, por desgracia, no se puede comprar. Es preciso ganárselo y, cuanto antes empecemos, mejor para las generaciones que vienen detrás.
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