Hete aquí que una periodista del diario Folha de S. Paulo, ante las sospechas de un lector de que escribía sus columnas con inteligencia artificial, ha reconocido este pasado domingo, con una columna escrita a su vez por su IA de cabecera, que así es, y que así seguirá siendo.
El diario no lo prohíbe de manera explícita, y ella equipara su uso al de una herramienta más. Repito, una columna. De opinión. Cedida, con toda conciencia, a una IA que carece tanto de moral como de criterio propio.
El caso es que desconozco el porcentaje de IA que un detector común deduciría de mis columnas: alto, en torno a un 60 o 70%, como pude comprobar cuando filtré el inicio de mi novela Melocotones helados, escrita en 1999 y por ello poco sospechosa de una gestación no humana, pero no tanto como arrojan los textos de Borges o de Jane Austen. La razón es que mis obras en español, en inglés, y muy probablemente en otros idiomas a los que han sido traducidas, se han empleado, sin mi permiso y para mi horror, en el mal llamado entrenamiento de varias IA y se encuentran trituradas, condensadas y absorbidas para cualquier fin que decidan asignarles.
Varias entidades de protección de derechos de autor nos han pedido a los escritores que decidamos qué hacer ante esa circunstancia, si los cedemos o nos reservamos la respuesta para una demanda o un juicio que, si llega, será lento, insuficiente y tardío.
Mientras tanto, la obra que comencé a escribir a mis 16 años y que publico desde los 23 no solo se encuentra pirateada, descargada de manera ilegal y en ocasiones reportajeada para otros fines, sino que ahora forma parte de un sistema circulatorio que alimenta una bestia imparable y en continuo crecimiento.
Mi reputación, mi estilo, mi voz y mi mirada, lo único que un escritor posee frente al mundo se han desleído en una sangre invisible que le da vida. Es más, ella ya soy yo en un 60 o un 70%, según los casos. Me ha devorado, y no cesará hasta acabar con todo, con todos.
Mi reputación, mi estilo, mi voz y mi mirada, lo único que un escritor posee frente al mundo se han desleído en una sangre invisible que le da vida: la IA.
Hete aquí que una periodista del diario Folha de S. Paulo, ante las sospechas de un lector de que escribía sus columnas con inteligencia artificial, ha reconocido este pasado domingo, con una columna escrita a su vez por su IA de cabecera, que así es, y que así seguirá siendo.
El diario no lo prohíbe de manera explícita, y ella equipara su uso al de una herramienta más. Repito, una columna. De opinión. Cedida, con toda conciencia, a una IA que carece tanto de moral como de criterio propio.
El caso es que desconozco el porcentaje de IA que un detector común deduciría de mis columnas: alto, en torno a un 60 o 70%, como pude comprobar cuando filtré el inicio de mi novela Melocotones helados, escrita en 1999 y por ello poco sospechosa de una gestación no humana, pero no tanto como arrojan los textos de Borges o de Jane Austen. La razón es que mis obras en español, en inglés, y muy probablemente en otros idiomas a los que han sido traducidas, se han empleado, sin mi permiso y para mi horror, en el mal llamado entrenamiento de varias IA y se encuentran trituradas, condensadas y absorbidas para cualquier fin que decidan asignarles.
Varias entidades de protección de derechos de autor nos han pedido a los escritores que decidamos qué hacer ante esa circunstancia, si los cedemos o nos reservamos la respuesta para una demanda o un juicio que, si llega, será lento, insuficiente y tardío.
Mientras tanto, la obra que comencé a escribir a mis 16 años y que publico desde los 23 no solose encuentra pirateada, descargada de manera ilegal y en ocasiones reportajeada para otros fines, sino que ahora forma parte de un sistema circulatorio que alimenta una bestia imparable y en continuo crecimiento.
Mi reputación, mi estilo, mi voz y mi mirada, lo único que un escritor posee frente al mundo se han desleído en una sangre invisible que le da vida. Es más, ella ya soy yo en un 60 o un 70%, según los casos. Me ha devorado, y no cesará hasta acabar con todo, con todos.
20MINUTOS.ES – Cultura
