Hay días en los que tengo la sensación de que vivimos atrapados en un bucle de quejas. Da igual el tema, el contexto o la época: pedimos una cosa, nos la dan y protestamos porque no es exactamente lo que queríamos. Hablemos del Benidorm Fest. Después de años reclamando que se separara de Eurovisión para que tuviese su propia identidad y dejase de ser solo una preselección, RTVE tira la casa por la ventana, se vuelca en el festival y este año, que no vamos a Europa, leo que «es flojo», «pierde sentido<» y «decepciona». Curioso, porque artísticamente parece más sólido que nunca. Querían independencia, pero no tanta.
Pasa también con los regresos: Amaia, La Oreja de Van Gogh, Selena sin Sonia, Andy sin Lucas. Cuando aparecen los nuevos proyectos, automáticamente salta el comentario de «esto ya lo vivimos». Claro. Como casi todo en el pop. Nostalgia sí, pero solo la que yo quiero. Porque cuando nadie vuelve, nos quejamos de que no hay segundas oportunidades.
En las redes sociales ocurre algo parecido. Años denunciando el odio y la impunidad del anonimato y ahora que se plantea que los menores de 16 años se queden fuera surgen alarmas de control por todos los lados. Queremos protección, pero sin incomodidades. ¿Y cuando te piden el DNI en un hotel? Y qué decir de las últimas imágenes de las Spice Girls: todas juntas menos Mel B y, automáticamente, drama. Queremos el reencuentro, pero sin ausencias, sin conflictos y congelado en el tiempo.
Quizá no es que nada funcione. A lo mejor es que nos hemos convertido en el vecino pesado del edificio: protestamos si hay fiesta y si no, ruido; si uno tiende la ropa o pone una maceta. Queremos evolución sin cambio, nostalgia sin pasado y novedades sin riesgo. Pero cuando nos asomamos al balcón y vemos que todo sigue igual, nos sorprende mojarnos. Llevamos años quejándonos bajo la misma lluvia.
Queremos evolución sin cambio, nostalgia sin pasado y novedades sin riesgo.
Hay días en los que tengo la sensación de que vivimos atrapados en un bucle de quejas. Da igual el tema, el contexto o la época: pedimos una cosa, nos la dan y protestamos porque no es exactamente lo que queríamos. Hablemos del Benidorm Fest. Después de años reclamando que se separara de Eurovisión para que tuviese su propia identidad y dejase de ser solo una preselección, RTVE tira la casa por la ventana, se vuelca en el festival y este año, que no vamos a Europa, leo que «es flojo», «pierde sentido» y «decepciona». Curioso, porque artísticamente parece más sólido que nunca. Querían independencia, pero no tanta.
Pasa también con los regresos: Amaia, La Oreja de Van Gogh, Selena sin Sonia, Andy sin Lucas. Cuando aparecen los nuevos proyectos, automáticamente salta el comentario de «esto ya lo vivimos». Claro. Como casi todo en el pop. Nostalgia sí, pero solo la que yo quiero. Porque cuando nadie vuelve, nos quejamos de que no hay segundas oportunidades.
En las redes sociales ocurre algo parecido. Años denunciando el odio y la impunidad del anonimato y ahora que se plantea que los menores de 16 años se queden fuera surgen alarmas de control por todos los lados. Queremos protección, pero sin incomodidades. ¿Y cuando te piden el DNI en un hotel? Y qué decir de las últimas imágenes de las Spice Girls: todas juntas menos Mel B y, automáticamente, drama. Queremos el reencuentro, pero sin ausencias, sin conflictos y congelado en el tiempo.
Quizá no es que nada funcione. A lo mejor es que nos hemos convertido en el vecino pesado del edificio: protestamos si hay fiesta y si no, ruido; si uno tiende la ropa o pone una maceta. Queremos evolución sin cambio, nostalgia sin pasado y novedades sin riesgo. Pero cuando nos asomamos al balcón y vemos que todo sigue igual, nos sorprende mojarnos. Llevamos años quejándonos bajo la misma lluvia.
20MINUTOS.ES – Cultura
