La historia detrás del guitarrista español que enseñó sus primeros acordes a Leonard Cohen en una Montreal alejada en tiempo y espacio. El guitarrista de Montreal de Miguel Barrero editado por Galaxia Gutenberg nos muestra una historia de urbanismo, mitología, belleza e historia. Más allá del mito del poeta, también es un libro sobre occidente, Federico García Lorca, la metamorfosis social del confinamiento y los recuerdos compartidos. Un fantasma persiguiendo a otro fantasma. ¿Qué hace? España, la parte de Montreal encendida de Francia. Francia está en Canadá, como está la reina madre. Ojo, volveré a la novela inédita en la que se escribió aquí en Motel Margot. Camino que devora al autor. ¿Qué Leonard Cohen quieres, dime?, el Cohen poliédrico, autor y compositor, vividor: Leonard Cohen, Príncipe de Asturias y también la afinidad por Federico García Lorca.
Callejero de Montreal, antes del final de la humanidad, de occidente. Las raíces de Leonard Cohen, las semillas, las buenas semillas antes de Nueva York folk, de la poesía canadiense, de la Europa mediterránea, de Israel durante el Yom Kippur… antes de Los Ángeles de 1992, de Mount Baldy, del coñac y el fuego de los disturbios. Y acabar aquí, empezar aquí, entre las calles. Hay un edificio de apartamentos al que han llamado Le Châteu cuya planta coincide (constituye) una imitación algo torpe y simplificada del Dakota neoyorquino. La muerte de Lennon y la semilla del diablo. Todo junto. Rezo: San Andrés y San Pablo. Un poeta uruguayo, Quintín Cabrera, escribió una canción en la que aseguraba que hay calles que se encuentran en las ciudades equivocadas. Masones y sinagogas, el camino: «Is this the house where Leonard Cohen grew up?» La mitomanía compartida. Buscar el lamento desgarbado de la guitarra primeriza. Sí, unos pocos acordes, nada más.
21 de septiembre de 1934. El nacimiento. La celebración del nacimiento del mesías. Un niño mesías que no quería serlo, que solo quería mujeres. Mujeres y poesía, pero antes las mujeres. El origen de la familia Cohen. La normativa, la biografía antes del pop y las cajas de ritmos: el niño Cohen, desde Lazarus Cohen, sin más. 1883 en Montreal, el hijo Lyon Cohen. Negocios y clase media. La religión, la guerra mundial, recordar el sonido de las balas, Cohen tenía poco más de diez años cuando la segunda guerra mundial ennegrecía almas y cuerpos por todo el planeta. Y luego, Corea y Vietnam, mirando al abismo, desde Canadá, y las guerras de Israel, hasta el Yom Kippur. 1927, se casa con Masha Klitiniksy, huir de Polonia antes de 1939, hermana Esther, el niño Leonard D. Norman, la muerte temprana del padre nos lleva a la canción Lover, lover, lover. Y las fotos afónicas de los campos de concentración, de 1945. Once años. La distancia no impide que el joven Leonard note cómo las almas sobrevuelan como ángeles desde el centro de Europa, con el aroma pútrido del cianuro de hidrógeno, ácido cianhídrico, recuerda, almendras amargas.
La única protección es la poesía. El lugar donde la paz llega, donde la belleza se funde con la vida: poetas británicos, demasiado fríos para el bullicioso corazón de Cohen, que ya tiene el prurito mediterráneo, busca entre los libros de viejo o entre las librerías de Montreal algo que sirva para aderezar toda esa pasión. Repasar y revisar los estantes, una y otra vez, libros que se manosean como las pocas monedas que tiene para pagarlos. Así que llegamos a los poemas selectos, o, más bien, seleccionados: Selected poems. Muslos, demonio, carne y fuego. Los músculos. La reflexión carnal y nocturna de los poemas de García Lorca. Se escucha el quejido de la mina, del cante… primera vez.
Qué vida tiene que existir, qué vida tienes que buscar en la librería de Montreal. Diván del Tamarit. La belleza, la gacela del mezclado matutino vs. la gacela de la muerte oscura. La traducción. La publicación. El autor realiza una labor bellísima para encontrar una línea temporal en la que la vida se vuelca para provocar casualidades editoriales, de traducción y de publicación. ¿Cómo llega unas décadas después del asesinato de Lorca hasta una estantería de Montreal? Traducción, ¿en Nueva York o un lugar así? De 1949 a 1950. Hasta el confín más oriental, Montreal, la Canadá, Norteamérica de verdad. Las poesías asiáticas, el mundo árabe, todo lo que define al ser humano, más allá de occidente. Poemas arabigoandaluces. La pasión universitaria, Lorca.
Lorca y el franquismo. El franquismo prohíbe a Lorca, pero no su obra. Eso siempre ha sido una espina rara, un lugar común. La vida y la muerte. No decir que Lorca murió, Lorca fue asesinado. Pero está claro que se publicaba y se conocía la obra de Lorca en la España de Franco. Volver a Lorca. A su obra, errática e inacabada. La belleza de Poeta en Nueva York. Una obra tan moderna que sigue permitiendo profundizar en ella, vivir en sus versos durante toda una existencia, dos, mil. Lorca dejando un manuscrito, una nota: «Creo que volveré mañana». Nueva York de cocodrilos, tinta y sangre, de gente lanzándose por las ventanas tras el crack del 29.
Lorca y Morente. Cuando lleguen los años, 1996, la salida de Omega. Porque no es el tiempo, pero es la realidad, Enrique Morente y Lagartija Nick, más las guitarras clásicas haciendo La aurora, Balad, balad caretas, Omega, la niña en el pozo. El estudio sigue: Diván del Tamarit, 1940 publicado a la vez en Buenos Aires por la mítica Losada y en Nueva York por la Revista Hispánica Moderna. ¿Qué hay? Un mercado matutino, una muerte oscura. Y el poema, La casada infiel que aparece en el texto es de El Romancero Gitano. Así que se trata de poemas Selected Poems, de 1947. ¿Y cómo es posible, cómo? ¿Quién coloca el libro allí? Maravilloso.
Busco un libro de Leonard Cohen, «La energía de los esclavos«, encuentro el poemario. Y cómo ese libro me ha acompañado desde Zaragoza, claro, hasta Lisboa, hasta Buenos Aires, los conciertos de Pirineos Sur (donde vi a Morente), el amor en Granada y, claro, Ateca, donde leo y escribo sobre este libro. Libros de Lorca, la biografía de Leonard Cohen... tantos datos inútiles (o útiles para mí, por supuesto). Bajo a mi local y encuentro esos libros. Poemarios, biografías, recopilaciones de merchandising. Más los cedés, los casetes y los vinilos. Leonard Cohen, aquel programa de radio en el que me puse a buscar datos y anécdotas sobre las visitas de Cohen a Aragón: el Rincón de Goya, Binéfar y el Pabellón Príncipe Felipe. En el Rincón de Goya, con Alberto Manzano, venía a presentar Various Positions.
El disco que tenía mi tío Octavio, que no pude heredar, pero compré años después. El disco que tenía Aleluya, un millón de veces escrita y reescrita. El billete de diez dólares, la carta a los críticos, a CBS, al mundo. Y pensar en cómo acabaría Aleluya. Poco después, la aparición/propuesta, del homenaje a Lorca en forma de disco, con la grabación de Pequeño Vals Vienés. Estamos hablando de la unión definitiva entre Lorca y Cohen, que será, de nuevo, la base fundamental de Morente y Omega. Y que luego será cantado por Silvia Pérez Cruz en una versión que estremece. Justo antes de lanzarse a las cajas de ritmo. Luego hablaremos del hombre, de los plátanos y de Miami Vice.
El autor sigue buscando el lugar donde vivía Suzanne, la mujer loca, ya sabes. Marianne estaba en el Mediterráneo. ¿Hay una serie de estos años? No, todavía no. So long Marianne es solo pop, es antes de los hermosos vencidos y la santa india llevada al río para morir. ¿Qué ficción se convierte en mito? ¿Qué necesidad pide la realidad? Una guitarra barata, de segunda mano. Piensa que todavía no había llegado Elvis o estaba un poco lejos, que Cohen acabaría enamorado del blues y country, más allá del folk y la chanson francesa. Armónicas, guitarras, drobo y mandolina. Unos pocos acordes, una guitarra con cuerdas flojas.
Hace unas líneas hablamos de las cajas de ritmo y los teclados de juguete, antes, mucho antes, del pequeño mac y el ratón con las bases sencillas con las que compuso Ten new songs y muchos de los discos siguientes. Aquí solo están los acordes de la guitarra: «Emanaciones con las que el río San Lorenzo impregna la ciudad«. Sexo, calor, tez morena, algunas perlas de sudor. El frío de Canadá contra el vello incipiente, exótico, del guitarrista gitano en el final del mundo. Toca lo sepas le dijo el maestro, se lo dijo en francés, que era un idioma de españoles y de canadienses, al menos la intersección. Los dedos. Los simples dedos. Armonías, acordes, rasgueos, arpegios. Una llamada, un silencio. Un abandono, un padre: «La fatalidad acostumbrada a presentarse en los momentos más inesperados».
Madrid y el coronavirus. Saltar de Montreal a la capital. Antonio Machado y el confinamiento. Circo Price, la biblioteca, las exposiciones, se acaba, se cierra. Sentados, esperamos, aplaudimos. Resistiré. Los que escribieron mil libros, compusieron canciones en estudios caseros, hicieron mil versiones cada día, sesiones de pinchadiscos, recetas para todos. Se volvieron a juntar los grupos, descubrimos el uso de las llamadas onlines, dimos clases a los chavales, esperamos que cada día se colgaran nuevos vídeos donde se recuperaran partidos y etapas históricas. Es volver a los ochenta y noventa, historias que solo parecían recuerdos, que eran simples resúmenes. ¿Seguro? Y el disco doble de Joaquín Sabina y Viceversa. La versión de Javier Gurruchaga, grande, y aquello de «Pongamos que hablo de Joaquín» de Aute. Y el silencio socialista de «Cuervo ingenuo» con Javier Krahe. La sincronizada. Pancho Varona se marcha con Sabina, deja de ser Viceversa y se pone al lado de Sabina, para ayudarle con los acordes, los arreglos, un poco de color a la guitarra de palo de Sabina.
Decía Andrés Calamaro que lo que provocó el retraso del rock adulto en España, al contrario que en Argentina, fue que Serrat nunca se puso la guitarra eléctrica. Cierto. Aute, Sabina y Serrat (no hablamos de Víctor Manuel porque a él le costaba tocar sus propios temas). Una canción sorpresa, un instante curioso: el final de Esta boca es mía, 1994. La canción da título y acaba el LP, la música de Varona. La voz de Olga Román. Una canción de esas íntimas, bellas, que se esconden entre las pachangas, las facilonas de Sabina... recuerdo mi primer concierto de Sabina, en la plaza de toros de Zaragoza, Sabina presentaba ese disco. No, presentaba el siguiente, el Yo, mi me conmigo. Y recuerdo que luego vendría el disco con Fito Páez. Te estás yendo, Octavio: vuelvo a Cohen.
There is a war, la versión extraña que grabó Sabina. «Pie de guerra«, en 2005, la vieja/nueva ceremonia para la vieja/nueva piel. Otra versión que recordaremos. Como Aleluya de Surfin Bichos, en el EP perdido, que tocó Abraham Boba en la Lata de Bombillas, solo a piano. El verano pasado Boba hizo otro tema de Cohen en el Monasterio de Veruela: Memories, del único disco que no tengo en vinilo, ni en cd, no sé muy bien el porqué. ¿Me lo regalas, Phil? Sí que te estás yendo. Un poco como el mismo autor, ¿Qué sabes tú de versiones de Cohen, Octavio? Bueno, organicé, tosté y publiqué una mixtape/tributo de 55 copias de Disparen a Cohen. Buscad por internet.
Sí, sí que tengo el disco del empalme, el del yodo, ese, ese…
Salamanca, estudio, Las cuatro y diez de Aute, el flamenco, cantaor Requena, jaleo, amigos y pasión, cuándo murió Luis Eduardo Aute, de Cuba a España. El futuro, esa la cantaba Aute e, incluso, hizo un millón de Aleluyas. Aleluya, ya lo he dicho, de Fernando Alfaro y versión de Boba, más John Cale, Jeff Buckley y Rufus Wainwright. También la grabó Cristina Rosenvinge (con el impermeable azul) en aquel recopilatorio donde revisó sus temas de Alex y Christina en rollo Morphine. Sí, Aleluya... vuelvo… vuelvo a los meses antes de la grabación de I´m your man. A grabar Pequeño vals vienés. A usar las cajas de ritmo, teclado casiotone de juguete, con un dedo. El plátano. Hacerse famoso en los ochenta, viejos y feos como Franco Battiato. Y actuar, con ese pedazo de pelo, engominado, como invitado en Miami Vice. Haciendo de mafioso marsellés. Hablando en francés. Usando el francés de Montreal (de Quebec).
El próximo sábado seguimos (acabamos, más bien)
Una historia sobre El guitarrista de Montreal, el primer maestro de Leonard Cohen
La historia detrás del guitarrista español que enseñó sus primeros acordes a Leonard Cohen en una Montreal alejada en tiempo y espacio. El guitarrista de Montreal de Miguel Barrero editado por Galaxia Gutenberg nos muestra una historia de urbanismo, mitología, belleza e historia. Más allá del mito del poeta, también es un libro sobre occidente, Federico García Lorca, la metamorfosis social del confinamiento y los recuerdos compartidos. Un fantasma persiguiendo a otro fantasma. ¿Qué hace? España, la parte de Montreal encendida de Francia. Francia está en Canadá, como está la reina madre. Ojo, volveré a la novela inédita en la que se escribió aquí en Motel Margot. Camino que devora al autor. ¿Qué Leonard Cohen quieres, dime?, el Cohen poliédrico, autor y compositor, vividor: Leonard Cohen, Príncipe de Asturias y también la afinidad por Federico García Lorca.

Callejero de Montreal, antes del final de la humanidad, de occidente. Las raíces de Leonard Cohen, las semillas, las buenas semillas antes de Nueva York folk, de la poesía canadiense, de la Europa mediterránea, de Israel durante el Yom Kippur… antes de Los Ángeles de 1992, de Mount Baldy, del coñac y el fuego de los disturbios. Y acabar aquí, empezar aquí, entre las calles. Hay un edificio de apartamentos al que han llamado Le Châteu cuya planta coincide (constituye) una imitación algo torpe y simplificada del Dakota neoyorquino. La muerte de Lennon y la semilla del diablo. Todo junto. Rezo: San Andrés y San Pablo. Un poeta uruguayo, Quintín Cabrera, escribió una canción en la que aseguraba que hay calles que se encuentran en las ciudades equivocadas. Masones y sinagogas, el camino: «Is this the house where Leonard Cohen grew up?» La mitomanía compartida. Buscar el lamento desgarbado de la guitarra primeriza. Sí, unos pocos acordes, nada más.

21 de septiembre de 1934. El nacimiento. La celebración del nacimiento del mesías. Un niño mesías que no quería serlo, que solo quería mujeres. Mujeres y poesía, pero antes las mujeres. El origen de la familia Cohen. La normativa, la biografía antes del pop y las cajas de ritmos: el niño Cohen, desde Lazarus Cohen, sin más. 1883 en Montreal, el hijo Lyon Cohen. Negocios y clase media. La religión, la guerra mundial, recordar el sonido de las balas, Cohen tenía poco más de diez años cuando la segunda guerra mundial ennegrecía almas y cuerpos por todo el planeta. Y luego, Corea y Vietnam, mirando al abismo, desde Canadá, y las guerras de Israel, hasta el Yom Kippur. 1927, se casa con Masha Klitiniksy, huir de Polonia antes de 1939, hermana Esther, el niño Leonard D. Norman, la muerte temprana del padre nos lleva a la canción Lover, lover, lover. Y las fotos afónicas de los campos de concentración, de 1945. Once años. La distancia no impide que el joven Leonard note cómo las almas sobrevuelan como ángeles desde el centro de Europa, con el aroma pútrido del cianuro de hidrógeno, ácido cianhídrico, recuerda, almendras amargas.

La única protección es la poesía. El lugar donde la paz llega, donde la belleza se funde con la vida: poetas británicos, demasiado fríos para el bullicioso corazón de Cohen, que ya tiene el prurito mediterráneo, busca entre los libros de viejo o entre las librerías de Montreal algo que sirva para aderezar toda esa pasión. Repasar y revisar los estantes, una y otra vez, libros que se manosean como las pocas monedas que tiene para pagarlos. Así que llegamos a los poemas selectos, o, más bien, seleccionados: Selected poems. Muslos, demonio, carne y fuego. Los músculos. La reflexión carnal y nocturna de los poemas de García Lorca. Se escucha el quejido de la mina, del cante… primera vez.

Qué vida tiene que existir, qué vida tienes que buscar en la librería de Montreal. Diván del Tamarit. La belleza, la gacela del mezclado matutino vs. la gacela de la muerte oscura. La traducción. La publicación. El autor realiza una labor bellísima para encontrar una línea temporal en la que la vida se vuelca para provocar casualidades editoriales, de traducción y de publicación. ¿Cómo llega unas décadas después del asesinato de Lorca hasta una estantería de Montreal? Traducción, ¿en Nueva York o un lugar así? De 1949 a 1950. Hasta el confín más oriental, Montreal, la Canadá, Norteamérica de verdad. Las poesías asiáticas, el mundo árabe, todo lo que define al ser humano, más allá de occidente. Poemas arabigoandaluces. La pasión universitaria, Lorca.

Lorca y el franquismo. El franquismo prohíbe a Lorca, pero no su obra. Eso siempre ha sido una espina rara, un lugar común. La vida y la muerte. No decir que Lorca murió, Lorca fue asesinado. Pero está claro que se publicaba y se conocía la obra de Lorca en la España de Franco. Volver a Lorca. A su obra, errática e inacabada. La belleza de Poeta en Nueva York. Una obra tan moderna que sigue permitiendo profundizar en ella, vivir en sus versos durante toda una existencia, dos, mil. Lorca dejando un manuscrito, una nota: «Creo que volveré mañana». Nueva York de cocodrilos, tinta y sangre, de gente lanzándose por las ventanas tras el crack del 29.

Lorca y Morente. Cuando lleguen los años, 1996, la salida de Omega. Porque no es el tiempo, pero es la realidad, Enrique Morente y Lagartija Nick, más las guitarras clásicas haciendo La aurora, Balad, balad caretas, Omega, la niña en el pozo. El estudio sigue: Diván del Tamarit, 1940 publicado a la vez en Buenos Aires por la mítica Losada y en Nueva York por la Revista Hispánica Moderna. ¿Qué hay? Un mercado matutino, una muerte oscura. Y el poema, La casada infiel que aparece en el texto es de El Romancero Gitano. Así que se trata de poemas Selected Poems, de 1947. ¿Y cómo es posible, cómo? ¿Quién coloca el libro allí? Maravilloso.

Busco un libro de Leonard Cohen, «La energía de los esclavos«, encuentro el poemario. Y cómo ese libro me ha acompañado desde Zaragoza, claro, hasta Lisboa, hasta Buenos Aires, los conciertos de Pirineos Sur (donde vi a Morente), el amor en Granada y, claro, Ateca, donde leo y escribo sobre este libro. Libros de Lorca, la biografía de Leonard Cohen... tantos datos inútiles (o útiles para mí, por supuesto). Bajo a mi local y encuentro esos libros. Poemarios, biografías, recopilaciones de merchandising. Más los cedés, los casetes y los vinilos. Leonard Cohen, aquel programa de radio en el que me puse a buscar datos y anécdotas sobre las visitas de Cohen a Aragón: el Rincón de Goya, Binéfar y el Pabellón Príncipe Felipe. En el Rincón de Goya, con Alberto Manzano, venía a presentar Various Positions.

El disco que tenía mi tío Octavio, que no pude heredar, pero compré años después. El disco que tenía Aleluya, un millón de veces escrita y reescrita. El billete de diez dólares, la carta a los críticos, a CBS, al mundo. Y pensar en cómo acabaría Aleluya. Poco después, la aparición/propuesta, del homenaje a Lorca en forma de disco, con la grabación de Pequeño Vals Vienés. Estamos hablando de la unión definitiva entre Lorca y Cohen, que será, de nuevo, la base fundamental de Morente y Omega. Y que luego será cantado por Silvia Pérez Cruz en una versión que estremece. Justo antes de lanzarse a las cajas de ritmo. Luego hablaremos del hombre, de los plátanos y de Miami Vice.

El autor sigue buscando el lugar donde vivía Suzanne, la mujer loca, ya sabes. Marianne estaba en el Mediterráneo. ¿Hay una serie de estos años? No, todavía no. So long Marianne es solo pop, es antes de los hermosos vencidos y la santa india llevada al río para morir. ¿Qué ficción se convierte en mito? ¿Qué necesidad pide la realidad? Una guitarra barata, de segunda mano. Piensa que todavía no había llegado Elvis o estaba un poco lejos, que Cohen acabaría enamorado del blues y country, más allá del folk y la chanson francesa. Armónicas, guitarras, drobo y mandolina. Unos pocos acordes, una guitarra con cuerdas flojas.

Hace unas líneas hablamos de las cajas de ritmo y los teclados de juguete, antes, mucho antes, del pequeño mac y el ratón con las bases sencillas con las que compuso Ten new songs y muchos de los discos siguientes. Aquí solo están los acordes de la guitarra: «Emanaciones con las que el río San Lorenzo impregna la ciudad«. Sexo, calor, tez morena, algunas perlas de sudor. El frío de Canadá contra el vello incipiente, exótico, del guitarrista gitano en el final del mundo. Toca lo sepas le dijo el maestro, se lo dijo en francés, que era un idioma de españoles y de canadienses, al menos la intersección. Los dedos. Los simples dedos. Armonías, acordes, rasgueos, arpegios. Una llamada, un silencio. Un abandono, un padre: «La fatalidad acostumbrada a presentarse en los momentos más inesperados».

Madrid y el coronavirus. Saltar de Montreal a la capital. Antonio Machado y el confinamiento. Circo Price, la biblioteca, las exposiciones, se acaba, se cierra. Sentados, esperamos, aplaudimos. Resistiré. Los que escribieron mil libros, compusieron canciones en estudios caseros, hicieron mil versiones cada día, sesiones de pinchadiscos, recetas para todos. Se volvieron a juntar los grupos, descubrimos el uso de las llamadas onlines, dimos clases a los chavales, esperamos que cada día se colgaran nuevos vídeos donde se recuperaran partidos y etapas históricas. Es volver a los ochenta y noventa, historias que solo parecían recuerdos, que eran simples resúmenes. ¿Seguro? Y el disco doble de Joaquín Sabina y Viceversa. La versión de Javier Gurruchaga, grande, y aquello de «Pongamos que hablo de Joaquín» de Aute. Y el silencio socialista de «Cuervo ingenuo» con Javier Krahe. La sincronizada. Pancho Varona se marcha con Sabina, deja de ser Viceversa y se pone al lado de Sabina, para ayudarle con los acordes, los arreglos, un poco de color a la guitarra de palo de Sabina.

Decía Andrés Calamaro que lo que provocó el retraso del rock adulto en España, al contrario que en Argentina, fue que Serrat nunca se puso la guitarra eléctrica. Cierto. Aute, Sabina y Serrat (no hablamos de Víctor Manuel porque a él le costaba tocar sus propios temas). Una canción sorpresa, un instante curioso: el final de Esta boca es mía, 1994. La canción da título y acaba el LP, la música de Varona. La voz de Olga Román. Una canción de esas íntimas, bellas, que se esconden entre las pachangas, las facilonas de Sabina... recuerdo mi primer concierto de Sabina, en la plaza de toros de Zaragoza, Sabina presentaba ese disco. No, presentaba el siguiente, el Yo, mi me conmigo. Y recuerdo que luego vendría el disco con Fito Páez. Te estás yendo, Octavio: vuelvo a Cohen.

There is a war, la versión extraña que grabó Sabina. «Pie de guerra«, en 2005, la vieja/nueva ceremonia para la vieja/nueva piel. Otra versión que recordaremos. Como Aleluya de Surfin Bichos, en el EP perdido, que tocó Abraham Boba en la Lata de Bombillas, solo a piano. El verano pasado Boba hizo otro tema de Cohen en el Monasterio de Veruela: Memories, del único disco que no tengo en vinilo, ni en cd, no sé muy bien el porqué. ¿Me lo regalas, Phil? Sí que te estás yendo. Un poco como el mismo autor, ¿Qué sabes tú de versiones de Cohen, Octavio? Bueno, organicé, tosté y publiqué una mixtape/tributo de 55 copias de Disparen a Cohen. Buscad por internet.
Sí, sí que tengo el disco del empalme, el del yodo, ese, ese…

Salamanca, estudio, Las cuatro y diez de Aute, el flamenco, cantaor Requena, jaleo, amigos y pasión, cuándo murió Luis Eduardo Aute, de Cuba a España. El futuro, esa la cantaba Aute e, incluso, hizo un millón de Aleluyas. Aleluya, ya lo he dicho, de Fernando Alfaro y versión de Boba, más John Cale, Jeff Buckley y Rufus Wainwright. También la grabó Cristina Rosenvinge (con el impermeable azul) en aquel recopilatorio donde revisó sus temas de Alex y Christina en rollo Morphine. Sí, Aleluya... vuelvo… vuelvo a los meses antes de la grabación de I´m your man. A grabar Pequeño vals vienés. A usar las cajas de ritmo, teclado casiotone de juguete, con un dedo. El plátano. Hacerse famoso en los ochenta, viejos y feos como Franco Battiato. Y actuar, con ese pedazo de pelo, engominado, como invitado en Miami Vice. Haciendo de mafioso marsellés. Hablando en francés. Usando el francés de Montreal (de Quebec).
El próximo sábado seguimos (acabamos, más bien)
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