<p>Pensemos por un momento que el cerebro es una orquesta filarmónica con todas sus funciones jerarquizadas: las cuerdas llevan la melodía, los instrumentos de vientos acompañan, el director dirige… Esa jerarquía es vital en el cerebro ya que permite, entre otras cosas, que nuestros pensamientos no se vean interrumpidos por el ruido constante de lo que vemos y tocamos (por ejemplo, que podamos seguir leyendo y entendiendo un libro en un vagón de tren lleno de gente, a pesar del traqueteo del vagón, o en el salón de nuestra casa con el zumbido de un electrodoméstico). Pero <strong>cuando una sustancia psicodélica entra en nuestro cuerpo, el director de orquesta se toma un descanso</strong> y los músicos empiezan a improvisar. El resultado, sin embargo, no es un sonido sin sentido, sino una nueva sinfonía.</p>
El estudio más ambicioso hasta la fecha sobre estas sustancias indica que transforman la organización cerebral. Liderado por la Universidad de California, San Francisco (UCSF), la Universidad de Cambridge y el Instituto de IA Mila de Quebec, se ha publicado en ‘Nature Medicine’
Pensemos por un momento que el cerebro es una orquesta filarmónica con todas sus funciones jerarquizadas: las cuerdas llevan la melodía, los instrumentos de vientos acompañan, el director dirige… Esa jerarquía es vital en el cerebro ya que permite, entre otras cosas, que nuestros pensamientos no se vean interrumpidos por el ruido constante de lo que vemos y tocamos (por ejemplo, que podamos seguir leyendo y entendiendo un libro en un vagón de tren lleno de gente, a pesar del traqueteo del vagón, o en el salón de nuestra casa con el zumbido de un electrodoméstico). Pero cuando una sustancia psicodélica entra en nuestro cuerpo, el director de orquesta se toma un descanso y los músicos empiezan a improvisar. El resultado, sin embargo, no es un sonido sin sentido, sino una nueva sinfonía.
Este fenómeno, que durante décadas ha sido terreno de la contracultura y el misticismo, acaba de ser explicado por la ciencia. Un consorcio internacional de neurocientíficos, liderado por la Universidad de California, San Francisco (UCSF), la Universidad de Cambridge y el Instituto de IA Mila de Quebec, ha publicado en la revista Nature Medicine el análisis más ambicioso hecho hasta la fecha sobre el cerebro humano bajo los efectos de los psicodélicos.
Hasta ahora, la ciencia de los psicodélicos ha ido avanzando a partir de pequeños estudios aislados, a menudo con solo unas decenas de voluntarios, lo que ha arrojado resultados contradictorios: unos investigadores decían que el cerebro se desconectaba y otros, que se hiperconectaba. Por ello, este trabajo lo primero que ha hecho es crear el Consorcio Psicodélico BOLD, que integra 11 bases de datos de cinco países y tres continentes. El resultado es un megaanálisis de más de 500 sesiones de escáner cerebral (resonancia magnética funcional en estado de reposo) de 267 participantes en las que consumieron LSD, psilocibina (el principio activo de las setas alucinógenas), mescalina, DMT o ayahuasca.
Los científicos identificaron lo que llaman una «firma común» compartida por todas estas sustancias, independientemente de su origen químico (si proviene de una seta, un cactus o una síntesis de laboratorio). Todas provocan un fenómeno idéntico: una comunicación masiva entre dos sistemas que suelen guardar las distancias. Concretamente, entre la corteza de asociación transmodal (encargada del pensamiento abstracto, la memoria y el sentido del yo, que nos sirve para reflexionar sobre nosotros mismos o planificar el futuro, por ejemplo) y la corteza sensorial (la que procesa la vista, el oído y el tacto, lo que vemos, oímos y tocamos).
«Es como si se redujera la separación entre cómo pensamos y cómo percibimos«, explica Manesh Girn, autor principal de la investigación en la Universidad de California, San Francisco. Esto explicaría fenómenos como la sinestesia (ver sonidos) o la profunda carga emocional que los pacientes atribuyen a sus visiones durante las terapias. «Bajo los efectos de estas drogas, el cerebro relaja su control habitual de arriba abajo», apunta Girn (el control top-down es un proceso que se basa en decisiones razonadas para gestionar emociones, atención y conducta, en contraposición al procesamiento automático o sensorial, bottom-up).
Dicho de otro modo, en el día a día nuestro cerebro filtra la realidad que nos llega: mientras estamos concentrados intentando descifrar el último correo enviado por nuestro jefe no advertimos el sonido del aire acondicionado. Pero bajo el efecto de las sustancias psicodélicas, ese filtro desaparece y las regiones del pensamiento abstracto empiezan a hablar directamente con las de la percepción.
Los científicos han usado modelos estadísticos avanzados de IA (modelo bayesiano) y han tirado por tierra un mito extendido en el estudio de los psicodélicos: que causan una «desintegración» total del cerebro o un estado de caos global. En realidad, este trabajo señala que el cerebro no se rompe, sino que se reorganiza siguiendo un patrón predecible y medible. Para ello, se enfoca en regiones cerebrales profundas, como el núcleo caudado y el putamen. Estas zonas coordinan la percepción y la acción, y en condiciones normales solo dejan pasar la información que consideran útil para nuestra supervivencia inmediata, pero bajo el efecto de los psicodélicos funcionan de otra forma y permiten que la información fluya por rutas que habitualmente están cerradas y que áreas que no entran nunca en contacto empiecen a colaborar.
«Este enfoque nos ayuda a evitar interpretaciones erróneas de hallazgos aislados que a veces eran puro ruido estadístico», señala Danilo Bzdok, responsable del marco analítico del estudio. Gracias al uso de inteligencia artificial y estadística avanzada, los científicos han podido distinguir qué efectos son reales y cuáles eran simples espejismos de estudios anteriores más pequeños.
¿Por qué es importante este trabajo? En pleno resurgir psicodélico en el que agencias como la FDA en EEUU o la EMA en Europa ya están evaluando la psilocibina para la depresión resistente (y la FDA el MDMA para el estrés postraumático), se necesita evidencia científica para que estas sustancias lleguen a la farmacia de forma responsable.
«Si la investigación psicodélica va a madurar, necesita evidencia a gran escala y coordinada», afirma Emmanuel Stamatakis, de la Universidad de Cambridge. Este estudio ofrece los puntos de referencia necesarios para que los médicos entiendan qué interruptores están tocando en el cerebro del paciente.
El trabajo deja claro que los cambios que provocan estas sustancias son temporales (mientras están en el sistema). Son una ventana de oportunidad para que el paciente, bajo supervisión clínica, pueda reordenar pensamientos y traumas que en un estado normal estarían bloqueados. Es un gran paso para pasar de la mística del viaje psicodélico a la medicina de precisión del siglo XXI.
Salud
