<p>El comandante<strong> Reid Wiseman</strong>, el jefe de la misión <a href=»https://www.elmundo.es/ciencia-y-salud/ciencia/2026/03/30/69ca838921efa09e4c8b4594.html»><strong>Artemisa 2</strong></a><strong>,</strong> pronunció ayer pocas palabras pero dijo mucho.</p>
Más allá de la competición entre países, una misión como ésta aúna lo mejor del ser humano:la racionalidad y la capacidad para construir tecnología que nos lleve donde no ha llegado nadie, y la de sentir emociones y empatía. En el espacio prima la excelencia, la voluntad de hacer las cosas bien
El comandante Reid Wiseman, el jefe de la misión Artemisa 2, pronunció ayer pocas palabras pero dijo mucho.
«Hoy es un gran día… Es hora de volar», señaló cauto antes de subirse a la nave Orión junto a sus tres compañeros de misión. Aún no era seguro que fueran a despegar, pues faltaban algunas horas para que se abriera la ventana de lanzamiento, y de hecho, poco después los técnicos de la NASA lograron resolver dos problemas técnicos que habrían comprometido la seguridad del vuelo.
Durante los últimos minutos de la cuenta atrás la única palabra que todo el mundo quería oír en el Centro Kennedy de la NASA era Go (adelante). Antes de tomar la crítica decisión de encender el cohete más potente del mundo, los millones de espectadores que se conectaron a la retransmisión de la NASA asistieron al tenso momento en el que se pasa revista al estado de los sistemas principales. Una fase que ocurre antes de cualquier lanzamiento. Uno a uno, cada responsable responde con voz lacónica un Go o No go. Ayer todos fueron Go, afortunadamente. Y a continuación, tuvo lugar el diálogo más esperado:
-Artemisa II, habla el director de lanzamiento: están autorizados para el despegue.
–Vamos en nombre de toda la humanidad, respondió el comandante Reid Wiseman al saber que tenía luz verde.
Es muy probable que Wiseman (cuyo apellido significa hombre sabio) tenga razón: Artemisa 2 puede hacer una gran contribución a toda la sociedad y beneficiarla, de maneras tangibles y abstractas. No sólo a EEUU, que obviamente, se anota un tanto frente a China en la carrera lunar del siglo XXI, en la que Rusia sigue presente, pero ahora, sobre todo, como socia del gigante asiático. La carrera espacial sigue implicando que uno llegue antes que otro, y la zona que más interesa es el polo sur de la Luna.
Tener una presencia continuada en nuestro satélite, como pretenden ambas potencias con sus proyectos para construir bases lunares, persigue un objetivo geopolítico y estratégico: además de la demostración de poderío tecnológico, la Luna sería una estación intermedia o un punto de partida para viajar a Marte, y quién sabe si algún día también para explotar los minerales y tierras raras que contienen los asteroides. Aunque parezca ciencia ficción, hay empresas trabajando en ello desde hace años. Otra cuestión es si, además de viable, llega a ser rentable.
El regreso a la Luna nos recuerda cosas importantes. Para empezar un programa espacial como Artemisa combina algo que no se ve con frecuencia, y que de una manera un poco cursi podríamos resumir diciendo que aúna lo mejor del ser humano. Por un lado, requiere de la racionalidad, el ingenio y la capacidad de invención necesaria para la ingeniería, para construir vehículos que lleguen donde nunca ha llegado nadie. Nada se deja al azar, los procedimientos son sagrados y se ejecutan de la manera prevista. Hay ingenieros que han pasado años desarrollando un determinado instrumento o componente de la nave. Todo se prueba en tierra tantas veces como sea posible para minimizar el riesgo de que algo falle en el espacio. Porque un fallo no sólo supone arruinar la misión, sino poner en peligro vidas humanas.
En una misión espacial prima la excelencia, la voluntad de hacer las cosas bien. De hacer cosas nuevas. Y para ello se invierte trabajo y esfuerzo. La improvisación se reserva a las crisis, como ocurrió durante la famosa misión Apolo 13: a contrarreloj se logró salvar la vida de los tres astronautas con una enorme dosis de ingenio y trabajo en equipo.
Y a la vez, una misión espacial como ésta despierta pasiones y nos emociona. Lo hemos visto en los dos últimos días con millones de personas pendientes de lo que ocurría en Cabo Cañaveral, impresionadas al oír y ver cómo el cohete SLS quedaba envuelto en fuego y polvo y se dirigía majestuoso al espacio con cuatro personas a bordo. Entre esos espectadores había muchos niños, que quieren saber más sobre estos cuatro astronautas, y van a aprender que trabajando duro, se puede llegar incluso a la Luna.
Wiseman y sus compañeros de tripulación –Christina Koch, Victor Glover y Jeremy Hansen– han puesto rostro a todos esos astronautas que pasan su vida entrenando y estudiando, deseosos de ir al espacio aunque eso suponga poner en riesgo sus vidas. Y esta misión es una de las más arriesgadas. Artemisa 2 es un vuelo de prueba en el que no sólo es probable que haya fallos técnicos, sino que se espera que los haya. Por ello resultó como mínimo precipitada la sentencia que Donald Trump hizo en su comentada publicación en la red X: «Estamos ganando en el espacio, en la Tierra y en todas partes», dijo horas antes de que tres de sus compatriotas y un vecino canadiense se subieran a una bomba para pasar 10 días en el espacio en una nave en la que ninguna persona había viajado todavía.
La NASA está a punto de decidir si envía a la Luna a sus astronautas, que han pasado el primer día de misión orbitando la Tierra y probando los sistemas de la nave. Una vez inicien la travesía hacia nuestro satélite no habrá marcha atrás. Medio mundo estará pendiente de lo que ocurra en esa pequeña nave espacial y de que regresen sanos y salvos. Para el director de la NASA, Jared Isaacman, ese será el verdadero éxito de la misión.
Artemisa 2 es la misión lunar más internacional que se ha lanzado, no sólo porque haya un tripulante canadiense. La Agencia Espacial Europea (ESA) ha construido la mitad de la nave Orión, y otros países como Japón forman parte del programa y colaborarán en la construcción de la base lunar anunciada hace unos días. Porque ningún país puede construir solo un asentamiento en la Luna. La casualidad ha hecho que el lanzamiento de la misión se lleve a cabo en plena guerra con Irán y con el escenario internacional más preocupante en décadas. Bienvenida sea esa cooperación internacional y la ilusión compartida por ver a cuatro humanos acércandose a la Luna.
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