El corcho se obtiene de la corteza del alcornoque (Quercus suber), un árbol típico de la cuenca mediterránea muy presente en la Península Ibérica, y tiene una ventaja clave, es un recurso natural y renovable, ya que solo se extrae la corteza y el árbol sigue vivo durante décadas.
Su estructura está formada por millones de pequeñas celdas llenas de aire, algo así como un pan de espuma vegetal, y gracias a ello deja pasar una cantidad mínima y constante de oxígeno; esta microoxigenación ayuda a que el vino madure en la botella, suaviza los taninos y permite que los aromas se integren y ganen complejidad sin que el vino se oxide en exceso.
Otra cualidad esencial es su elasticidad, debido a que el tapón puede comprimirse para entrar en el cuello de la botella y luego se expande ligeramente, creando un cierre eficaz que evita fugas y protege frente al aire. Si la botella se guarda en horizontal, el contacto con el vino mantiene el corcho húmedo y funcional durante años.
Durante siglos el vino se guardó en ánforas y odres, recurriendo a tapones de madera, trapos aceitados, ceras o resinas para cerrarlos. Se trataba de soluciones eficaces para el consumo cotidiano, pero poco fiables cuando se buscaba conservar y envejecer el caldo en buenas condiciones. era conocido desde la Antigüedad, su uso moderno como cierre se consolida a finales del siglo XVII, cuando las botellas de vidrio ganan protagonismo, gracias a su resistencia, y los viticultores franceses empiezan a preferirlo frente a los viejos tapones de madera y trapos aceitados.
El corcho no es completamente hermético y su estructura celular, compuesta por millones de celdas llenas de aire, permite una microoxigenación constante y extremadamente lenta.
El corcho se obtiene de la corteza del alcornoque (Quercus suber), un árbol típico de la cuenca mediterránea muy presente en la Península Ibérica, y tiene una ventaja clave, es un recurso natural y renovable, ya que solo se extrae la corteza y el árbol sigue vivo durante décadas.
Su estructura está formada por millones de pequeñas celdas llenas de aire, algo así como un pan de espuma vegetal, y gracias a ello deja pasar una cantidad mínima y constante de oxígeno; esta microoxigenación ayuda a que el vino madure en la botella, suaviza los taninos y permite que los aromas se integren y ganen complejidad sin que el vino se oxide en exceso.
Otra cualidad esencial es su elasticidad, debido a que el tapón puede comprimirse para entrar en el cuello de la botella y luego se expande ligeramente, creando un cierre eficaz que evita fugas y protege frente al aire. Si la botella se guarda en horizontal, el contacto con el vino mantiene el corcho húmedo y funcional durante años.
Durante siglos el vino se guardó en ánforas y odres, recurriendo a tapones de madera, trapos aceitados, ceras o resinas para cerrarlos. Se trataba de soluciones eficaces para el consumo cotidiano, pero poco fiables cuando se buscaba conservar y envejecer el caldo en buenas condiciones. era conocido desde la Antigüedad, su uso moderno como cierre se consolida a finales del siglo XVII, cuando las botellas de vidrio ganan protagonismo, gracias a su resistencia, y los viticultores franceses empiezan a preferirlo frente a los viejos tapones de madera y trapos aceitados.
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