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  Internacional  Putin, la guerra del frío y los dobles raseros
Internacional

Putin, la guerra del frío y los dobles raseros

enero 30, 2026
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Por mucho que a Putin pudiera atraerle la idea de ponerse una corona, quien reina hoy en Rusia es la mentira. Una mentira generalizada y oficial, sin concesión alguna a la lógica, sin arredrarse ante las frecuentes contradicciones del dictador. Una mentira, en fin, más descarada que las nos llegan de ninguna otra nación sobre la tierra, aunque el lector sabe que no faltan competidores en esa deshonrosa escala.

Es una pena que los defensores de Putin, que los hay en España, no lean la prensa doméstica rusa. Es probable que, si lo hicieran —Google la traduce automáticamente a un aceptable español— muchos de ellos se replantearían su postura. Si lo que el Kremlin publica en Occidente guarda las formas necesarias para tratar de hacer pasar por cierto lo que solo es desinformación, lo que se lee en Rusia, liberado de todo complejo, casi siempre consigue el efecto contrario.

Para que el lector pueda hacerse su propia idea de la situación, nada mejor que acercarle a algunas de las noticias que se publican en la prensa rusa sobre la campaña de bombardeos contra las instalaciones energéticas de las ciudades ucranianas. En primer lugar, el periódico Izvestia —la voz del régimen— elige estos titulares para encabezar su edición digital.

La infraestructura energética de las Fuerzas Armadas de Ucrania es un blanco legítimo en una guerra, incluso aunque la propia guerra no lo sea. Desde esa perspectiva —una peculiaridad del derecho internacional humanitario, que no tiene otro objeto que el de humanizar las contiendas, justas o no— poco hay que objetar. Sin embargo, otros periódicos de mayor tirada nos muestran el lado oscuro de la noticia, abriendo los ojos de los lectores a la realidad que está detrás de la mentira publicada por el Ministerio de Defensa.

Ninguno mejor que el popular Komsomólskaya Pravda, el diario más leído de Rusia, para resaltar el contraste. En un artículo publicado el mismo día que el anterior se defiende que los habitantes de Kiev —y no los soldados que la protegen que, como en todas partes, tienen sus propios generadores de uso militar— deberían abandonar una ciudad a la que la falta de energía ha convertido en inhabitable.

¿Las razones? Los cortes de la energía eléctrica y de la distribución de gas para la calefacción han provocado la congelación de las tuberías de agua y, por si eso fuera poco, también las del alcantarillado. Las consecuencias para los ciudadanos de la capital —que tampoco debemos creernos del todo porque este es el cuarto invierno en el que Putin trata de rendir Ucrania por el frío— son dantescas. Sin embargo, el autor del artículo las celebra con un entusiasmo que desmiente cualquier interpretación de lo que ocurre como los consabidos «daños colaterales».

«No estaría mal que aquellos que salían a la calle cuando el que sufría era el pueblo palestino lo hagan ahora para defender la vida, la libertad y la dignidad de los ucranianos»

Particular placer encuentra el redactor del folletín en los aspectos sanitarios de la cuestión. Se complace en contar que muchos ucranianos —civiles protegidos por el protocolo adicional a los convenios de Ginebra de 1977— se ven obligados a hacer sus necesidades en agujeros en el suelo. Cada uno recibe lo que se merece, asegura alborozado el periodista aunque, siguiendo las consignas del Kremlin, evita cualquier mención a los bombardeos rusos. Como si nadie —y mucho menos el Ejército de Putin, que solo ataca objetivos militares— tuviera la culpa de lo que ocurre.

Mientras el dictador niega toda responsabilidad, la captura de pantalla que acompaña estas líneas no puede ser más clara: «Procesos similares amenazan con desarrollarse en otras ciudades de Ucrania». Solo falta el sujeto —estos procesos nunca se desarrollan solos— para convertir el artículo en lo que de verdad es: una intimación al pueblo ucraniano para que ponga fin a sus padecimientos rindiéndose al Ejército del dictador. Tan criminal cuando era Netanyahu el que empleaba el hambre como arma de guerra en Gaza como cuando es Putin el que esgrime la espada del frío.

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El mal es el mal venga de dónde venga. Por eso, no estaría mal que aquellos que salían a la calle cuando el que sufría era el pueblo palestino lo hagan ahora para defender la vida, la libertad y la dignidad de los ucranianos. Pero mucho me temo que, por desgracia, eso no lo verán mis ojos. Están, seguramente, muy ocupados acusando a los demás de regirse por dobles raseros. Decididamente, el cetro global de la mentira puede que lo tenga el dictador del Kremlin, pero no por falta de competidores cualificados.

 «Es una pena que los defensores de Putin, que los hay en España, no lean la prensa doméstica rusa»  

Por mucho que a Putin pudiera atraerle la idea de ponerse una corona, quien reina hoy en Rusia es la mentira. Una mentira generalizada y oficial, sin concesión alguna a la lógica, sin arredrarse ante las frecuentes contradicciones del dictador. Una mentira, en fin, más descarada que las nos llegan de ninguna otra nación sobre la tierra, aunque el lector sabe que no faltan competidores en esa deshonrosa escala.

Es una pena que los defensores de Putin, que los hay en España, no lean la prensa doméstica rusa. Es probable que, si lo hicieran —Google la traduce automáticamente a un aceptable español— muchos de ellos se replantearían su postura. Si lo que el Kremlin publica en Occidente guarda las formas necesarias para tratar de hacer pasar por cierto lo que solo es desinformación, lo que se lee en Rusia, liberado de todo complejo, casi siempre consigue el efecto contrario.

Para que el lector pueda hacerse su propia idea de la situación, nada mejor que acercarle a algunas de las noticias que se publican en la prensa rusa sobre la campaña de bombardeos contra las instalaciones energéticas de las ciudades ucranianas. En primer lugar, el periódico Izvestia —la voz del régimen— elige estos titulares para encabezar su edición digital.

La infraestructura energética de las Fuerzas Armadas de Ucrania es un blanco legítimo en una guerra, incluso aunque la propia guerra no lo sea. Desde esa perspectiva —una peculiaridad del derecho internacional humanitario, que no tiene otro objeto que el de humanizar las contiendas, justas o no— poco hay que objetar. Sin embargo, otros periódicos de mayor tirada nos muestran el lado oscuro de la noticia, abriendo los ojos de los lectores a la realidad que está detrás de la mentira publicada por el Ministerio de Defensa.

Ninguno mejor que el popular Komsomólskaya Pravda, el diario más leído de Rusia, para resaltar el contraste. En un artículo publicado el mismo día que el anterior se defiende que los habitantes de Kiev —y no los soldados que la protegen que, como en todas partes, tienen sus propios generadores de uso militar— deberían abandonar una ciudad a la que la falta de energía ha convertido en inhabitable.

¿Las razones? Los cortes de la energía eléctrica y de la distribución de gas para la calefacción han provocado la congelación de las tuberías de agua y, por si eso fuera poco, también las del alcantarillado. Las consecuencias para los ciudadanos de la capital —que tampoco debemos creernos del todo porque este es el cuarto invierno en el que Putin trata de rendir Ucrania por el frío— son dantescas. Sin embargo, el autor del artículo las celebra con un entusiasmo que desmiente cualquier interpretación de lo que ocurre como los consabidos «daños colaterales».

«No estaría mal que aquellos que salían a la calle cuando el que sufría era el pueblo palestino lo hagan ahora para defender la vida, la libertad y la dignidad de los ucranianos»

Particular placer encuentra el redactor del folletín en los aspectos sanitarios de la cuestión. Se complace en contar que muchos ucranianos —civiles protegidos por el protocolo adicional a los convenios de Ginebra de 1977— se ven obligados a hacer sus necesidades en agujeros en el suelo. Cada uno recibe lo que se merece, asegura alborozado el periodista aunque, siguiendo las consignas del Kremlin, evita cualquier mención a los bombardeos rusos. Como si nadie —y mucho menos el Ejército de Putin, que solo ataca objetivos militares— tuviera la culpa de lo que ocurre.

Mientras el dictador niega toda responsabilidad, la captura de pantalla que acompaña estas líneas no puede ser más clara: «Procesos similares amenazan con desarrollarse en otras ciudades de Ucrania». Solo falta el sujeto —estos procesos nunca se desarrollan solos— para convertir el artículo en lo que de verdad es: una intimación al pueblo ucraniano para que ponga fin a sus padecimientos rindiéndose al Ejército del dictador. Tan criminal cuando era Netanyahu el que empleaba el hambre como arma de guerra en Gaza como cuando es Putin el que esgrime la espada del frío.

El mal es el mal venga de dónde venga. Por eso, no estaría mal que aquellos que salían a la calle cuando el que sufría era el pueblo palestino lo hagan ahora para defender la vida, la libertad y la dignidad de los ucranianos. Pero mucho me temo que, por desgracia, eso no lo verán mis ojos. Están, seguramente, muy ocupados acusando a los demás de regirse por dobles raseros. Decididamente, el cetro global de la mentira puede que lo tenga el dictador del Kremlin, pero no por falta de competidores cualificados.

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