Las calles de Irán arden. Desde hace semanas, Teherán se ha convertido en el epicentro de unas protestas detonadas por la grave crisis económica que asfixia al país. Muy pronto, las movilizaciones se extendieron a otras ciudades y dejaron de ser solo un grito contra la inflación y el desempleo para adquirir un tono abiertamente desafiante contra la República Islámica instaurada en 1979 y encabezada por el ayatolá Alí Jameneí, máxima autoridad política y religiosa del régimen.
Su cargo, el de líder supremo, es una figura creada tras la Revolución Islámica que concentra la máxima autoridad política, religiosa y militar del país. Por encima del presidente y del Parlamento, Jameneí tiene la última palabra sobre las Fuerzas Armadas, el Poder Judicial, los medios estatales y los principales órganos de control del sistema. Además, su poder no emana del voto popular, sino de una interpretación teocrática del islam chií que sitúa al clero como garante último del Estado.
Antes que él, ese puesto lo ocupó Ruhollah Jomeiní, el arquitecto de la revolución que derrocó al sha y transformó Irán en una república islámica. Jomeiní fue una figura carismática y fundacional, venerada por amplios sectores de la sociedad iraní. A su muerte, en 1989, Jameneí fue designado como su sucesor en una decisión que sorprendió a muchos: no era entonces un gran ayatolá ni un referente religioso indiscutido, pero su cercanía al núcleo duro del régimen y su lealtad ideológica pesaron más que su rango clerical.
Un líder supremo con un país en contra
La ideología de Jameneí se apoya en el principio del velayat-e faqih (la tutela del jurista islámico), que justifica la supremacía del líder religioso sobre cualquier institución civil. Defensor férreo del antioccidentalismo, ha construido su discurso sobre la resistencia frente a Estados Unidos e Israel, a los que presenta como enemigos existenciales de Irán.
Bajo su mandato, el régimen ha reforzado los mecanismos de control interno, ha reprimido duramente las protestas — solo en las actuales, se contabilizan 2.000 muertos y más de 10.000 detenciones, según ONG Human Rights Activist News Agency y más de 12.000 según la cadena Iran Internacional—y ha apostado por una política exterior basada en la influencia regional a través de aliados armados en Oriente Próximo.
Nacido en 1939 en Mashhad, en una familia religiosa de origen humilde, sufrió un atentado en 1981 que le dejó secuelas permanentes en el brazo derecho. Está casado y tiene seis hijos, aunque su vida privada permanece en gran medida fuera del foco público. Aun así, organizaciones de derechos humanos y medios internacionales han documentado el enorme entramado económico que opera bajo su autoridad y que controla sectores clave de la economía iraní.
Durante los años 60 y 70, Jameneí participó activamente en la oposición al sha Mohammad Reza Pahlavi. Su militancia le valió varias detenciones y períodos de exilio interno, y se consolidó como un firme defensor de la revolución islámica liderada por Ruhollah Jomeiní. Durante ese tiempo, Jameneí también comenzó a destacarse por su habilidad para la organización política y el discurso religioso, lo que lo hizo ganar relevancia dentro de los círculos revolucionarios.
La primera gran amenaza al control de Alí Jameneí surgió con el movimiento reformista que, poco después de su ascenso como líder supremo, logró conquistar la mayoría parlamentaria y la presidencia. Los reformistas buscaban dar más poder a los cargos electos, una medida que los sectores radicales temían que debilitara el sistema de la República Islámica. Jameneí respondió movilizando a la cúpula clerical y utilizando los organismos no electos para frenar las reformas, bloquear a los candidatos reformistas y sofocar con la Guardia Revolucionaria las protestas que siguieron.
A lo largo de las décadas, múltiples oleadas de protestas han evidenciado el descontento social: desde las manifestaciones por fraude electoral en 2009, pasando por las protestas económicas de 2017 y 2019, hasta las masivas movilizaciones en 2022 tras la muerte de Mahsa Amini. La represión dejó centenares de muertos y detenidos, con denuncias de torturas y abusos, pero también puso de relieve las tensiones del sistema teocrático, la corrupción y la desigualdad.
Hoy, con 85 años, Jameneí es, para sus seguidores, el garante de la independencia nacional y de los valores de la revolución; para sus críticos, el principal obstáculo para cualquier apertura política y social.
La República Islámica, instaurada en 1979, está encabezada por el ayatolá Alí Jameneí, máxima autoridad política y religiosa del régimen.
Las calles de Irán arden. Desde hace semanas, Teherán se ha convertido en el epicentro de unas protestas detonadas por la grave crisis económica que asfixia al país. Muy pronto, las movilizaciones se extendieron a otras ciudades y dejaron de ser solo un grito contra la inflación y el desempleo para adquirir un tono abiertamente desafiante contra la República Islámica instaurada en 1979 y encabezada por el ayatolá Alí Jameneí, máxima autoridad política y religiosa del régimen.
Su cargo, el de líder supremo, es una figura creada tras la Revolución Islámica que concentra la máxima autoridad política, religiosa y militar del país. Por encima del presidente y del Parlamento, Jameneí tiene la última palabra sobre las Fuerzas Armadas, el Poder Judicial, los medios estatales y los principales órganos de control del sistema. Además, su poder no emana del voto popular, sino de una interpretación teocrática del islam chií que sitúa al clero como garante último del Estado.
Antes que él, ese puesto lo ocupó Ruhollah Jomeiní, el arquitecto de la revolución que derrocó al sha y transformó Irán en una república islámica. Jomeiní fue una figura carismática y fundacional, venerada por amplios sectores de la sociedad iraní. A su muerte, en 1989, Jameneí fue designado como su sucesor en una decisión que sorprendió a muchos: no era entonces un gran ayatolá ni un referente religioso indiscutido, pero su cercanía al núcleo duro del régimen y su lealtad ideológica pesaron más que su rango clerical.
La ideología de Jameneí se apoya en el principio del velayat-e faqih (la tutela del jurista islámico), que justifica la supremacía del líder religioso sobre cualquier institución civil. Defensor férreo del antioccidentalismo, ha construido su discurso sobre la resistencia frente a Estados Unidos e Israel, a los que presenta como enemigos existenciales de Irán.
Bajo su mandato, el régimen ha reforzado los mecanismos de control interno, ha reprimido duramente las protestas — solo en las actuales, se contabilizan 2.000 muertos y más de 10.000 detenciones, según ONG Human Rights Activist News Agency y más de 12.000 según la cadena Iran Internacional—y ha apostado por una política exterior basada en la influencia regional a través de aliados armados en Oriente Próximo.
Nacido en 1939 en Mashhad, en una familia religiosa de origen humilde, sufrió un atentado en 1981 que le dejó secuelas permanentes en el brazo derecho. Está casado y tiene seis hijos, aunque su vida privada permanece en gran medida fuera del foco público. Aun así, organizaciones de derechos humanos y medios internacionales han documentado el enorme entramado económico que opera bajo su autoridad y que controla sectores clave de la economía iraní.

Durante los años 60 y 70, Jameneí participó activamente en la oposición al sha Mohammad Reza Pahlavi. Su militancia le valió varias detenciones y períodos de exilio interno, y se consolidó como un firme defensor de la revolución islámica liderada por Ruhollah Jomeiní. Durante ese tiempo, Jameneí también comenzó a destacarse por su habilidad para la organización política y el discurso religioso, lo que lo hizo ganar relevancia dentro de los círculos revolucionarios.
La primera gran amenaza al control de Alí Jameneí surgió con el movimiento reformista que, poco después de su ascenso como líder supremo, logró conquistar la mayoría parlamentaria y la presidencia. Los reformistas buscaban dar más poder a los cargos electos, una medida que los sectores radicales temían que debilitara el sistema de la República Islámica. Jameneí respondió movilizando a la cúpula clerical y utilizando los organismos no electos para frenar las reformas, bloquear a los candidatos reformistas y sofocar con la Guardia Revolucionaria las protestas que siguieron.
A lo largo de las décadas, múltiples oleadas de protestas han evidenciado el descontento social: desde las manifestaciones por fraude electoral en 2009, pasando por las protestas económicas de 2017 y 2019, hasta las masivas movilizaciones en 2022 tras la muerte de Mahsa Amini. La represión dejó centenares de muertos y detenidos, con denuncias de torturas y abusos, pero también puso de relieve las tensiones del sistema teocrático, la corrupción y la desigualdad.
Hoy, con 85 años, Jameneí es, para sus seguidores, el garante de la independencia nacional y de los valores de la revolución; para sus críticos, el principal obstáculo para cualquier apertura política y social.
20MINUTOS.ES – Internacional
