<p>Las <strong>palabras </strong>suelen ser compañeras de viaje del <strong>dolor</strong>. Las que no se pronuncian lo enquistan el alma, las que no se escuchan aumentan la sensación de soledad, las que se evitan por miedo, roban la oportunidad de acompañar…Otras, las que <strong>abrazan el sufrimiento propio o ajeno sin temor </strong>abren una oportunidad a la esperanza. Y más aún cuando aquello que se piensa o siente, como es la idea del suicidio, está desautorizado socialmente por el peso del estigma. </p>
Recogemos en esta nueva entrega de Once Vidas las emociones, reflexiones y vivencias de personas que han transitado por la dura experiencia de pensar en quitarse la vida y/o de haberlo intentado y que han logrado reconstruirse para seguir adelante.
Hubo un tiempo en que vivir me dolía más que morir. No lo decía. Lo escondía detrás de rutinas, pastillas y una sonrisa prestada. Hacía lo que había que hacer, como quien respira por inercia. Pero por dentro, me estaba desmoronando. No fue un solo día, ni una sola crisis. Fue una guerra silenciosa. Años de ataques de pánico, de noches sin dormir, de días enteros con el cuerpo presente y el alma encerrada. Miedo a mí mismo. Desconfianza absoluta. Me diagnosticaron. Me medicaron. Y por momentos, dejé de ser yo.
Las pastillas me salvaban y me apagaban. Vivía entre la estabilidad y el abismo. Hubo días en los que no sabía si estaba dormido o despierto. Las pastillas me daban tregua, pero también me robaban partes. La estabilidad tenía un precio: mi reflejo ya no era mío. Mi voz sonaba lejana. Mis pensamientos, ajenos. Me sentía un avatar. Una carcasa que caminaba, respondía, pero no estaba habitada. Lo peor era recordar cómo era sentir. Ese recuerdo era una tortura.
Porque cada latido anestesiado me repetía: «¿Ves? Ya no sos vos.» Y en un momento, entendí: para poder ser luz, tenía que atravesar la oscuridad. Pedí bajar la medicación. No por valentía, sino por hartazgo. Quería sentir, aunque doliera. Atravieso ese proceso solo. Sin testigos. Con la oscuridad que habita en mí ampliada por el retiro químico. Pero algo me sostiene: el deseo de abrazar a mi hija Victoria. Y sentir ese abrazo de verdad. No verla a través del vidrio. No imaginar su risa desde un sedante. Quiero que me sienta. Que me recuerde despierto. Ese abrazo es la cuerda que me mantiene atado a la vida. Vale la pena sangrar si del otro lado hay un abrazo que te salva.
Salud
