Lejos queda el desembarco del trap en España, allá por 2015, y su imaginario de pistolas, drogas duras, machetes – en su vertiente más cercana al drill – y peligrosos camellos reconvertidos en estrellas de la música que usaban sus canciones como una suerte de cantares de gesta en las que colocar sus vivencias de la calle. Ser un malote ya no está de moda; tampoco lo está reivindicarse como un astro que ha ascendido del infierno callejero y carga con el peso y la culpa de haber sido el más real. Nada de eso. Ahora la cultura de la calle se ha convertido en cultura digital: los pixeles, la postironía, la broma constante, la autodeformación y la exageración consciente han barrido a los malotes de su propio terreno. Lo que se lleva, en parte de la nueva ola de traperos españolas, es parecer un friki de Internet.
El trap se originó a finales de los noventa en las barriadas más chungas de Atlanta, en la estado de Georgia. En algunas de las calles más peligrosas de la ciudad, existían unos lugares llamados trap house, unos edificios abandonados y ocupados que funcionaban a caballo entre el narcopiso y el centro social autogestionado, por buscar una remota aproximación en España. Porque en ellos, claro está, se consumían todo tipo de estupefacientes y las pandillas locales esgrimían su poder, pero también se hacía música al amparo de la intersección cultural que en ese crisol de identidades se producía.
En ese ambiente de drogas duras, delincuencia y vapores callejeros, varios pioneros comenzaron a mezclar el lenguaje del rap, quizá el código musical rey en las calles de Estados Unidos, con un nuevo sonido mucho más pesado, un ritmo algo más melódico y una ruptura consciente de la cadencia poética de la música de Dre y Jay-Z; así surgió el trap, como una ramificación extrema del rap que estiraba sin cortapisas temáticas como el tráfico de drogas, el consumo de opioides o el ansia por hacer fortuna a cualquier precio. Gracias a pioneros como Jeezy o Three 6 Mafia, el trap se expandió por todo el globo.
Y al expandirse, se fue adecuando a cada mercado, pero manteniendo los rasgos iniciales que lo vinculaban al discurso marginal. Por ejemplo, en Puerto Rico derivó en el trap latino, un subgénero muy trabajado que cultivaron artistas como Anuel y fusionaba el lenguaje marcadamente callejero con los sonidos tropicales relacionados con el reguetón; y en España fue popularizado por Pxxr Gvng, grupo principalmente liderado por Yung Beef y Kaydy Cain, ambos provenientes del mundo del rap y de zonas deprimidas como Carabanchel o Granada, que mantuvieron el estilo callejero: lo importante era reivindicarse parte de la calle y mantener el estatus de tipo chungo que hace incursiones en la industria de la música mientras vigila con un ojo lo que sucede en la plaza.
Pero eso ha cambiado por completo, al menos en España, y lo que se lleva ahora es la postironía, que no es más que la exageración y distorsión del propio personaje hasta volverlo cómico; los nuevos y jóvenes traperos, que empiezan a colonizar poco a poco las listas de éxitos, prefieren burlarse de sí mismos, incluso mostrarse como personajes ridículos para diferenciarse del malotismo de las viejas generaciones.
No han crecido al calor de la delincuencia, sino de Internet; sus ídolos no han sido figuras callejeras que vivían a dos manzanas de su bloque, sino youtubers y artistas que crearon sus códigos en la red. Toda su estética es intencionalmente recargada y, sobre todo, paródica; se burlan de ellos mismos, del estilo que trabajan, de la industria musical e incluso de esos otros traperos y raperos que prefieren seguir con un hábito callejero que no los hace monjes de ese monasterio. Su máxima es quizá el desenfado, y lo muestran en sus letras exageradas e incluso bárbaras, que reivindican el sexo, los negocios e incluso las crisis existenciales desde el divertido prisma de la humillación propia.
Un ejemplo paradigmático es TkMami, una artista de Barcelona que supera ya los 100.000 oyentes y lleva al extremo la parodia del propio personaje. Esta artista se hizo popular a inicios de 2026 por la canción K lache, un tema viralizado en TikTok cuyo título podría traducirse como “qué vergüenza ajena”, y que fue promocionado con vídeos cargadísimos de recursos visuales intencionadamente cutres, con la artista haciendo bailes sofisticadamente grimosos y con todo un imaginario que busca proyectar ridiculez. Su personaje ahonda en la postironía y pretende ser una broma, en lugar de tomarse en serio.
En la misma línea, se viralizó a lo largo de 2024 el grupo Disobey, una banda que se ha perfilado como pionera en la autoburla y que levantó en España, al ser nativos de aquí, lo que se conoce como estética Disobey: usan gorras planas pasadas de moda, ropa absurdamente recargada y gafas de sol más propias de otra época que de 2026, todo combinado con bailecitos sacados de Fortnite y códigos estéticos de la cultura internetera, para proyectarse a sí mismos como frikis. No pretenden ser los malotes del patio ni los reyes de la calle, sino mostrarse como los nerds del instituto que entran en el trap; son unos tipos raros que han crecido al calor de Internet y no tanto de los tiroteos en el Bronx, y precisamente de eso hablan sus letras: no hay mejor forma de tomarse en serio, aunque suene paradójico, que no hacerlo.
De hecho, llevan tan al extremo la broma que no necesitan nombres pegadizos y serios que resuenen con poso en los oyentes y sean atractivos para el mercado, sino que hasta en su nomenclatura apuestan por el exceso, por el barroquismo, por la ironía: Cybernene, 8belial, Yyynestrosa y Roomtrash6 son sus miembros; todos con unos nombrecitos que harían que un viejo experto en marketing se tirara desde un cuarto piso, sin embargo, muy exitosos en sus carreras, tanto en grupo como en solitario.
En la misma línea opera Main Costa, de Barcelona, quien ha hecho de la fealdad, literalmente, su punto fuerte. Se reivindica como una mujer fea/guapa, un código estético nativo de Internet con el que se define a una persona que es muy atractiva pese a no cumplir rigurosamente los cánones estéticos. Su primer álbum es Ugly Trap Better y tiene también canciones como #feosperoricos, temas todos en los que estira su narrativa. En concreto, esta artista sí ha heredado algunos códigos de generaciones anteriores y gusta de mostrar armas en sus videoclips, pero llevándolo hasta el absurdo estético al mezclarlas con animales, tipografías exageradas o montajes extremos.
La clave del éxito de todos ellos es operar desde la ridiculez y no ponerse un traje que, al menos en España, funciona más como un disfraz que como un mono de trabajo; ¿qué sentido tiene performar de haberse criado en la calle y ser un tipo chungo cuando las estadísticas de criminalidad no hacen más que bajar en la mayor parte del país? Tiene mucho más sentido mostrarse como un nativo digital con el cerebro triturado por la velocidad de las redes, en lugar de como un peligroso consumidor de estupefacientes dispuesto a cualquier cosa a cambio de una dosis.
En España, la estética y el discurso friki, fuera del malotismo de otra época, se ha consolidado como la seña de identidad de una generación nueva de artistas que, adictos a Internet desde antes de la existencia de TikTok, prefieren burlarse de ellos mismos para así tomarse muy en serio su propia música.
Artistas como Disobey o TkMami han cambiado los códigos callejeros de la música urbana por el lenguaje y la estética frikis de Internet
Lejos queda el desembarco del trap en España, allá por 2015, y su imaginario de pistolas, drogas duras, machetes – en su vertiente más cercana al drill – y peligrosos camellos reconvertidos en estrellas de la música que usaban sus canciones como una suerte de cantares de gesta en las que colocar sus vivencias de la calle. Ser un malote ya no está de moda; tampoco lo está reivindicarse como un astro que ha ascendido del infierno callejero y carga con el peso y la culpa de haber sido el más real. Nada de eso. Ahora la cultura de la calle se ha convertido en cultura digital: los pixeles, la postironía, la broma constante, la autodeformación y la exageración consciente han barrido a los malotes de su propio terreno. Lo que se lleva, en parte de la nueva ola de traperos españolas, es parecer un friki de Internet.
El trap se originó a finales de los noventa en las barriadas más chungas de Atlanta, en la estado de Georgia. En algunas de las calles más peligrosas de la ciudad, existían unos lugares llamados trap house, unos edificios abandonados y ocupados que funcionaban a caballo entre el narcopiso y el centro social autogestionado, por buscar una remota aproximación en España. Porque en ellos, claro está, se consumían todo tipo de estupefacientes y las pandillas locales esgrimían su poder, pero también se hacía música al amparo de la intersección cultural que en ese crisol de identidades se producía.
En ese ambiente de drogas duras, delincuencia y vapores callejeros, varios pioneros comenzaron a mezclar el lenguaje del rap, quizá el código musical rey en las calles de Estados Unidos, con un nuevo sonido mucho más pesado, un ritmo algo más melódico y una ruptura consciente de la cadencia poética de la música de Dre y Jay-Z; así surgió el trap, como una ramificación extrema del rap que estiraba sin cortapisas temáticas como el tráfico de drogas, el consumo de opioides o el ansia por hacer fortuna a cualquier precio. Gracias a pioneros como Jeezy o Three 6 Mafia, el trap se expandió por todo el globo.
Y al expandirse, se fue adecuando a cada mercado, pero manteniendo los rasgos iniciales que lo vinculaban al discurso marginal. Por ejemplo, en Puerto Rico derivó en el trap latino, un subgénero muy trabajado que cultivaron artistas como Anuel y fusionaba el lenguaje marcadamente callejero con los sonidos tropicales relacionados con el reguetón; y en España fue popularizado por Pxxr Gvng, grupo principalmente liderado por Yung Beef y Kaydy Cain, ambos provenientes del mundo del rap y de zonas deprimidas como Carabanchel o Granada, que mantuvieron el estilo callejero: lo importante era reivindicarse parte de la calle y mantener el estatus de tipo chungo que hace incursiones en la industria de la música mientras vigila con un ojo lo que sucede en la plaza.
Pero eso ha cambiado por completo, al menos en España, y lo que se lleva ahora es la postironía, que no es más que la exageración y distorsión del propio personaje hasta volverlo cómico; los nuevos y jóvenes traperos, que empiezan a colonizar poco a poco las listas de éxitos, prefieren burlarse de sí mismos, incluso mostrarse como personajes ridículos para diferenciarse del malotismo de las viejas generaciones.
No han crecido al calor de la delincuencia, sino de Internet; sus ídolos no han sido figuras callejeras que vivían a dos manzanas de su bloque, sino youtubers y artistas que crearon sus códigos en la red. Toda su estética es intencionalmente recargada y, sobre todo, paródica; se burlan de ellos mismos, del estilo que trabajan, de la industria musical e incluso de esos otros traperos y raperos que prefieren seguir con un hábito callejero que no los hace monjes de ese monasterio. Su máxima es quizá el desenfado, y lo muestran en sus letras exageradas e incluso bárbaras, que reivindican el sexo, los negocios e incluso las crisis existenciales desde el divertido prisma de la humillación propia.
Un ejemplo paradigmático es TkMami, una artista de Barcelona que supera ya los 100.000 oyentes y lleva al extremo la parodia del propio personaje. Esta artista se hizo popular a inicios de 2026 por la canción K lache, un tema viralizado en TikTok cuyo título podría traducirse como “qué vergüenza ajena”, y que fue promocionado con vídeos cargadísimos de recursos visuales intencionadamente cutres, con la artista haciendo bailes sofisticadamente grimosos y con todo un imaginario que busca proyectar ridiculez. Su personaje ahonda en la postironía y pretende ser una broma, en lugar de tomarse en serio.
En la misma línea, se viralizó a lo largo de 2024 el grupo Disobey, una banda que se ha perfilado como pionera en la autoburla y que levantó en España, al ser nativos de aquí, lo que se conoce como estética Disobey: usan gorras planas pasadas de moda, ropa absurdamente recargada y gafas de sol más propias de otra época que de 2026, todo combinado con bailecitos sacados de Fortnite y códigos estéticos de la cultura internetera, para proyectarse a sí mismos como frikis. No pretenden ser los malotes del patio ni los reyes de la calle, sino mostrarse como los nerds del instituto que entran en el trap; son unos tipos raros que han crecido al calor de Internet y no tanto de los tiroteos en el Bronx, y precisamente de eso hablan sus letras: no hay mejor forma de tomarse en serio, aunque suene paradójico, que no hacerlo.
De hecho, llevan tan al extremo la broma que no necesitan nombres pegadizos y serios que resuenen con poso en los oyentes y sean atractivos para el mercado, sino que hasta en su nomenclatura apuestan por el exceso, por el barroquismo, por la ironía: Cybernene, 8belial, Yyynestrosa y Roomtrash6 son sus miembros; todos con unos nombrecitos que harían que un viejo experto en marketing se tirara desde un cuarto piso, sin embargo, muy exitosos en sus carreras, tanto en grupo como en solitario.
En la misma línea opera Main Costa, de Barcelona, quien ha hecho de la fealdad, literalmente, su punto fuerte. Se reivindica como una mujer fea/guapa, un código estético nativo de Internet con el que se define a una persona que es muy atractiva pese a no cumplir rigurosamente los cánones estéticos. Su primer álbum es Ugly Trap Better y tiene también canciones como #feosperoricos, temas todos en los que estira su narrativa. En concreto, esta artista sí ha heredado algunos códigos de generaciones anteriores y gusta de mostrar armas en sus videoclips, pero llevándolo hasta el absurdo estético al mezclarlas con animales, tipografías exageradas o montajes extremos.
La clave del éxito de todos ellos es operar desde la ridiculez y no ponerse un traje que, al menos en España, funciona más como un disfraz que como un mono de trabajo; ¿qué sentido tiene performar de haberse criado en la calle y ser un tipo chungo cuando las estadísticas de criminalidad no hacen más que bajar en la mayor parte del país? Tiene mucho más sentido mostrarse como un nativo digital con el cerebro triturado por la velocidad de las redes, en lugar de como un peligroso consumidor de estupefacientes dispuesto a cualquier cosa a cambio de una dosis.

En España, la estética y el discurso friki, fuera del malotismo de otra época, se ha consolidado como la seña de identidad de una generación nueva de artistas que, adictos a Internet desde antes de la existencia de TikTok, prefieren burlarse de ellos mismos para así tomarse muy en serio su propia música.
20MINUTOS.ES – Cultura
