Tito Ramírez, embriagado de metales, percusión y elegante decadencia en blanco y satén, vuelve a Motel Margot con su nuevo material (en 2023 disfrutamos de El prince, también editado por El Volcán Música), Sonido Conquistador, de nuevo bajo el auspicio de El Volcán Música. Un disco de estilo, donde se unen océanos y mares, noches y días, un disco de banda y apetito: abre con A man wizz a plan, trepidante declaración de principios, prácticamente sostenida a base de fonemas, metales y ritmo. Blues y ritmo, un título de bolero clásico, perverso, como un tejido de sabor, un aullido primario, Qué será, qué será, para irse hacia atrás, resaca del amor que se marcha, dejando la espuma del dolor. Escucho Cachito de cachopo y vuelvo a Víctor Coyote, en ese pacto con el diablo, en la frontera de Galicia y Portugal, metales y órgano, el fraseo que nos trae, os lo prometo, al señor Abundancia. Solo macho y latino. Mil noches de amor hambriento en el barrio, todas las guitarras afiladas, los saxofones y las trompetas, pérfidos arreglos de amor que terminan con un taconeado de cuerda flamenca, de sangre, palmas y venganza. Como ese mambo ecualizado de teclados sabrosos, una percusión sacada de la enésima escisión de Xavier Cugat, en el modo del estándar, los vinilos cortados por Camilo Lara, las trompetas de Santitos y diablitos, es un momento de capcioso instrumental, que sirve para bailar o para recibir al hijo de Blue Demmon en sus dulces dieciséis. Así que, cuando llega la voz, cielo y día de todos los santos, han llegado los ídolos de la carne, angelitos y angelitas, de chachachá. Arriba y abajo. Sonido gallo negro, Mi devilidad, piano espumoso que me acerca, con su intensidad psicótica a Screamin’ Jay Hawkins, pasado por el fantasma intoxicado de Héctor Lavoe. El metal, la orquesta, que te lleva al intercambio, al hechizo. Entonces aparece el sonido castizo, El Vez y los súcubos. Reina de los monstruos. Ven, Medusa. Hemos perdido Acapulco.
Pero Mentiras es Fania, todas las estrellas en el cielo, Vicentico (calaveras, ya me entiendes), vamos de fiebre, de comer sílabas, dababadabá. Qué congas, qué guitarra a lo Marc Ribot, el ácido tropicalismo de los hermanos Baptista y Días que se acerca, Ave Lucifer. Los mutantes empuñan un bajo rockero el mes que murió Willie Colón. Todo se llenó de estrellas decadentes, enfarlopadas, pidiendo un instituto español de sonido, la herencia de capo, para él. para David Byrne. En forma, yerba buena para los rumiantes, vengativo saxo alto, saxo soprano. ¿De quién son las maracas de Príncipe de la tiniebla?, buena pregunta. Se asoma a la cumbia política de las Kumbia queers o la parte hipnótica de Karen y los Remedios. Tengo más noche que Drácula, como decía la Mona. Samplear discos de orquestas anteriores a Fulgencio Batista, en círculos de arcilla, más que sonido beat, las percusiones de La Sonora Dinamita haciendo canciones de Miguel Abuelo (sí, vale, de Andrés). Nos acercamos al final, La Bellaquera, electricidad más ondulante sobre una sección rítmica que se acerca, por primera vez, al pop, al psicobilly calmado, buscando la tierra enésima, el lugar del millar de las danzas, culebreando como solo sabe hacer un single a 45 rpm, acelerado por un irritante teremín, fuzz, twang… en el límite de los tiempos se erige la casa de la diversión, fun y house, Iggy por soleares, Los Amaya definiendo qué es el sonido fronterizo, qué es, en definitiva, la frontera. El cierre llega con Verdadero o real, piano de mambo, madera y guajira, no pidas más, es suficiente, a esta hora el alcohol es más un compañero que una diversión, un juego de piedra, papel o muerte. Más allá del ejercicio de estilo, la modernidad de Tito Ramírez está en rebeldía, en la apuesta por lo orgánico, en el espectáculo de luz, color y calor. Vírgenes del océano, apóstoles de la ceniza y el ron. Un disco mayúsculo.
El retorno del cumbiano pagano y castizo, Tito Ramírez

El retorno del cumbiano pagano y castizo, Tito Ramírez
Tito Ramírez, embriagado de metales, percusión y elegante decadencia en blanco y satén, vuelve a Motel Margot con su nuevo material (en 2023 disfrutamos de El prince, también editado por El Volcán Música), Sonido Conquistador, de nuevo bajo el auspicio de El Volcán Música. Un disco de estilo, donde se unen océanos y mares, noches y días, un disco de banda y apetito: abre con A man wizz a plan, trepidante declaración de principios, prácticamente sostenida a base de fonemas, metales y ritmo. Blues y ritmo, un título de bolero clásico, perverso, como un tejido de sabor, un aullido primario, Qué será, qué será, para irse hacia atrás, resaca del amor que se marcha, dejando la espuma del dolor. Escucho Cachito de cachopo y vuelvo a Víctor Coyote, en ese pacto con el diablo, en la frontera de Galicia y Portugal, metales y órgano, el fraseo que nos trae, os lo prometo, al señor Abundancia. Solo macho y latino. Mil noches de amor hambriento en el barrio, todas las guitarras afiladas, los saxofones y las trompetas, pérfidos arreglos de amor que terminan con un taconeado de cuerda flamenca, de sangre, palmas y venganza. Como ese mambo ecualizado de teclados sabrosos, una percusión sacada de la enésima escisión de Xavier Cugat, en el modo del estándar, los vinilos cortados por Camilo Lara, las trompetas de Santitos y diablitos, es un momento de capcioso instrumental, que sirve para bailar o para recibir al hijo de Blue Demmon en sus dulces dieciséis. Así que, cuando llega la voz, cielo y día de todos los santos, han llegado los ídolos de la carne, angelitos y angelitas, de chachachá. Arriba y abajo. Sonido gallo negro, Mi devilidad, piano espumoso que me acerca, con su intensidad psicótica a Screamin’ Jay Hawkins, pasado por el fantasma intoxicado de Héctor Lavoe. El metal, la orquesta, que te lleva al intercambio, al hechizo. Entonces aparece el sonido castizo, El Vez y los súcubos. Reina de los monstruos. Ven, Medusa. Hemos perdido Acapulco.

Pero Mentiras es Fania, todas las estrellas en el cielo, Vicentico (calaveras, ya me entiendes), vamos de fiebre, de comer sílabas, dababadabá. Qué congas, qué guitarra a lo Marc Ribot, el ácido tropicalismo de los hermanos Baptista y Días que se acerca, Ave Lucifer. Los mutantes empuñan un bajo rockero el mes que murió Willie Colón. Todo se llenó de estrellas decadentes, enfarlopadas, pidiendo un instituto español de sonido, la herencia de capo, para él. para David Byrne. En forma, yerba buena para los rumiantes, vengativo saxo alto, saxo soprano. ¿De quién son las maracas de Príncipe de la tiniebla?, buena pregunta. Se asoma a la cumbia política de las Kumbia queers o la parte hipnótica de Karen y los Remedios. Tengo más noche que Drácula, como decía la Mona. Samplear discos de orquestas anteriores a Fulgencio Batista, en círculos de arcilla, más que sonido beat, las percusiones de La Sonora Dinamita haciendo canciones de Miguel Abuelo (sí, vale, de Andrés). Nos acercamos al final, La Bellaquera, electricidad más ondulante sobre una sección rítmica que se acerca, por primera vez, al pop, al psicobilly calmado, buscando la tierra enésima, el lugar del millar de las danzas, culebreando como solo sabe hacer un single a 45 rpm, acelerado por un irritante teremín, fuzz, twang… en el límite de los tiempos se erige la casa de la diversión, fun y house, Iggy por soleares, Los Amaya definiendo qué es el sonido fronterizo, qué es, en definitiva, la frontera. El cierre llega con Verdadero o real, piano de mambo, madera y guajira, no pidas más, es suficiente, a esta hora el alcohol es más un compañero que una diversión, un juego de piedra, papel o muerte. Más allá del ejercicio de estilo, la modernidad de Tito Ramírez está en rebeldía, en la apuesta por lo orgánico, en el espectáculo de luz, color y calor. Vírgenes del océano, apóstoles de la ceniza y el ron. Un disco mayúsculo.
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