<p>Preguntándose cuál es el lugar de los humanos en el mundo, el «filósofo de campo» Thom van Dooren (Camberra, Australia, 1980) ha recorrido lugares emblemáticos del planeta rastreando a las especies amenazadas: de los buitres en la India a las grullas en Norteamérica, pasando por el <i>arca de Noé</i> de los caracoles en Hawái. Sus hallazgos, condensados en varios libros y en proyectos que implican a las comunidades afectadas, suponen un nuevo y más profundo acercamiento a los procesos de extinción y a los esfuerzos de conservación en pleno siglo XXI.</p>
De los buitres a los caracoles, su trabajo de campo por todo el mundo ha permitido abordar la crisis de biodiversidad con nuevas estrategias. Este jueves recogerá en Madrid el Premio Biophilia de la Fundación BBVA
Preguntándose cuál es el lugar de los humanos en el mundo, el «filósofo de campo» Thom van Dooren (Camberra, Australia, 1980) ha recorrido lugares emblemáticos del planeta rastreando a las especies amenazadas: de los buitres en la India a las grullas en Norteamérica, pasando por el arca de Noé de los caracoles en Hawái. Sus hallazgos, condensados en varios libros y en proyectos que implican a las comunidades afectadas, suponen un nuevo y más profundo acercamiento a los procesos de extinción y a los esfuerzos de conservación en pleno siglo XXI.
Van Dooren, catedrático de la Universidad de Sidney, ha recibido como «un fantástico honor» el premio Biophilia de Humanidades y Ciencias Sociales Medioambientales de la Fundación BBVA, que recogerá este jueves en Madrid, donde dará con una conferencia sobre «la filosofía de la extinción» ante la crisis de la biodiversidad.
El pensador ambiental australiano se considera deudor de la corriente de «humanismo ambiental» que ha emergido de en las dos últimas décadas y que aspira a derribar las barreras que hasta ahora existían entre las ciencias sociales y las ciencias naturaleza. Van Dooren reclama una «nueva narrativa» que ayude a «reconectar» a la especie humana con otras formas de vida.
- ¿Cuál es la diferencia entre un «filósofo de campo» y el clásico filósofo «pensador» que todos tenemos en mente?
- El «filósofo de campo» busca respuestas sobre el terreno y de forma diferente. En mi especialidad, se trata de hacer efectivamente observaciones de campo y entrevistar a las poblaciones y comunidades relacionadas con el problema que me preocupa: la extinción de especies. En vez de estar sentado en mi sillón, dándole vueltas a la ética de las extinciones, yo paso mayor parte del tiempo viendo el impacto y hablando con la gente sobre lo que supone la pérdida de una determinada especie en un lugar y en un momento dado. También trabajo con científicos, biólogos y activistas calibrando cómo funcionan los esfuerzos de conservación. Y por último intento hacer filosofía de una manera que llegue a audiencias más amplias, con narrativas capaces de sensibilizar a la sociedad sobre lo que supone la pérdida de biodiversidad.
- A los periodistas se nos acusa frecuentemente de alarmismo y catastrofismo ante los problemas ambientales. ¿Ha llegado tal vez el momento de cambiar de narrativa?
- Yo reivindico el poder del storytelling, también para afrontar las consecuencias negativas. Hacen falta grandes contadores de historias que capturen la imaginación de la gente y sirvan para movilizar a la sociedad. Necesitamos mejores narrativas, pero tampoco podemos caer en el optimismo ingenuo de pensar que las cosas se arreglarán por sí mismas. La aproximación en blanco y negro a los problemas ambientales no ayuda. Hay narrativas que minimizan la escala de la crisis ambiental en la que estamos. En el otro extremo, tenemos el mensaje de abandonar toda esperanza, lo cual puede llevar al derrotismo.
- ¿Es posible un término medio?
- Creo que sí. Yo lo he definido como mournful hope (esperanza apenada), una manera de reconocer lo que está sucediendo, que es una extinción masiva. Cada vez que se extingue una especie, estamos perdiendo todo un mundo, y eso debería causarnos una sensación de ausencia y duelo, como cuando perdemos a un ser querido. No se trata de arrastrar a la gente hacia la tristeza, pero tenemos que reconocer un hecho: vamos a seguir perdiendo un gran número de especies, pese a todos los esfuerzos de conservación. Entre otras razones, porque hemos contribuido a la desaparición de sus hábitats. Asumir esto supone afrontar de una manera más responsable la esperanza en el futuro. Hoy por hoy, tenemos una visión disfuncional de nuestro lugar en el mundo, por eso nos cuesta tanto aceptar la crisis de biodiversidad.
- ¿Necesitamos poner más énfasis en la búsqueda de soluciones?
- Poner el foco en las soluciones está bien, pero tampoco podemos caer en una especie de solucionismo y pensar que las tecnología nos va a sacar de la situación en la que estamos. Necesitamos soluciones creativas, inclusivas y democráticas. Aunque la base de todo eso es un cambio cultural, y eventualmente una voluntad política. Hay un problema de apatía cultural en muchos lugares del mundo, aunque creo que está cambiando ahora que cada vez más gente sufre el impacto del cambio climático con inundaciones, incendios y episodios de calor extremo.
- Pero al mismo tiempo tenemos al presidente Donald Trump hablando del cambio climático como «el mayor timo de la historia». ¿Cómo se puede reaccionar ante eso?
- Es la misma lucha que ha tenido una y otra vez el movimiento ecologista durante décadas. Siempre ha habido personas que han ignorado el problema o minimizado el significado de lo que estamos perdiendo. No hay una respuesta simple. Hay que retar y contrarrestar esa narrativa con historias basadas en datos empíricos.
- Llegados a este punto, ¿hay alguna posibilidad de reconciliación entre los humanos y la naturaleza?
- Espero que haya una manera. Nos va a llevar mucho trabajo, aunque lo estamos intentando. En el fondo, ese es el objetivo de la Humanidades Ambientales, que ha cobrado mucho auge en los últimos veinte años. Lo que estamos intentando es poner fin a la división secular que ha existido entre Ciencias Sociales y Ciencias Naturales, y poner a trabajar juntos a campos como la historia, la política, la antropología o la biología en un espacio experimental y multidisciplinar. Tenemos que reimaginar las formas en las que los humanos nos relacionamos con la naturaleza, y eso incluye la necesidad de coexistir con otras formas de vida, con un enfoque «multiespecies». Ese trabajo conjunto puede llevar a cambios profundos en el sistema legal, como por ejemplo el reconocimiento de los ríos como «personas legales». O puede llevar grandes cambios en las ciudades, con normas más respetuosas hacia la naturaleza en el planeamiento urbano.
- Usted ha criticado sin embargo la tendencia a considerar la «Humanidad» como la causante del problema.
- No conviene hablar en abstracto de una extinción antropogénica causada por la humanidad. Hay que ser más precisos, y hablar de la suma de formas particulares de vida humana o de los patrones culturales que están causando el problema. Estamos en mitad de una crisis ambiental causada por los sistemas políticos, económicos y militares muy concretos que se han implantado en el mundo.
- ¿Cómo llegó usted al humanismo ambiental y por qué eligió la filosofía y no la biología?
- Curiosamente, llegué por vía de la religión y por mi deseo de buscar respuestas a la gran pregunta: ¿Cuál es nuestro lugar en el mundo? Desde joven me sentí atraído por los textos religiosos y la reverencia al mundo natural como algo «sagrado». Intenté estudiar Biología, pero me di cuenta de que no era mi mundo académico. Me sentí más cómodo con la filosofía y con la idea que los humanos formamos parte de un proyecto colectivo, compartido con otros seres vivos.
- Pero la religión, y particularmente el cristianismo, ha difundido la idea del hombre por encima de todas las especies en la creación.
- No creo que la religión sea el problema, sino las formas de fundamentalismo que existen en todas la creencias. En todas las religiones hay un fondo de recursos que nos permiten vincular lo espiritual y lo natural. De eso hablaba Edward O. Wilson en La creación. Wilson fue también el principal divulgador del concepto de biofilia, la tendencia innata a conectar con todas las formas de vida, algo que vemos tan claro en los niños. Tengo una hija de dos años y es curioso ver cómo casi todos los programas de televisión giran en torno a animales. Es una lástima que la educación acabe cercenando esa conexión a partir de cierta edad. Es otra asignatura que tenemos pendiente.
- ¿Quiénes fueron sus fuentes de inspiración?
- Más que por naturalistas o científicos, he sentido predilección por filósofos, como el francés Bruno Latour, la belga Isabelle Stenger o la americana Donna Jeanne Haraway. Me ha influido también mucho el ecofeminismo de Val Plumwood o la labor de la australiana Deborah Bird Rose, precursora de la etnografía multiespecies.
- ¿Y qué le hizo elegir los pájaros como su primer motivo de estudio?
- Empecé a escribir mi primer libro (Flight Ways: Life and Loss at the Edge of Extinction) con la idea de dedicarlo a cinco especies distintas. Empecé con los buitres en India y de alguna manera quedé atrapado en el estudio de las aves gravemente amenazadas. Escribí de los pingüinos en el puerto de Sidney, de los albatros en las islas de Midway, de las grullas en Norteamérica y de los cuervos en Hawái. Me di cuenta además de que los pájaros (además de los mamíferos) son los que más atención despiertan en la gente, tal vez porque son de las pocas especies silvestres que uno encuentra en las ciudades.
- ¿Cómo fue la transición de los pájaros a los caracoles a los que dedicó su último libro, A world in a Shell?
- Fue precisamente en Hawái, cuando estuve en contacto con los biólogos que me pusieron al tanto de esa otra extinción silenciosa. Hawái es un increíble laboratorio de estudio porque ha pasado por todos los procesos humanos: colonización, urbanización, militarización, turismo, globalización. También es uno de los lugares con mayor biodiversidad de caracoles y con el mayor número de especies amenazadas. De las más de 800 especies que llegó a haber, se estima que quedan unas 200. Unas 38 de ellas crecen en cautividad en una especie de arcá de Noé, el así llamado Snail Extinction Prevention Program (SEPP). Allí tuve oportunidad de conocer a George (del género de la achatinellas arborícolas tropicales), al que la gente de se refería como el último caracol de su especie y cuya muerte causó una notable conmoción en las islas.
- ¿Qué lección podemos extraer de los caracoles?
- Lenta y gentilmente, los caracoles nos invitan a pensar a largo plazo, y a utilizar las fuerzas de otros (en su caso los pájaros o las corrientes atmosféricas y marinas) para llegar lejos. Los caracoles están despareciendo en Hawái por la pérdida de sus hábitats, por el cambio climático y la pérdida de humedad, y también por especies invasoras como el propio caracol carnívoro (Euglandina rosea). En el arca de Noé de los caracoles aprendí a apreciar el enorme esfuerzo de los cuidadores, pero también fui consciente de esa mentalidad de «sala de urgencias» de hospital que es la que predomina en los esfuerzos de conservación. Aquí se incurre a veces en una paradoja ética: la de aplicar «cuidados violentos» a una especie para evitar su extinción, cuando lo que tendríamos que hacer en primer lugar es preservar sus hábitats.
- Usted ha criticado también el énfasis de la conservación en animales carismáticos como los orangutanes o el oso polar, en detrimento de otras especies.
- Hay un valor en salvar a la especies carismáticas, entre otras cosas porque son muy útiles para sensibilizar a la población y recaudar fondos. Pero no podemos olvidar que la extinción masiva afecta también y sobre todo a los invertebrados, que constituyen el 99% de la vida animal y que son esenciales para la polinización, la fertilización de los suelos o el ciclo de nutrientes. Hasta ahora han sido prácticamente ignorados en el debate de las extinciones, que debería admitir el principio de que todas las formas de vida importan.
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