Esta adaptación del clásico de Julio (Jules) Verne por parte de Rodolphe y Patrice Le Sourd es una delicia gráfica, una exquisitez con la que nos deleita Norma Editorial, recuperando el sabor de antaño, en una dimensión de inocencia aventurera que se manifiesta en el color, la composición, la manera en la que los personajes, animales antropomorfos, interpretan los papeles clásicos de una obra que es fundamental, no solo por su componente histórico y sentimental, también porque es parte del estrato creativo, aventurero, del inconsciente colectivo de una sociedad.
Un ladrillo en el poso lector de muchos de nosotros, que nos nutrimos de Julio Verne, sí, en su inocencia y capacidad de elucubración y, por qué no, en esa manera de devolvernos a otros lugares, donde los animales protagonizan la infancia, sustentando la ilusión, el deseo de descubrir. Entre Blacksad en Amarillo pululando junto a los beatniks o Fritz el Gato, rijoso macarra de la contracultura, está, por supuesto, las aventuras del mediodía en el fin de semana de los ochenta de Willie Fog, Tico y los demás. Los ochenta y los ochenta días.
Ahora leo Elmer de Gerry Alanguilan. No tiene nada que ver. Más allá de los gallos que hablan y viven y sufren. Pero, también es una cuestión de demostrar que en Motel Margot tenemos sitio para todos. La historia de Jules Verne, la de Rodolphe contiene esa ilusión primigenia de explorar, cuando el cielo no era el objeto de deseo (aunque hay un guiño al final, una referencia al Viaje a la luna que me ha provocado una sonrisa), cuando todo el conocimiento se podía contener en unos pocos libros, sin más. Más allá de la anécdota (ahora hablaremos de ella), está el vulcanismo, la geología, las gemas y, lo que es más importante, la pugna entre el Creacionismo y la Evolución. La anécdota es la loca teoría de “La tierra hueca”. Loca, pero que ha llegado hasta hoy, hasta ayer, hasta mañana. No hay más que ver la construcción del MonsterVerse cinematográfico, sustentado (perdonen la broma) sobre las capas concéntricas sobre las que se estructura nuestro planeta. Alejadas de leyes físicas o consideraciones euclídeas, el tiempo y el espacio, como hemos visto en la notable serie Monarch: Legacy of Monsters, la teoría, que cabría en otra obra de Norma editorial como “El departamento de la verdad” de James Tynion IV (ojo que el tercer tomo está llevando a la colección a un nivel superior, háganme caso).
Lo que no se marcha, lo que permanece, tiene siempre algo de verdad, aunque solo sea para alimentar los sueños. Por eso también la mitología de Julio Verne no se apaga. La tuvimos en Planetary de Warren Ellis y, sobre todo, encontró su sitio en la cosmogonía completista de Alan Moore en su obra “La liga de los seres extraordinarios”, no solo colocando en primera línea al protagonista de la obra “20000 leguas de viaje submarino”, el mítico capitán Nemo y, por supuesto, las publicaciones que amplían la mitología, a cargo de su hija en Nemo: corazón de hielo, Nemo: las rosas de Berlín y Nemo: río de fantasmas. En Corazón de hielo se unen el Julio Verne de La esfinge de los hielos con La narración de Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe y, sobre todo, la infección (cultural, por supuesto), definitiva, “En las montañas de la locura” de H.P. Lovecraft.
A partir de ahí, Jules Verne, mito y realidad, con sus cavernas y aguas filtradas, con su manera de afrontar la cultura de las runas, con estos personajes, estudiosos, liberados, valientes, que Rodolphe convierte en conejos para disfrute de los que (creo que ya lo he demostrado), como yo, encontramos siempre necesaria una nueva iteración de la obra de Verne. Sí, después de “Viaje al centro de la tierra” de Superlópez por Jan (que cualquier lector de Motel Margot sabía que iba a aparecer) o la adaptación radiofónica a cargo de JuanJosé Plans a finales de los ochenta en las radionovelas que se emitían en RNE, en el programa Historias, medianoche de los domingos, esta nueva versión me devuelve a lugares de belleza intacta.
Hay dinosaurios, hay animales y champiñones gigantes, no se me olvida el final del ciclo de Hellboy, con la espada de Hiperbórea (QUE TAMBIÉN RETOMA LA TIERRA HUECA, y sí, también lo tenéis en Norma Editorial), y huesos de especies al otro lado del mar interior, con el esqueleto, claro, de conejos poco evolucionados. Menudo renuncio si no. Me quedo, también, con una de las últimas viñetas: “El centro de la tierra es lava en fusión, ¡Magma!, nadie podría adentrarse en él” Pues si ustedes lo dicen…
Una historia eterna, Julio Verne viaja al centro de la tierra por Rodolphe, editado en Norma.
Esta adaptación del clásico de Julio (Jules) Verne por parte de Rodolphe y Patrice Le Sourd es una delicia gráfica, una exquisitez con la que nos deleita Norma Editorial, recuperando el sabor de antaño, en una dimensión de inocencia aventurera que se manifiesta en el color, la composición, la manera en la que los personajes, animales antropomorfos, interpretan los papeles clásicos de una obra que es fundamental, no solo por su componente histórico y sentimental, también porque es parte del estrato creativo, aventurero, del inconsciente colectivo de una sociedad.

Un ladrillo en el poso lector de muchos de nosotros, que nos nutrimos de Julio Verne, sí, en su inocencia y capacidad de elucubración y, por qué no, en esa manera de devolvernos a otros lugares, donde los animales protagonizan la infancia, sustentando la ilusión, el deseo de descubrir. Entre Blacksad en Amarillo pululando junto a los beatniks o Fritz el Gato, rijoso macarra de la contracultura, está, por supuesto, las aventuras del mediodía en el fin de semana de los ochenta de Willie Fog, Tico y los demás. Los ochenta y los ochenta días.

Ahora leo Elmer de Gerry Alanguilan. No tiene nada que ver. Más allá de los gallos que hablan y viven y sufren. Pero, también es una cuestión de demostrar que en Motel Margot tenemos sitio para todos. La historia de Jules Verne, la de Rodolphe contiene esa ilusión primigenia de explorar, cuando el cielo no era el objeto de deseo (aunque hay un guiño al final, una referencia al Viaje a la luna que me ha provocado una sonrisa), cuando todo el conocimiento se podía contener en unos pocos libros, sin más. Más allá de la anécdota (ahora hablaremos de ella), está el vulcanismo, la geología, las gemas y, lo que es más importante, la pugna entre el Creacionismo y la Evolución. La anécdota es la loca teoría de “La tierra hueca”. Loca, pero que ha llegado hasta hoy, hasta ayer, hasta mañana. No hay más que ver la construcción del MonsterVerse cinematográfico, sustentado (perdonen la broma) sobre las capas concéntricas sobre las que se estructura nuestro planeta. Alejadas de leyes físicas o consideraciones euclídeas, el tiempo y el espacio, como hemos visto en la notable serie Monarch: Legacy of Monsters, la teoría, que cabría en otra obra de Norma editorial como “El departamento de la verdad” de James Tynion IV (ojo que el tercer tomo está llevando a la colección a un nivel superior, háganme caso).

Lo que no se marcha, lo que permanece, tiene siempre algo de verdad, aunque solo sea para alimentar los sueños. Por eso también la mitología de Julio Verne no se apaga. La tuvimos en Planetary de Warren Ellis y, sobre todo, encontró su sitio en la cosmogonía completista de Alan Moore en su obra “La liga de los seres extraordinarios”, no solo colocando en primera línea al protagonista de la obra “20000 leguas de viaje submarino”, el mítico capitán Nemo y, por supuesto, las publicaciones que amplían la mitología, a cargo de su hija en Nemo: corazón de hielo, Nemo: las rosas de Berlín y Nemo: río de fantasmas. En Corazón de hielo se unen el Julio Verne de La esfinge de los hielos con La narración de Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe y, sobre todo, la infección (cultural, por supuesto), definitiva, “En las montañas de la locura” de H.P. Lovecraft.

A partir de ahí, Jules Verne, mito y realidad, con sus cavernas y aguas filtradas, con su manera de afrontar la cultura de las runas, con estos personajes, estudiosos, liberados, valientes, que Rodolphe convierte en conejos para disfrute de los que (creo que ya lo he demostrado), como yo, encontramos siempre necesaria una nueva iteración de la obra de Verne. Sí, después de “Viaje al centro de la tierra” de Superlópez por Jan (que cualquier lector de Motel Margot sabía que iba a aparecer) o la adaptación radiofónica a cargo de JuanJosé Plans a finales de los ochenta en las radionovelas que se emitían en RNE, en el programa Historias, medianoche de los domingos, esta nueva versión me devuelve a lugares de belleza intacta.
Hay dinosaurios, hay animales y champiñones gigantes, no se me olvida el final del ciclo de Hellboy, con la espada de Hiperbórea (QUE TAMBIÉN RETOMA LA TIERRA HUECA, y sí, también lo tenéis en Norma Editorial), y huesos de especies al otro lado del mar interior, con el esqueleto, claro, de conejos poco evolucionados. Menudo renuncio si no. Me quedo, también, con una de las últimas viñetas: “El centro de la tierra es lava en fusión, ¡Magma!, nadie podría adentrarse en él” Pues si ustedes lo dicen…
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