Hace dos años que Adriana Riva (Buenos Aires, 1980) publicó en su país Ruth. No fue su primera novela, pero sí la «tocada por la varita mágica», con diez ediciones de momento. Tan triunfal fue su aparición que un teatro porteño la representa desde la Navidad pasada con la dramaturga Ana María Bovo de protagonista y lleno continuo. Este delicioso libro se acaba de editar en España con Destino y prepara vuelo a la traducción en italiano. Riva ha visitado Madrid para presentarlo y contar de qué pasta está hecha una mujer de 82 años que no se resigna a a hacer lo que se espera de alguien a su edad. Lectora de Rosa Montero, Almudena Grandes, Javier Marías y Javier Cercas, Adriana Riva esgrime un firme discurso sobre la necesidad de entender que el tiempo no debería dominarnos a nosotros, sino que uno sepa gobernar a la edad.
Esa imagen de antes de la mujer mayor apoltronada en un sofá esperando a que vaya a buscarla la parca, no existe más
‘Las gratitudes’ de Delphine de Vigan es un librazo, pero es triste, denso, pesado
Ruth va un poco contra corriente, como el salmón. A veces lo hace como caparazón frente a sí misma
Uno puede seguir aprendiendo a esa edad. Toda esa curiosidad tiene que ver con el deseo de saber algo más es, un motorcito vital
La urgencia de estar apurados, todo el día corriendo, de la inmediatez… es falsa
El libro ‘Ruth’, de la escritora argentina, ha sido un auténtico éxito en su país, y desde diciembre pasado se representa en un teatro de Buenos Aires.
Entrevista

El libro ‘Ruth’, de la escritora argentina, ha sido un auténtico éxito en su país, y desde diciembre pasado se representa en un teatro de Buenos Aires.
Hace dos años que Adriana Riva (Buenos Aires, 1980) publicó en su país Ruth. No fue su primera novela, pero sí la «tocada por la varita mágica», con diez ediciones de momento. Tan triunfal fue su aparición que un teatro porteño la representa desde la Navidad pasada con la dramaturga Ana María Bovo de protagonista y lleno continuo. Este delicioso libro se acaba de editar en España con Destino y prepara vuelo a la traducción en italiano. Riva ha visitado Madrid para presentarlo y contar de qué pasta está hecha una mujer de 82 años que no se resigna a a hacer lo que se espera de alguien a su edad. Lectora de Rosa Montero, Almudena Grandes, Javier Marías y Javier Cercas, Adriana Riva esgrime un firme discurso sobre la necesidad de entender que el tiempo no debería dominarnos a nosotros, sino que uno sepa gobernar a la edad.
¿Qué Ruth le ha inspirado esta novela sobre la tercera edad?
Mi madre ha sido siempre mi musa inspiradora. De hecho, la portada argentina tenía una foto suya, una mujer que mira de espaldas. Ella fue el puntapié con el que empecé a escribir esta novela. Después, tomó vida propia, se fue ficcionalizando, mezclando con otras mujeres, tías, abuelas, gente que vive en la calle. Pero la voz más cercana fue la de mi madre, que comparte muchas características del personaje de Ruth. Es judía, viuda, médica (como la protagonista) y en verdad se llama Susana. Ahora alcanzó la edad de Ruth en la novela, 82 años.
Esa imagen de antes de la mujer mayor apoltronada en un sofá esperando a que vaya a buscarla la parca, no existe más
¿Esas otras mujeres, están retratadas también en su novela?
Una vez que me di cuenta de que mi protagonista iba a ser una mujer mayor, me puse a mirar única y exclusivamente a personas mayores. Buenos Aires está poblada de gente mayor, muy activa, no postrada. En la calle, en los bares, en los aeropuertos… es gente arreglada, divertida. Gente muy bien. Esa imagen de antes de la mujer mayor apoltronada en un sofá esperando a que vaya a buscarla la parca, no existe más. Hay tantas vejeces como viejos y viejas, pero en este caso, con los avances médicos y tecnológicos, la gente que está bien, más allá de algunas cositas, como audífonos, la vista, algún dolor (que yo tengo a los 45). Mi tía que es incluso mayor que mi madre, tiene 86 años, y viaja sola por todo el mundo. Está impecablemente vestida, la gente se vuelve a mirarla. Es una mujer muy vibrante, a la que le gusta la vida a los 20, a los 46 y a los 80.
¿Y Susana, su madre, qué opina de Ruth?
Le gusta mucho, hay veces que le gusta más. Esto de que llega a las librerías y dice ‘¿tienen Ruth? porque yo soy Ruth, es muy buena la novela. Pero cuando se volvió conocida y sobre todo por la obra de teatro o porque yo que no dejo de mencionarla, allí ella dice a mí qué me importa ya. A veces se acerca y a veces se aleja del libro.

Tiene una editorial infantil y escribe cuentos y poemas, ¿Por qué narrar sobre una anciana?
Sí, tengo una editorial infantil y escribí historias sobre mujeres argentinas muy emblemáticas, como la poeta María Elena Walsh (recomiendo para conocerla Nací para ser breve: María Elena Walsh, de Gabriela Massuh). Dicho esto, yo no quería hacer una novela sobre la vejez, sino sobre mi madre, y mi madre es vieja. Básicamente, si mi madre hubiese tenido 40 años, hubiese sido otra novela. Me encontré con la vejez cuando intenté ser mi madre. Pensé, ¿qué hace mi madre cuando se despierta, qué hace con el día? Empecé a investigar, a leer libros, a preguntar compulsivamente. Y me di cuenta de que todos los protagonistas de las novelas de gente mayor que leía eran un poco deprimentes: o tenían demencia, o alzheimer, o estaban en sus últimos días, con sus enfermedades. Yo había visto que las chicas en la calle están espléndidas y me dije esta es la vejez que quiero narrar: ahora es otra, tienen una vida superactiva.
‘Las gratitudes’ de Delphine de Vigan es un librazo, pero es triste, denso, pesado
Por citar un ejemplo reciente: ¿ha leído Las gratitudes de Delphine de Vigan, un libro muy alabado que versa sobre esto?
Sí, sí, y es de lo que yo quería salir. Es un librazo pero es denso, triste, pesado. Tiene otro color, gris plomizo, y yo quería colores primarios.
¿Qué da más miedo, la vejez o la muerte?
Creo que ninguna debería dar miedo, hay que revertir eso. Primero porque en el mejor de los casos, todos podemos envejecer. Y morir, todos vamos a morir. Al contrario, en vez de temerlo hay que quitarle esa prensa. Como en todas las etapas, hay cosas positivas en la vejez. Yo no querría volver a los 15, con la cara llena de granos, aparatos en los dientes… Uno a veces se olvida de lo que costó todo. Ojo, todas las cosas tienen el lado A y el lado B. Todas las etapas tienen su contracara pero es como si de la vejez solo se hablara del lado B. La vejez tiene cosas muy buenas, como que si llegas en buen estado de salud y una situacion económica razonable, se pueden hacer muchas cosas hasta el día antes de morir. Excepto correr una maratón, quizás, y lanzarse en paracaídas. Aunque Bush padre lo hizo hasta los 90. Por eso Ruth se pregunta «tengo los años que viví o los que me quedan por vivir». La medicina avanza y lo que tenemos es una franja de tiempo y hay que ver cómo vivirla, cómo sacarle provecho.

Ruth es judía, su propia madre lo es. Además insiste en sus orígenes, está tremendamente orgullosa de su religión.
Así es, mi madre lo es, yo lo soy. Pero Ruth también habla de que siempre está del lado de Palestina. Yo lo que quise era eliminar esos clichés, mostrar que hay otra manera de ser judío. Como si todos los judíos estuvieran enarbolados detrás Israel. No es así, incluso dentro del país hay gente en contra de Netanyahu. Ruth no es la típica judía en ningún aspecto, pero le encanta serlo. Hay individualidades y particularidades, no podemos meter todo en el mismo saco.
Ruth va un poco contra corriente, como el salmón. A veces lo hace como caparazón frente a sí misma
Su protagonista encara la tercera edad con cierto escepticismo. ¿Es una manera de no dejarse avasallar por el calendario?
Sí, es ir un poco contra corriente, como el salmón. A veces creo que lo hace como caparazón, por poner una coraza frente a sí misma. A veces se me escapa Ruth. Tira la piedra y econde la mano, dice algo y luego el lector lo tiene que reponer. No se pone nunca académica ni ensayística. Deja un montón de huecos, no viene con mensajes, viene con ella misma, con sus incoherencias, sus contradicciones, sus cosas malas y buenas… Y luego que cada uno agarre lo que le sirva.

«Es díficil morir en el momento adecuado», se dice en la novela. ¿Cuál es ese momento adecuado?
Hay gente que primero resolvió todos los asuntos terrenales y luego se murió. El otro día me encontré a una amiga y me contó que su padre acababa de morir. Estaba extrañada. «Pero si el domingo me hizo raviolis», me contó. Tenemos el instinto vital de seguir vivos. Como en una fiesta, dices ¡ay cinco minutos más! Uno piensa que va a vivir por siempre. Todos tenemos un objetivo, una zanahoria que nos hace seguir.
Uno puede seguir aprendiendo a esa edad. Toda esa curiosidad tiene que ver con el deseo de saber algo más es, un motorcito vital
Sus personajes son muy cultos: leen a Lorca, van a la ópera, visitan exposiciones. ¿La sabiduría prolonga la vida?
Sí, Ruth toma clases de arte on line. Es tan inherente al ser humano, que es algo que se puede cultivar hasta el último día. Uno puede seguir aprendiendo. Toda esa curiosidad tiene que ver con el deseo de saber algo más del mundo, un motorcito vital, como una pila. No hay nada más lindo que saber que uno está aprendiendo. Se pueden empezar muchas cosas a esa edad.
El arte, ya que hablamos de cultura, es otro personaje en este libro.
Ruth hace el mismo uso que del siquiatra. Hay veces que es más fácil hablar a través de… que directo. El arte es un medio para preguntar, entender, cuestionar… para abrir, no para cerrar. Hay veces que en el diálogo con las amigas va por otro lado, pero cuando se vuelve más reflexiva el arte está allí servido.
La urgencia de estar apurados, todo el día corriendo, de la inmediatez… es falsa
Las dos nietas de la protagonista ¿están inspiradas en sus tres hijas?
Algunas cosas, sí. Mi madre les regaló la Odisea, por ejemplo, como en el libro. Nosotros somos seis hermanos (y tenemos un perro). Mi madre tiene un montón de nietos. He cogido de aquí y de allá. Es una mezcolanza.
¿Qué vejez le gustaría tener: en camisón y en la cocina, junto a la nevera como Ruth, u otra?
Me encanta esa mezcla que hace, a veces estar en la cocina junto a la heladera. Si tuviera que elegir un momento, sería ese. A veces está todo el día en la cocina y otras le da tiempo a hacer más cosas. La cuestión es cómo es el tiempo cuando uno tiene 82 años. La capacidad que tiene el tiempo de acortarse y estirarse. ¿Cuál va a ser mi agenda? De repente, uno tiene mucho tiempo para estar una semana metida en la cocina y otra para irse de viaje, eso es hermoso. Pero esa urgencia de estar apurados es falsa, la inmediatez todo el día corriendo. El tiempo en la vejez puede ser de otra manera, tener otro ritmo: ya no te controla tanto. Es cómo tú controlas a la edad.
20MINUTOS.ES – Cultura

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