La madrugada del 16 de agosto, las palabras «alpha scramble» despertaron a los dos pilotos españoles del F-18 que hacían guardia en la base aérea Mihail Kogălniceanu de Rumanía, a orillas del Mar Negro, a escasos kilómetros de la frontera con Ucrania. A diferencia de los simulacros diarios, esta vez la alarma era real: un dron ruso había violado el espacio aéreo rumano y ellos despegaron con la tarea de interceptarlo.
Desde que sonó la alarma hasta el despegue pasaron menos de quince minutos, y un total de hora y cuarto hasta que el dron fue derribado. En lo que va de mes, los pilotos españoles han respondido a cuatro alertas por presencia de drones rusos en Rumanía, la última el día 24 de septiembre.
«Parece probable y sensato que esas incursiones son deliberadas, se hacen a propósito, y en cierta medida se está viendo si existe primera respuesta por parte de la OTAN, si se está normalizando o no que se produzcan. Y estamos respondiendo sin ninguna duda», explica el teniente coronel del Ejército del Aire Borja Calvo, al frente del destacamento Paznic, que ejerce labores de policía aérea en la OTAN.
El destacamento está formado por 190 militares, siete cazas F-18, un avión A-400M, que puede realizar labores de repostaje en vuelo, y un radar, al que se le sumarán en octubre tres helicópteros NH90.
En tres semanas se han registrado más episodios ‘alpha’ que en cuatro meses de destacamentos anteriores, lo que, según Calvo, evidencia que Rusia está «continuamente testeando la capacidad de respuesta de la OTAN».
A diferencia del mar Báltico, no se ha detectado presencia de aviones de guerra y solo una de las 19 incursiones acabó con un derribo, la del pasado 16 de agosto. Se trataba de un dron Gerbera, capaz de transportar hasta cinco kilos de explosivos y volar a 65 kilómetros por hora. «Nosotros podemos saber qué tipo de dron es, pero no qué lleva dentro. Sea de cinco kilos o de 90, la orden está clara: derribarlo», ejemplifica.
Calvo considera «normal» que algunos drones rusos entren momentáneamente en el espacio aéreo rumano y regresen después a Ucrania por el carácter «sinuoso» de la frontera, así como que otros acaben en territorio rumano tras ser derribados por las defensas ucranianas.
El protocolo «alpha scramble», activado ante cualquier amenaza aérea, establece un máximo de quince minutos para el despegue. El contingente español se entrena a diario mediante simulacros «tango scramble» en los que participan tres cazas F-18 -dos activos y uno en reserva-, así como dos pilotos, un ‘watchkeeper’, un mecánico y un armero por avión.
Del entrenamiento a la práctica en quince minutos
Un caza F-18 cuenta con dos tipos de armamento: un cañón de 20 milímetros y puntos de carga para transportar misiles. A la hora de derribar un dron, la elección de un arma u otra no es baladí, ya que el cañón requiere que sea de día y estar a una distancia prudencial para no absorber los restos de la aeronave, mientras que los misiles infrarrojos se pueden utilizar de noche, como ocurrió el 16 de agosto.
En el aire, los dos aviones se dan apoyo mutuamente, de forma que mientras uno supervisa el alrededor, el otro se encarga del disparo. El protocolo es estricto: no se puede derribar sobre zonas habitadas, debe ser en territorio OTAN y no en Ucrania. «Nuestra guerra empieza aquí cuando suena la alarma», resume Calvo.
Además del destacamento Paznic, el Ejército del Aire mantiene operativo las 24 horas un radar de alerta temprana que vigila el espacio aéreo y transmite información a la OTAN. Unos 40 militares se encargan de su funcionamiento, mantenimiento y transmisión de datos, según explica el comandante José Alberto Escolar.
El radar, operativo desde 2011 y con un alcance de 240 millas, será sustituido a principios de 2027 por un LTR-25 fabricado en España, similar a los desplegados en territorio nacional. El actual superó en septiembre las 30.000 horas de funcionamiento.
«Con el nuevo radar, que operará en una frecuencia de banda distinta, será más fácil captar más aviones y detectará mejor a drones más pequeños», sostiene el comandante Escolar.
Maniobras en tierra junto al ejército rumano
En los polvorientos campos de Badabag, a varios kilómetros de la base aérea, la infantería de Marina está realizando maniobras junto al ejército rumano, integrados ambos en el grupo de batalla de la OTAN desplegado en el flanco este.
El objetivo de este grupo de batalla es adiestrarse junto a las tropas de otros países, disuadir la amenaza rusa y, llegado el caso, adoptar una posición de defensa.
El adiestramiento incluye guerra convencional de alta intensidad, guerra electrónica, ciberataques, defensa nuclear, biológica y química y el uso de drones, siempre presentes en los ejercicios.
Las unidades de infantería también emplean drones sobre el terreno para obtener información sobre el enemigo. La cabo Calero opera un Parrot Anafi USA, un cuadricóptero compacto con cámara térmica capaz de volar en condiciones meteorológicas adversas, con un radio de hasta cuatro kilómetros.
«Los drones hacen unas funciones que ayudan mucho al trabajo de los fusileros, ya que, al llegar al sitio, ya saben dónde está el enemigo. Y también somos capaces de determinar qué armamento llevan, su equipo, y toda esa información se la pasamos al capitán», resume.
La guerra en Ucrania ha convertido los drones en una herramienta cada vez más presente en los conflictos del este de Europa, también en zonas como el delta del Danubio, donde su presencia se ha convertido en una constante.
Los pilotos españoles han respondido a cuatro alertas por drones rusos en Rumanía este mes, en una misión de vigilancia que busca reforzar la respuesta ante las incursiones aéreas.
La madrugada del 16 de agosto, las palabras «alpha scramble» despertaron a los dos pilotos españoles del F-18 que hacían guardia en la base aérea Mihail Kogălniceanu de Rumanía, a orillas del Mar Negro, a escasos kilómetros de la frontera con Ucrania. A diferencia de los simulacros diarios, esta vez la alarma era real: un dron ruso había violado el espacio aéreo rumano y ellos despegaron con la tarea de interceptarlo.
Desde que sonó la alarma hasta el despegue pasaron menos de quince minutos, y un total de hora y cuarto hasta que el dron fue derribado. En lo que va de mes, los pilotos españoles han respondido a cuatro alertas por presencia de drones rusos en Rumanía, la última el día 24 de septiembre.
«Parece probable y sensato que esas incursiones son deliberadas, se hacen a propósito, y en cierta medida se está viendo si existe primera respuesta por parte de la OTAN, si se está normalizando o no que se produzcan. Y estamos respondiendo sin ninguna duda», explica el teniente coronel del Ejército del Aire Borja Calvo, al frente del destacamento Paznic, que ejerce labores de policía aérea en la OTAN.
El destacamento está formado por 190 militares, siete cazas F-18, un avión A-400M, que puede realizar labores de repostaje en vuelo, y un radar, al que se le sumarán en octubre tres helicópteros NH90.
En tres semanas se han registrado más episodios ‘alpha’ que en cuatro meses de destacamentos anteriores, lo que, según Calvo, evidencia que Rusia está «continuamente testeando la capacidad de respuesta de la OTAN».
A diferencia del mar Báltico, no se ha detectado presencia de aviones de guerra y solo una de las 19 incursiones acabó con un derribo, la del pasado 16 de agosto. Se trataba de un dron Gerbera, capaz de transportar hasta cinco kilos de explosivos y volar a 65 kilómetros por hora. «Nosotros podemos saber qué tipo de dron es, pero no qué lleva dentro. Sea de cinco kilos o de 90, la orden está clara: derribarlo», ejemplifica.
Calvo considera «normal» que algunos drones rusos entren momentáneamente en el espacio aéreo rumano y regresen después a Ucrania por el carácter «sinuoso» de la frontera, así como que otros acaben en territorio rumano tras ser derribados por las defensas ucranianas.
El protocolo «alpha scramble», activado ante cualquier amenaza aérea, establece un máximo de quince minutos para el despegue. El contingente español se entrena a diario mediante simulacros «tango scramble» en los que participan tres cazas F-18 -dos activos y uno en reserva-, así como dos pilotos, un ‘watchkeeper’, un mecánico y un armero por avión.
Del entrenamiento a la práctica en quince minutos
Un caza F-18 cuenta con dos tipos de armamento: un cañón de 20 milímetros y puntos de carga para transportar misiles. A la hora de derribar un dron, la elección de un arma u otra no es baladí, ya que el cañón requiere que sea de día y estar a una distancia prudencial para no absorber los restos de la aeronave, mientras que los misiles infrarrojos se pueden utilizar de noche, como ocurrió el 16 de agosto.
En el aire, los dos aviones se dan apoyo mutuamente, de forma que mientras uno supervisa el alrededor, el otro se encarga del disparo. El protocolo es estricto: no se puede derribar sobre zonas habitadas, debe ser en territorio OTAN y no en Ucrania. «Nuestra guerra empieza aquí cuando suena la alarma», resume Calvo.
Además del destacamento Paznic, el Ejército del Aire mantiene operativo las 24 horas un radar de alerta temprana que vigila el espacio aéreo y transmite información a la OTAN. Unos 40 militares se encargan de su funcionamiento, mantenimiento y transmisión de datos, según explica el comandante José Alberto Escolar.
El radar, operativo desde 2011 y con un alcance de 240 millas, será sustituido a principios de 2027 por un LTR-25 fabricado en España, similar a los desplegados en territorio nacional. El actual superó en septiembre las 30.000 horas de funcionamiento.
«Con el nuevo radar, que operará en una frecuencia de banda distinta, será más fácil captar más aviones y detectará mejor a drones más pequeños», sostiene el comandante Escolar.
Maniobras en tierra junto al ejército rumano
En los polvorientos campos de Badabag, a varios kilómetros de la base aérea, la infantería de Marina está realizando maniobras junto al ejército rumano, integrados ambos en el grupo de batalla de la OTAN desplegado en el flanco este.
El objetivo de este grupo de batalla es adiestrarse junto a las tropas de otros países, disuadir la amenaza rusa y, llegado el caso, adoptar una posición de defensa.
El adiestramiento incluye guerra convencional de alta intensidad, guerra electrónica, ciberataques, defensa nuclear, biológica y química y el uso de drones, siempre presentes en los ejercicios.
Las unidades de infantería también emplean drones sobre el terreno para obtener información sobre el enemigo. La cabo Calero opera un Parrot Anafi USA, un cuadricóptero compacto con cámara térmica capaz de volar en condiciones meteorológicas adversas, con un radio de hasta cuatro kilómetros.
«Los drones hacen unas funciones que ayudan mucho al trabajo de los fusileros, ya que, al llegar al sitio, ya saben dónde está el enemigo. Y también somos capaces de determinar qué armamento llevan, su equipo, y toda esa información se la pasamos al capitán», resume.
La guerra en Ucrania ha convertido los drones en una herramienta cada vez más presente en los conflictos del este de Europa, también en zonas como el delta del Danubio, donde su presencia se ha convertido en una constante.
20MINUTOS.ES – Internacional
