Cada vez es más frecuente encontrarse con ella. Una bandera que cuelga de balcones, ondea en algunas manifestaciones, aparece en pegatinas de coches o cosida en parches sobre mochilas y chaquetas. A menudo comparte espacio con otros símbolos asociados a la extrema derecha, como la bandera con el águila de San Juan —utilizada durante la dictadura franquista— o el yugo y las flechas de la Falange.
Su presencia en estos contextos hace que muchos la identifiquen automáticamente con el franquismo o con el carlismo. Sin embargo, la historia de esa cruz roja aspada sobre fondo blanco comienza varios siglos antes de la Guerra Civil y, de hecho, ni siquiera nació en España.
Según historiadores y expertos consultados por 20minutos, ambas etiquetas son, como mínimo, simplificaciones históricas. La conocida como Cruz de Borgoña fue uno de los emblemas de la Monarquía Hispánica, pero nunca su única bandera, y su origen se remonta al ducado de Borgoña, en la actual Francia y Bélgica. Su identificación con el carlismo, el franquismo o la extrema derecha es el resultado de un largo proceso de resignificación política que ha transformado por completo el significado original del símbolo.
«Se trata de un símbolo que nació hace más de cinco siglos y cuyo origen ni siquiera fue en España«, explica Óscar Villarroel González, catedrático de Historia Medieval en la Universidad Complutense de Madrid. La Cruz de Borgoña surgió como emblema de los duques de Borgoña en los siglos XIV y XV y llegó a la Monarquía Hispánica tras el matrimonio de Juana de Castilla con Felipe el Hermoso. Bajo los Austrias se utilizó ampliamente en el ámbito militar, pero nunca fue la única enseña de la monarquía.
«No fue la única bandera ni una bandera oficial. Fue simplemente una más», insiste Villarroel. Por eso considera erróneo el uso que hacen hoy algunos grupos políticos. «Cuando la venden como la bandera del Imperio español están intentando engañar, porque no es cierto«, afirma. «Es una media verdad».
El historiador va más allá y señala que la utilización actual del símbolo revela con frecuencia un conocimiento muy superficial de su origen, «cuando se conoce la historia de esta simbología, su uso como supuesta bandera del Imperio español se ve como una utilización inculta o deliberadamente manipuladora«.
José Manuel Erbez, secretario de la Sociedad Española de Vexilología, reconoce que la Cruz de Borgoña fue «un símbolo muy distintivo» de la Monarquía Hispánica y estuvo presente en las banderas militares españolas desde el siglo XVI, pero recuerda que su significado cambió radicalmente en el siglo XX. «Es en la Segunda República cuando adquiere un carácter mucho más político», explica.
La milicia carlista del Requeté la adoptó como enseña propia y, tras el golpe de Estado de 1936, pasó a formar parte de la simbología del bando sublevado y posteriormente del franquismo, junto al yugo y las flechas de Falange. «Es en ese momento cuando deja de ser simplemente un símbolo histórico militar y se convierte en un emblema identificado con una corriente política concreta«, resume Erbez.
Esa transformación es clave para entender su presencia actual. Aunque algunos de quienes la exhiben apelan a su supuesto carácter imperial o histórico, el vexilólogo considera que ese argumento funciona más como una justificación que como una explicación. «Cuando alguien pone una bandera de este tipo o la usa está haciendo una manifestación política», sostiene. A su juicio, quien la exhibe públicamente «se está identificando con una tendencia que hoy por hoy se corresponde con un sector de la ultraderecha española«.
Eduardo González Calleja, Profesor Titular de Historia Contemporánea en la Universidad Carlos III de Madrid, sitúa esa apropiación en el siglo XIX, cuando la monarquía sufría una crisis tras no tener herederos varones después del reinado de Fernando VII, surge un movimiento «contrarrevolucionario, antiliberal y profundamente católico», que defendía el reinado de Carlos María Isidro de Borbón, frente al de su hija Isabel II.
La adopción de la Cruz de Borgoña por el Requeté consolidó un vínculo que todavía hoy condiciona la percepción pública del símbolo. Sin embargo, advierte de que muchos de quienes la utilizan probablemente desconocen toda la trayectoria histórica que arrastra.
El fenómeno tampoco es exclusivo de España. Erbez recuerda que en Alemania la legislación impide exhibir gran parte de la simbología nazi, por lo que determinados grupos de extrema derecha han recuperado otros emblemas históricos, como la bandera del antiguo Imperio alemán de colores negro, blanco y rojo. «Es una forma de rechazar la bandera oficial que representa a la democracia alemana», explica. El mecanismo es similar: recurrir a un símbolo antiguo, atribuirle una continuidad histórica idealizada y utilizarlo como marcador identitario en el presente.
En el caso español, esa idealización suele apoyarse en una imagen simplificada del pasado imperial. Villarroel recuerda que la Cruz de Borgoña «ni siquiera es un símbolo originalmente español; procede de la zona de la actual Bélgica» y que su identificación exclusiva con el Imperio español responde más a un relato político contemporáneo que a la realidad histórica.
Por eso, más que una bandera recuperada del pasado, la Cruz de Borgoña se ha convertido en un ejemplo de cómo los símbolos históricos pueden ser reinterpretados —y a veces utilizados de forma históricamente imprecisa— para construir identidades políticas actuales. «Los tradicionalistas en el siglo XIX, igual que hoy la extrema derecha, buscaron legitimarse utilizando el pasado», concluye Villarroel.
“Se trata de un símbolo que nació hace más de cinco siglos y cuyo origen ni siquiera fue en España”, explica Óscar Villarroel González, catedrático de Historia Medieval en la Universidad Complutense de Madrid.
Cada vez es más frecuente encontrarse con ella. Una bandera que cuelga de balcones, ondea en algunas manifestaciones, aparece en pegatinas de coches o cosida en parches sobre mochilas y chaquetas. A menudo comparte espacio con otros símbolos asociados a la extrema derecha, como la bandera con el águila de San Juan —utilizada durante la dictadura franquista— o el yugo y las flechas de la Falange.
Su presencia en estos contextos hace que muchos la identifiquen automáticamente con el franquismo o con el carlismo. Sin embargo, la historia de esa cruz roja aspada sobre fondo blanco comienza varios siglos antes de la Guerra Civil y, de hecho, ni siquiera nació en España.
Según historiadores y expertos consultados por 20minutos, ambas etiquetas son, como mínimo, simplificaciones históricas. La conocida como Cruz de Borgoña fue uno de los emblemas de la Monarquía Hispánica, pero nunca su única bandera, y su origen se remonta al ducado de Borgoña, en la actual Francia y Bélgica. Su identificación con el carlismo, el franquismo o la extrema derecha es el resultado de un largo proceso de resignificación política que ha transformado por completo el significado original del símbolo.
«Se trata de un símbolo que nació hace más de cinco siglos y cuyo origen ni siquiera fue en España«, explica Óscar Villarroel González, catedrático de Historia Medieval en la Universidad Complutense de Madrid. La Cruz de Borgoña surgió como emblema de los duques de Borgoña en los siglos XIV y XV y llegó a la Monarquía Hispánica tras el matrimonio de Juana de Castilla con Felipe el Hermoso. Bajo los Austrias se utilizó ampliamente en el ámbito militar, pero nunca fue la única enseña de la monarquía.
«No fue la única bandera ni una bandera oficial. Fue simplemente una más», insiste Villarroel. Por eso considera erróneo el uso que hacen hoy algunos grupos políticos. «Cuando la venden como la bandera del Imperio español están intentando engañar, porque no es cierto«, afirma. «Es una media verdad».
El historiador va más allá y señala que la utilización actual del símbolo revela con frecuencia un conocimiento muy superficial de su origen, «cuando se conoce la historia de esta simbología, su uso como supuesta bandera del Imperio español se ve como una utilización inculta o deliberadamente manipuladora«.
José Manuel Erbez, secretario de la Sociedad Española de Vexilología, reconoce que la Cruz de Borgoña fue «un símbolo muy distintivo» de la Monarquía Hispánica y estuvo presente en las banderas militares españolas desde el siglo XVI, pero recuerda que su significado cambió radicalmente en el siglo XX. «Es en la Segunda República cuando adquiere un carácter mucho más político», explica.
La milicia carlista del Requeté la adoptó como enseña propia y, tras el golpe de Estado de 1936, pasó a formar parte de la simbología del bando sublevado y posteriormente del franquismo, junto al yugo y las flechas de Falange. «Es en ese momento cuando deja de ser simplemente un símbolo histórico militar y se convierte en un emblema identificado con una corriente política concreta«, resume Erbez.
Esa transformación es clave para entender su presencia actual. Aunque algunos de quienes la exhiben apelan a su supuesto carácter imperial o histórico, el vexilólogo considera que ese argumento funciona más como una justificación que como una explicación. «Cuando alguien pone una bandera de este tipo o la usa está haciendo una manifestación política», sostiene. A su juicio, quien la exhibe públicamente «se está identificando con una tendencia que hoy por hoy se corresponde con un sector de la ultraderecha española«.
Eduardo González Calleja, Profesor Titular de Historia Contemporánea en la Universidad Carlos III de Madrid, sitúa esa apropiación en el siglo XIX, cuando la monarquía sufría una crisis tras no tener herederos varones después del reinado de Fernando VII, surge un movimiento «contrarrevolucionario, antiliberal y profundamente católico», que defendía el reinado de Carlos María Isidro de Borbón, frente al de su hija Isabel II.
La adopción de la Cruz de Borgoña por el Requeté consolidó un vínculo que todavía hoy condiciona la percepción pública del símbolo. Sin embargo, advierte de que muchos de quienes la utilizan probablemente desconocen toda la trayectoria histórica que arrastra.
El fenómeno tampoco es exclusivo de España. Erbez recuerda que en Alemania la legislación impide exhibir gran parte de la simbología nazi, por lo que determinados grupos de extrema derecha han recuperado otros emblemas históricos, como la bandera del antiguo Imperio alemán de colores negro, blanco y rojo. «Es una forma de rechazar la bandera oficial que representa a la democracia alemana», explica. El mecanismo es similar: recurrir a un símbolo antiguo, atribuirle una continuidad histórica idealizada y utilizarlo como marcador identitario en el presente.
En el caso español, esa idealización suele apoyarse en una imagen simplificada del pasado imperial. Villarroel recuerda que la Cruz de Borgoña «ni siquiera es un símbolo originalmente español; procede de la zona de la actual Bélgica» y que su identificación exclusiva con el Imperio español responde más a un relato político contemporáneo que a la realidad histórica.
Por eso, más que una bandera recuperada del pasado, la Cruz de Borgoña se ha convertido en un ejemplo de cómo los símbolos históricos pueden ser reinterpretados —y a veces utilizados de forma históricamente imprecisa— para construir identidades políticas actuales. «Los tradicionalistas en el siglo XIX, igual que hoy la extrema derecha, buscaron legitimarse utilizando el pasado», concluye Villarroel.
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