Julieta Venegas publica en España Norteña, memorias del comienzo (Las Afueras, 2026), una sucesión de recuerdos e instantes que hacen las veces de biografía. La artista que cambió el paradigma de la cantante solista en toda Latioamérica y que llegó a España en el cambio de siglo, cuando empezábamos a creer en las posibilidades del rock cantado en nuestro idioma, nos ofrece una serie de semillas, apuntes y guiños sobre su vida, primero en Tijuana, luego en Ciudad de México, colocando el punto y aparte (que no final), con su llegada a Los Ángeles para grabar su primer LP. Una niña de la frontera convertida en estrella del rock.
La primera parte, la infancia y la juventud: Tijuana, la frontera de México y USA. Nombres como Sr. Bocina y José José. Julieta, una y otra vez, recuerda, en una frontera infinita, la extensión urbana, geográfica, la mezcla. Imagina, la hermana gemela, ella y Julieta, en un plano urbanístico y sentimental. El comienzo es volver al pasado, el pasado es la familia y la ciudad, la primera, Tijuana. Me detengo, pienso en Rubén Scaramuzzino, en los tiempos que nos contaba, con detalle, la electrónica de Tijuana y Monterrey, el hiphop mexicano, lejos y cerca. Piensa en el punk, también, claro.
Allí, Julieta recuerda aquellos conciertos en los centros culturales. Y cita, claro, dos momentos claves, Mano Negra y The Sugarcubes. Es, evidente, de dónde salen sus influencias, el primer rock latino y la actitud de un icono, Björk, que cambiará la idea de la música popular y la mujer. Hermana gemela, casetes y novios. Tijuana y sus esquinas, Tijuana como un ojo monstruoso que vigila y acompaña. Como sus cambios, sus movimientos, nunca se detienen. Ella, notando cómo las semillas de Tijuana y la relación con su familia, acabará siendo el sustrato de su obra futuro. Leo a Julieta y me siento identificado, ella con Tijuana y yo con Zaragoza: «Nadie se ocupó de imaginar la ciudad porque ya estaba construyéndose».
El agua del Pacífico está fría y está sucia, pero es agua. Mar y océano. Ella escribe: «Y me encuentro con que, después de irme, cuando pienso en mi lugar, siempre imagino ese lugar», como una manera de intercambio y de ósmosis. En la parte de las canciones, la familia, la madre, que la anima a montar una banda. Llevan, siempre, una casetera, una mezcla, con lo homogéneo de Tijuana-Baja California, incluye a Pedro Infante, José José, Rocío Durcal, The Cure y Juan Gabriel. Es momento de pensar qué haría Camilo Lara por aquella época, ¿soñaría ya con Morrissey? ¿Sabía que acabaría fichando a TITÁN y Plastilina Mosh para que todo el mundo los conociera? Mientras, los instrumentales de surf, lleno de alquitrán y sirenas y tritones.
Julieta, de nuevo: «En el fondo quería hacer canciones que mi padre disfrutara». Tres: Piano, acordeón, caja de ritmos. Escucho acordeón y recuerdo la opción Garibaldi de Infinito con Enrique Bunbury, aunque, para eso, falta mucho. Es un tiempo de sala de ensayos, de grabadoras chiquititas, de demos y algún amigo que tiene un ordenador potente para guardar aquellos esbozos. ¿Julieta, quieres cantar? ¿Qué rola quieres hacer? Los chicos no lloran.
Julieta Venegas está en Tijuana No! Y los deja antes del primer disco. Recuerdo pinchar un millón de veces, en el Mar de Dios, el Candy Warhol, en la Casa Magnética y el Bacharach, la versión de Spanish Bombs de Tijuana No!, imitar a Joe Strummer con un fraseo de mexicano, la inflexión que mejora el tema. Venía en un mini-CD de Zona de Obras. Había uno también de Julieta Venegas. Lo busco. Especial número 5 «Calaveras y Diablitos» y, además de los Fabulosos Cádillacs, Maldita Vecindad y Aterciopelados… Aparecía Esta vez del primer LP de Julieta.
En las bandas de la época Julieta y su amiga Ceci baila y cantan, se disfrazan de colores brillantes, sueñan con las panderetas y los teclados de los The B-52’s. Las canciones de Café Tacvba y Caifanes, salir y tocar, conciertos, teatros, centros culturales. ¿Y Los Maldita Vecindad parece que llaman a Julieta, que en 1995 recibe la llamada de la Ciudad de México? Y las preguntas: «¿Para qué te vas? ¿Para qué me quedo?» y los deseos de Julieta: «Que sea mía, que yo sea habitante de ella».
Y allí, en el Leviatán de Ciudad de México, Julieta recorre en autobús, de pequeños trabajos a lugares perdidos, leyendo, escribiendo, ideas, notas, melodías, pedacitos de lo que serán canciones para los tres lustros siguientes. En el reproductor, una y otra vez, una mezcla de Bronco, Serena, Beck y, sí, otra vez, Juan Gabriel: «Viajar para hacer que el tiempo se introduzca en ella
Aparición de Joselo, de Café Tacvba. Leer a Tolstói y Gustave Flaubert. Mientras los Café Tacvba escriben su segundo disco, Joselo y Julieta viven una historia de amor, efímero, pero de eso que marcan. Julieta en Ciudad de México, un puntito breve en la geografía de la ciudad, una minicasa que la introduce en el gran monstruo, cuando no todo estaba a tu alcance, en el barrio del Rubí, los caprichos del azar.
Cuando no estaba todo a tu alcance, lo que estaba debía ser descubierto, prestado, comprado de segunda mano, fotocopiado, mil veces revisado y, sobre todo ENCONTRADO. En la época en la que las cosas no se buscaban, tenían que salirte a tu encuentro. Como quien prepara un viaje que va a durar para siempre. Julieta Venegas dice en el libro:«Quería bordarme en esta ciudad, ser parte de ella». Hacer collages, mezclar recortes, escuchar una canción de Cecilia Toussaint.
Descubrir a Cecilia Toussaint con el cd de verde de ZdO. ESTA CIUDAD ES MÍA.
La aparición de Francisco. Un viraje en la obra de Julieta. Una canción, una maqueta de Frontera. Julieta y el teatro, Julieta y los cortos: actuar, crear ambientes, bandas sonoras, más allá de las letras y las melodías, usar el piano clásico y mezclarlo con la caja de ritmos. Crear un personaje para ella, una mujer de frontera, otra vez la frontera: Tijuana. Volver a Tijuana. Volver a Zona de obras. Francisco, como otros mexicanos, es capaz de convertir la tradición en algo moderno: un repertorio de canciones antiguas, que unen a padres con hijos: «El silencio era siempre ocupado por esas cosas, las cosas sin decir, las incomprendidas, se cantaban con letras románticas, letras revolucionarias».
Julieta habla del silencio en su familia, un silencio que existía en otras familias, que parecía habitarlo todo. Libros de Jorge Ibargüengoitia y de Juanjosé Becerra. Los discos, las canciones, seguían en paralelo a su labor como actriz, en las bambalinas. Es momento para recordar que era un tiempo en el que los discos había que grabarlos y pagarlos, en estudios, horas que tenía que poner alguien, discos que, al menos luego, se vendían. Una obra llamada Calígula y otra donde se usaban textos de Paul Auster. La chica del acordeón buscando su lugar entre los personajes de Lars von Trier. Y, otra vez, se aparta Julieta. La canción exige dedicación plena, dedicación pura: «Esta ciudad te atrapa, llegas aquí y no te puedes ir». Julieta Venegas caminando por Colonia Roma, sin creer en la soledad, sin saber que Buenos Aires le esperaba. Muchos años después.
Amor en las canciones, de la cabeza a la fantasía y de la fantasía a las canciones. Y el acordeón. Otra vez recordar la colaboración con Bunbury. Pero también la belleza del instrumento en los temas de Los Lobos, Tom Waits y Los Tigres del Norte. En la Argentina, un frente a frente entre Andrés Calamaro y Vicentico.
Y en España, lo dicho, Bunbury, de cantina en cantina, acompañado por Jorge Rebenaque. Volver a escuchar De mis pasos, con esa mezcla única de acordeón y caja de ritmos. Es momento de ponerse seria con las canciones: Joselo le presta su ingeniero de sonido, graba con acordeón, teclado y caja de ritmos. Contactar con Gustavo Santaolalla, músico argentino, que había sido parte de la fundación del rock nacional argentino en Arcoiris y que estaba grabando a algunas de las bandas más interesantes del nuevo sonido mexicano, para grandes compañías y para su sello SURCO. Sin Rubén, sin Zona de Obras, no nos hubiéramos enterado de nada en España.
Gustavo, con sus producciones mexicanas, con su proyecto Bajotango Club, que sedujo a muchos de nosotros, amantes de la cultura latinoamericana, mucho más auténtica, separada de la anglosajona, grabando con León Gieco… Pero sobre todo, aquella película, y aquella banda sonora, Amores Perros, donde va desde Molotov a Titán pasando por versiones chicanas de Nacha Pop y, claro, Julieta Venegas.
La milagrosa es Julieta Venegas. Una banda en directo con percusión y sin guitarras. No es tan raro, teniendo que en cuenta que Café Tacvba nunca han tenido un miembro oficial en la batería. El primer disco. Más que sus canciones recuerdo los afiches de la época. Del Zona de Obras, de los periódicos gratuitos que repartían en la facultad. Esos azules y verdes profundos y acuosos. Sin ser afterpunk, ese rostro muy pálido y delicado, frágil, pero imponente, Julieta Venegas cambiaba muchos de los paradigmas de la época, solista y cantando en español. 1997, Era el primer disco. Acabo de empezar la facultad. Ya se acerca Honestidad Brutal y Pequeño. Sabéis de lo que hablo. Y Julieta, siempre Julieta.
¿Y aquellas fotos, Octavio? Son de otro tiempo, otro lugar, en Pirineos Sur, con María Gabriela Epumer y Aterciopelados. Ella venía con Nacho Mastretta. Quizá sea lugar para otro artículo, otro libro, no sé. Busco, claro, quién y cuándo: lunes, 23 julio 2001. Estaba presentando Bueninvento. Tengo fotos. ¿No te vas más atrás? En dos pasos, primero julio de 2016, el día del monográfico en Espíritu de Margot de Comunidad Sonora, en Aragón Radio, sobre el concierto de Calaveras y Diablitos en Zaragoza. Busco el texto: En el año 1998 la revista EFE EME no llevaba más de un par de números de vida. En Zaragoza abríamos las ventanas al mundo leyendo el Zona de Obras. Alberto Genzor tenía una sección en CANAL 60 los orígenes de la televisión regional que se llamaba Backline. Blondie habían vuelto, John Waters estrenaba Pecker sin saber que serviría de inspiración a un músico oscense…y faltaba un año para que hiciéramos el primer número de Confesiones de Margot.
En otoño de 1998 en una gira que visitó Valencia, Granada, Sevilla, Barcelona y Madrid, tres bandas y una solista que recogían lo mejor de lo nuevo y de lo clásico en el pop latinoamericano recorrían la geografía española. Por fina había algo más que rock anglosajón. Mezclando sin complejos, folk y guitarras, actitud y carisma. El 9 de octubre en la sala Multiusos de Zaragoza finalizaba la gira Calaveras y Diablitos, inspirada en el tema homónimo de los Fabulosos Cadillacs, la banda principal en el cartel de la gira y que también era responsable del cañonazo Matador. Y Los Maldita vecindad y los Aterciopelados. Pero también: y la muchachita que abrió aquel concierto. Solo hizo seis temas.
Más que nada porque había debutado el 27 de marzo de 1997 con un disco producido por el gurú Gustavo Santaolalla (un argentino que había sido parte del rock pesado en la Argentina de los setenta y que se había consolidado como productor y años después renovador del tango y la electrónica en los Bajofondo Tango Club) que se llamaba Aquí. Ella era Julieta Venegas y aún faltarían unos cuantos años para que fuera conocida mundialmente. Nos abrieron los ojos. De allí saltamos muchos a Spinetta, a Fito y a Charly, a los Soda Stereo o las Víctimas del Doctor Cerebro. También a Os Mutantes, Os Paralamas, el rock portugués, los sellos franceses y Jovanotti en Italia. Había vida más allá de las camisas a cuadros y los hooligans del brit pop. Además podías decir que te gustaba el tango y el bolero y no pasaba nada. El nueve de octubre de 1998, el Zona de Obras… Buenos Aires Zaragoza…y siempre caía algún bolero.
Supongo que en un libro que es un ejercicio de memoria y pasión, de recordar los orígenes y lo que está por venir
Supongo que en un libro que es un ejercicio de memoria y pasión, de recordar los orígenes y lo que está por venir se me permite esté instante, que lo resume todo, que me da la fuerza para seguir, porque está terminando, el disco, la reseña, el libro, por supuesto: Julieta, al comienzo, prefiere componer a contar, durante la grabación de su primer LP, en Los Ángeles, con Gustavo Santaolalla y Aníbal Kerpel toman los temas sacados de su primitivo teclado 01/W de Korg para volcarlo en un secuenciador y de allí, de lo digital, llevar las pistas y aprovecharlas, hasta una grabadora de cuatro canales, para luego volcar y mezclar o reinterpretar con instrumentos acústicos. Cambiar lo digital por analógico.
Nadie, nunca, pensaría que Julieta Venegas, aún tocando los botones de una caja de ritmos, no fuera una artista orgánica.
Es importante, como he comentado antes, darnos cuenta de que existe una relación con el tiempo, el momento y el lugar, en el que este disco se grabó: cuando todavía hacía falta que una compañía te diera el dinero para grabarlo, un tiempo en el que todavía se vendían discos, un momento en el que las grabaciones caseras no eran, ni mucho menos, tan habituales. Había algunos ordenadores, las primeras grabadoras de cedés (en realidad los primeros discos de Julieta recuerdo haberlos tostado en la tienda de alquiler de la Plaza San Francisco de Zaragoza).
Aquellas canciones, quizá no las mejores, pero sí las que ella había amasado durante un tiempo, fueron la semilla de los grandes éxitos que vendrían después. Podría hacer un listado de una docena de temas increíbles: he escuchado, con atención y, en algunos casos, devoción, Bueninvento (2000), Sí (2003) y Limón y sal de 2006. Luego me separé un poco, lo admito. Pero ahora, gracias a este volumen y al disco Tu Historia (ojo, que vamos con un poco de retraso) que venía acompañando esta obra.
Ahora, veo, leo, que Julieta vive en Buenos Aires. Sabíamos de su gusto por Soda Stereo, claro. También pasó una época por España, pero este libro es otra cosa. Es la semilla. Una Julieta que busca y comienza a encontrarse en dos ciudades, en dos y tres vidas, en tres y cuatro proyectos, en el aprendizaje que le servirá de sustrato para el resto de su existencia.
Cito (o creo citar), la memoria me obsesiona en este momento que escribo unas memorias, termino un libro sobre la memoria. Se quedó, nos quedamos, con las palabras y las melodías, los libros y las canciones, las ciudades que son, junto a la familia, protagonistas definitivas de este libro, génesis de una voz importante de la cultura en nuestro idioma.
El semillero de Julieta Venegas, un recuerdo a su pasado para completar nuestro presente
Julieta Venegas publica en España Norteña, memorias del comienzo (Las Afueras, 2026), una sucesión de recuerdos e instantes que hacen las veces de biografía. La artista que cambió el paradigma de la cantante solista en toda Latioamérica y que llegó a España en el cambio de siglo, cuando empezábamos a creer en las posibilidades del rock cantado en nuestro idioma, nos ofrece una serie de semillas, apuntes y guiños sobre su vida, primero en Tijuana, luego en Ciudad de México, colocando el punto y aparte (que no final), con su llegada a Los Ángeles para grabar su primer LP. Una niña de la frontera convertida en estrella del rock.

La primera parte, la infancia y la juventud: Tijuana, la frontera de México y USA. Nombres como Sr. Bocina y José José. Julieta, una y otra vez, recuerda, en una frontera infinita, la extensión urbana, geográfica, la mezcla. Imagina, la hermana gemela, ella y Julieta, en un plano urbanístico y sentimental. El comienzo es volver al pasado, el pasado es la familia y la ciudad, la primera, Tijuana. Me detengo, pienso en Rubén Scaramuzzino, en los tiempos que nos contaba, con detalle, la electrónica de Tijuana y Monterrey, el hiphop mexicano, lejos y cerca. Piensa en el punk, también, claro.

Allí, Julieta recuerda aquellos conciertos en los centros culturales. Y cita, claro, dos momentos claves, Mano Negra y The Sugarcubes. Es, evidente, de dónde salen sus influencias, el primer rock latino y la actitud de un icono, Björk, que cambiará la idea de la música popular y la mujer. Hermana gemela, casetes y novios. Tijuana y sus esquinas, Tijuana como un ojo monstruoso que vigila y acompaña. Como sus cambios, sus movimientos, nunca se detienen. Ella, notando cómo las semillas de Tijuana y la relación con su familia, acabará siendo el sustrato de su obra futuro. Leo a Julieta y me siento identificado, ella con Tijuana y yo con Zaragoza: «Nadie se ocupó de imaginar la ciudad porque ya estaba construyéndose».

El agua del Pacífico está fría y está sucia, pero es agua. Mar y océano. Ella escribe: «Y me encuentro con que, después de irme, cuando pienso en mi lugar, siempre imagino ese lugar», como una manera de intercambio y de ósmosis. En la parte de las canciones, la familia, la madre, que la anima a montar una banda. Llevan, siempre, una casetera, una mezcla, con lo homogéneo de Tijuana-Baja California, incluye a Pedro Infante, José José, Rocío Durcal, The Cure y Juan Gabriel. Es momento de pensar qué haría Camilo Lara por aquella época, ¿soñaría ya con Morrissey? ¿Sabía que acabaría fichando a TITÁN y Plastilina Mosh para que todo el mundo los conociera? Mientras, los instrumentales de surf, lleno de alquitrán y sirenas y tritones.
Julieta, de nuevo: «En el fondo quería hacer canciones que mi padre disfrutara». Tres: Piano, acordeón, caja de ritmos. Escucho acordeón y recuerdo la opción Garibaldi de Infinito con Enrique Bunbury, aunque, para eso, falta mucho. Es un tiempo de sala de ensayos, de grabadoras chiquititas, de demos y algún amigo que tiene un ordenador potente para guardar aquellos esbozos. ¿Julieta, quieres cantar? ¿Qué rola quieres hacer? Los chicos no lloran.
Julieta Venegas está en Tijuana No! Y los deja antes del primer disco. Recuerdo pinchar un millón de veces, en el Mar de Dios, el Candy Warhol, en la Casa Magnética y el Bacharach, la versión de Spanish Bombs de Tijuana No!, imitar a Joe Strummer con un fraseo de mexicano, la inflexión que mejora el tema. Venía en un mini-CD de Zona de Obras. Había uno también de Julieta Venegas. Lo busco. Especial número 5 «Calaveras y Diablitos» y, además de los Fabulosos Cádillacs, Maldita Vecindad y Aterciopelados… Aparecía Esta vez del primer LP de Julieta.

En las bandas de la época Julieta y su amiga Ceci baila y cantan, se disfrazan de colores brillantes, sueñan con las panderetas y los teclados de los The B-52’s. Las canciones de Café Tacvba y Caifanes, salir y tocar, conciertos, teatros, centros culturales. ¿Y Los Maldita Vecindad parece que llaman a Julieta, que en 1995 recibe la llamada de la Ciudad de México? Y las preguntas: «¿Para qué te vas? ¿Para qué me quedo?» y los deseos de Julieta: «Que sea mía, que yo sea habitante de ella».

Y allí, en el Leviatán de Ciudad de México, Julieta recorre en autobús, de pequeños trabajos a lugares perdidos, leyendo, escribiendo, ideas, notas, melodías, pedacitos de lo que serán canciones para los tres lustros siguientes. En el reproductor, una y otra vez, una mezcla de Bronco, Serena, Beck y, sí, otra vez, Juan Gabriel: «Viajar para hacer que el tiempo se introduzca en ella
Aparición de Joselo, de Café Tacvba. Leer a Tolstói y Gustave Flaubert. Mientras los Café Tacvba escriben su segundo disco, Joselo y Julieta viven una historia de amor, efímero, pero de eso que marcan. Julieta en Ciudad de México, un puntito breve en la geografía de la ciudad, una minicasa que la introduce en el gran monstruo, cuando no todo estaba a tu alcance, en el barrio del Rubí, los caprichos del azar.

Cuando no estaba todo a tu alcance, lo que estaba debía ser descubierto, prestado, comprado de segunda mano, fotocopiado, mil veces revisado y, sobre todo ENCONTRADO. En la época en la que las cosas no se buscaban, tenían que salirte a tu encuentro. Como quien prepara un viaje que va a durar para siempre. Julieta Venegas dice en el libro:«Quería bordarme en esta ciudad, ser parte de ella». Hacer collages, mezclar recortes, escuchar una canción de Cecilia Toussaint.
Descubrir a Cecilia Toussaint con el cd de verde de ZdO. ESTA CIUDAD ES MÍA.

La aparición de Francisco. Un viraje en la obra de Julieta. Una canción, una maqueta de Frontera. Julieta y el teatro, Julieta y los cortos: actuar, crear ambientes, bandas sonoras, más allá de las letras y las melodías, usar el piano clásico y mezclarlo con la caja de ritmos. Crear un personaje para ella, una mujer de frontera, otra vez la frontera: Tijuana. Volver a Tijuana. Volver a Zona de obras. Francisco, como otros mexicanos, es capaz de convertir la tradición en algo moderno: un repertorio de canciones antiguas, que unen a padres con hijos: «El silencio era siempre ocupado por esas cosas, las cosas sin decir, las incomprendidas, se cantaban con letras románticas, letras revolucionarias».

Julieta habla del silencio en su familia, un silencio que existía en otras familias, que parecía habitarlo todo. Libros de Jorge Ibargüengoitia y de Juanjosé Becerra. Los discos, las canciones, seguían en paralelo a su labor como actriz, en las bambalinas. Es momento para recordar que era un tiempo en el que los discos había que grabarlos y pagarlos, en estudios, horas que tenía que poner alguien, discos que, al menos luego, se vendían. Una obra llamada Calígula y otra donde se usaban textos de Paul Auster. La chica del acordeón buscando su lugar entre los personajes de Lars von Trier. Y, otra vez, se aparta Julieta. La canción exige dedicación plena, dedicación pura: «Esta ciudad te atrapa, llegas aquí y no te puedes ir». Julieta Venegas caminando por Colonia Roma, sin creer en la soledad, sin saber que Buenos Aires le esperaba. Muchos años después.

Amor en las canciones, de la cabeza a la fantasía y de la fantasía a las canciones. Y el acordeón. Otra vez recordar la colaboración con Bunbury. Pero también la belleza del instrumento en los temas de Los Lobos, Tom Waits y Los Tigres del Norte. En la Argentina, un frente a frente entre Andrés Calamaro y Vicentico.
Y en España, lo dicho, Bunbury, de cantina en cantina, acompañado por Jorge Rebenaque. Volver a escuchar De mis pasos, con esa mezcla única de acordeón y caja de ritmos. Es momento de ponerse seria con las canciones: Joselo le presta su ingeniero de sonido, graba con acordeón, teclado y caja de ritmos. Contactar con Gustavo Santaolalla, músico argentino, que había sido parte de la fundación del rock nacional argentino en Arcoiris y que estaba grabando a algunas de las bandas más interesantes del nuevo sonido mexicano, para grandes compañías y para su sello SURCO.Sin Rubén, sin Zona de Obras, no nos hubiéramos enterado de nada en España.

Gustavo, con sus producciones mexicanas, con su proyecto Bajotango Club, que sedujo a muchos de nosotros, amantes de la cultura latinoamericana, mucho más auténtica, separada de la anglosajona, grabando con León Gieco… Pero sobre todo, aquella película, y aquella banda sonora, Amores Perros, donde va desde Molotov a Titán pasando por versiones chicanas de Nacha Pop y, claro, Julieta Venegas.

La milagrosa es Julieta Venegas. Una banda en directo con percusión y sin guitarras. No es tan raro, teniendo que en cuenta que Café Tacvba nunca han tenido un miembro oficial en la batería. El primer disco. Más que sus canciones recuerdo los afiches de la época. Del Zona de Obras, de los periódicos gratuitos que repartían en la facultad. Esos azules y verdes profundos y acuosos. Sin ser afterpunk, ese rostro muy pálido y delicado, frágil, pero imponente, Julieta Venegas cambiaba muchos de los paradigmas de la época, solista y cantando en español. 1997, Era el primer disco. Acabo de empezar la facultad. Ya se acerca Honestidad Brutal y Pequeño. Sabéis de lo que hablo. Y Julieta, siempre Julieta.

¿Y aquellas fotos, Octavio? Son de otro tiempo, otro lugar, en Pirineos Sur, con María Gabriela Epumer y Aterciopelados. Ella venía con Nacho Mastretta. Quizá sea lugar para otro artículo, otro libro, no sé. Busco, claro, quién y cuándo: lunes, 23 julio 2001. Estaba presentando Bueninvento. Tengo fotos. ¿No te vas más atrás? En dos pasos, primero julio de 2016, el día del monográfico en Espíritu de Margot de Comunidad Sonora, en Aragón Radio, sobre el concierto de Calaveras y Diablitos en Zaragoza. Busco el texto: En el año 1998 la revista EFE EME no llevaba más de un par de números de vida. En Zaragoza abríamos las ventanas al mundo leyendo el Zona de Obras. Alberto Genzor tenía una sección en CANAL 60 los orígenes de la televisión regional que se llamaba Backline. Blondie habían vuelto, John Waters estrenaba Pecker sin saber que serviría de inspiración a un músico oscense…y faltaba un año para que hiciéramos el primer número de Confesiones de Margot.

En otoño de 1998 en una gira que visitó Valencia, Granada, Sevilla, Barcelona y Madrid, tres bandas y una solista que recogían lo mejor de lo nuevo y de lo clásico en el pop latinoamericano recorrían la geografía española. Por fina había algo más que rock anglosajón. Mezclando sin complejos, folk y guitarras, actitud y carisma. El 9 de octubre en la sala Multiusos de Zaragoza finalizaba la gira Calaveras y Diablitos, inspirada en el tema homónimo de los Fabulosos Cadillacs, la banda principal en el cartel de la gira y que también era responsable del cañonazo Matador. Y Los Maldita vecindad y los Aterciopelados. Pero también: y la muchachita que abrió aquel concierto. Solo hizo seis temas.

Más que nada porque había debutado el 27 de marzo de 1997 con un disco producido por el gurú Gustavo Santaolalla (un argentino que había sido parte del rock pesado en la Argentina de los setenta y que se había consolidado como productor y años después renovador del tango y la electrónica en los Bajofondo Tango Club) que se llamaba Aquí. Ella era Julieta Venegas y aún faltarían unos cuantos años para que fuera conocida mundialmente. Nos abrieron los ojos. De allí saltamos muchos a Spinetta, a Fito y a Charly, a los Soda Stereo o las Víctimas del Doctor Cerebro. También a Os Mutantes, Os Paralamas, el rock portugués, los sellos franceses y Jovanotti en Italia. Había vida más allá de las camisas a cuadros y los hooligans del brit pop. Además podías decir que te gustaba el tango y el bolero y no pasaba nada. El nueve de octubre de 1998, el Zona de Obras… Buenos Aires Zaragoza…y siempre caía algún bolero.

Supongo que en un libro que es un ejercicio de memoria y pasión, de recordar los orígenes y lo que está por venir
Supongo que en un libro que es un ejercicio de memoria y pasión, de recordar los orígenes y lo que está por venir se me permite esté instante, que lo resume todo, que me da la fuerza para seguir, porque está terminando, el disco, la reseña, el libro, por supuesto: Julieta, al comienzo, prefiere componer a contar, durante la grabación de su primer LP, en Los Ángeles, con Gustavo Santaolalla y Aníbal Kerpel toman los temas sacados de su primitivo teclado 01/W de Korg para volcarlo en un secuenciador y de allí, de lo digital, llevar las pistas y aprovecharlas, hasta una grabadora de cuatro canales, para luego volcar y mezclar o reinterpretar con instrumentos acústicos. Cambiar lo digital por analógico.

Nadie, nunca, pensaría que Julieta Venegas, aún tocando los botones de una caja de ritmos, no fuera una artista orgánica.

Es importante, como he comentado antes, darnos cuenta de que existe una relación con el tiempo, el momento y el lugar, en el que este disco se grabó: cuando todavía hacía falta que una compañía te diera el dinero para grabarlo, un tiempo en el que todavía se vendían discos, un momento en el que las grabaciones caseras no eran, ni mucho menos, tan habituales. Había algunos ordenadores, las primeras grabadoras de cedés (en realidad los primeros discos de Julieta recuerdo haberlos tostado en la tienda de alquiler de la Plaza San Francisco de Zaragoza).

Aquellas canciones, quizá no las mejores, pero sí las que ella había amasado durante un tiempo, fueron la semilla de los grandes éxitos que vendrían después. Podría hacer un listado de una docena de temas increíbles: he escuchado, con atención y, en algunos casos, devoción, Bueninvento (2000), Sí (2003) y Limón y sal de 2006. Luego me separé un poco, lo admito. Pero ahora, gracias a este volumen y al disco Tu Historia (ojo, que vamos con un poco de retraso) que venía acompañando esta obra.

Ahora, veo, leo, que Julieta vive en Buenos Aires. Sabíamos de su gusto por Soda Stereo, claro. También pasó una época por España, pero este libro es otra cosa. Es la semilla. Una Julieta que busca y comienza a encontrarse en dos ciudades, en dos y tres vidas, en tres y cuatro proyectos, en el aprendizaje que le servirá de sustrato para el resto de su existencia.

Cito (o creo citar), la memoria me obsesiona en este momento que escribo unas memorias, termino un libro sobre la memoria. Se quedó, nos quedamos, con las palabras y las melodías, los libros y las canciones, las ciudades que son, junto a la familia, protagonistas definitivas de este libro, génesis de una voz importante de la cultura en nuestro idioma.
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