Con veintipocos años, cuando empecé a imprimir brazos con una impresora 3D en mi casa para personas amputadas, jamás imaginé que acabaría entregándolos en Kenia. Lo que sobre todo no imaginé es que a alguien le iba a molestar. «¿Por qué te vas fuera si aquí también hay gente que lo necesita?», «primero ayuda a los tuyos», «¿y en España qué?». Era un niño. Los leía y se me aceleraba el corazón. ¿Lo estaba haciendo mal? ¿Debería no haber ayudado?
Ahora siento rabia. Primero, por la poca tolerancia hacia quienes lo necesitan solo por haber nacido en otro lugar del mapa por absoluta casualidad. A nadie le extraña que una empresa exporte a Alemania o venda en Estados Unidos, pero que un proyecto social cruce una frontera despierta sospechas y a veces xenofobia disfrazada de patriotismo. Rabia, segundo, porque quienes me lo decían seguramente no habrían ayudado a nadie. Y sí: del total de ayudas que entrego, un 33% se queda aquí. Nunca dejé de ayudar en casa. Simplemente también ayudo fuera.
No fui a Kenia a pintar la fachada de un colegio para subirlo a Instagram. Fui a entregar algo que allí no existía: una prótesis funcional para alguien nunca pudo agarrar un vaso de agua. Esa diferencia, entre cubrir una necesidad real y vivir una experiencia bonita para las redes, vuelve a estar sobre la mesa porque de nuevo la vida adelanta a la serie Black Mirror en algunos aspectos. En este capítulo de 2026 se está sorteando un «voluntariado» a través de influencers, como quien sortea un spa.
«No fui a Kenia a pintar la fachada de un colegio para subirlo a Instagram. Fui a entregar algo que allí no existía»
Se confunde voluntariado con volunturismo. El voluntariado real exige compromiso y escuchar a la comunidad para saber qué necesita de verdad y no lo que a nosotros nos apetece regalarle. El volunturismo convierte la pobreza ajena en decorado para una experiencia personal: dos semanas, una foto con un niño en brazos, y vuelta a casa con la comunidad igual que antes y la frase «me han ayudado más a ellos a mi que yo a ellos». Lo malo es que es verdad.
La solidaridad no es una tarta de la que si alguien coge un trozo nos quedamos sin postre. Lo que sí resta, y mucho, es transformar en voluntariado en turismo. Es maravilloso ver cada vez más personas comprometidas con ayudar pero debemos ser conscientes de cómo y cuándo. Un amigo dice «o aportas o te apartas» y en la cooperación la agilidad puede ser vital. Te invito a que cooperes usando lo que sabes y otros no. Donde quieras. De esta forma descubrirás que ayudar es demasiado fácil como para no hacerlo.
«Se confunde voluntariado con volunturismo. El voluntariado real exige compromiso y escuchar a la comunidad»
Con veintipocos años, cuando empecé a imprimir brazos con una impresora 3D en mi casa para personas amputadas, jamás imaginé que acabaría entregándolos en Kenia. Lo que sobre todo no imaginé es que a alguien le iba a molestar. «¿Por qué te vas fuera si aquí también hay gente que lo necesita?», «primero ayuda a los tuyos», «¿y en España qué?». Era un niño. Los leía y se me aceleraba el corazón. ¿Lo estaba haciendo mal? ¿Debería no haber ayudado?
Ahora siento rabia. Primero, por la poca tolerancia hacia quienes lo necesitan solo por haber nacido en otro lugar del mapa por absoluta casualidad. A nadie le extraña que una empresa exporte a Alemania o venda en Estados Unidos, pero que un proyecto social cruce una frontera despierta sospechas y a veces xenofobia disfrazada de patriotismo. Rabia, segundo, porque quienes me lo decían seguramente no habrían ayudado a nadie. Y sí: del total de ayudas que entrego, un 33% se queda aquí. Nunca dejé de ayudar en casa. Simplemente también ayudo fuera.
No fui a Kenia a pintar la fachada de un colegio para subirlo a Instagram. Fui a entregar algo que allí no existía: una prótesis funcional para alguien nunca pudo agarrar un vaso de agua. Esa diferencia, entre cubrir una necesidad real y vivir una experiencia bonita para las redes, vuelve a estar sobre la mesa porque de nuevo la vida adelanta a la serie Black Mirror en algunos aspectos. En este capítulo de 2026 se está sorteando un «voluntariado» a través de influencers, como quien sortea un spa.
«No fui a Kenia a pintar la fachada de un colegio para subirlo a Instagram. Fui a entregar algo que allí no existía»
Se confunde voluntariado con volunturismo. El voluntariado real exige compromiso y escuchar a la comunidad para saber qué necesita de verdad y no lo que a nosotros nos apetece regalarle. El volunturismo convierte la pobreza ajena en decorado para una experiencia personal: dos semanas, una foto con un niño en brazos, y vuelta a casa con la comunidad igual que antes y la frase «me han ayudado más a ellos a mi que yo a ellos». Lo malo es que es verdad.
La solidaridad no es una tarta de la que si alguien coge un trozo nos quedamos sin postre. Lo que sí resta, y mucho, es transformar en voluntariado en turismo. Es maravilloso ver cada vez más personas comprometidas con ayudar pero debemos ser conscientes de cómo y cuándo. Un amigo dice «o aportas o te apartas» y en la cooperación la agilidad puede ser vital. Te invito a que cooperes usando lo que sabes y otros no. Donde quieras. De esta forma descubrirás que ayudar es demasiado fácil como para no hacerlo.
20MINUTOS.ES – Internacional
