Una obra de Shakespeare de la que apenas hay referencias cercanas en nuestros escenarios. Timón de Atenas es un texto olvidado bajo un puñado de obras maestras que constituyen el repertorio clásico del genial inglés. Llega de nuevo a Mérida -hace 18 años fue representada en el mismo teatro romano- con el aval y el reclamo de Pepe Viyuela, pletórico en una temporada donde ha logrado el reconocimiento del Premio Corral de Comedias, en la ciudad de Almagro, hace unos días.
Timón de Atenas no es una tragedia y tampoco una comedia. Más se aproximaría a una fábula donde se muestra cómo la realidad puede no ser más que una mera apariencia. Un hombre acaudalado se rodea de una camarilla de amigos a los que agasaja continuamente con dádivas, pero cuando vienen mal dadas, cuando requiere de apoyo, encuentra la más amarga ingratitud. Esa estructura de afectos ficticios se desmorona como un castillo de naipes al primer soplo.
Aun tratándose de una obra menor, Shakespeare siempre indaga en el alma humana hasta mostrar sus miserias más sonrojantes, sea en grandes episodios históricos o en una parábola más doméstica, como es el caso. Al fin y al cabo, roja es la sangre del primero al último de los ciudadanos.
Una recua de aduladores, donde no faltan artistas y otros vividores, se va presentando en escena ataviada como si todo fuera una Nochevieja sin fin. Envueltos en brillos, gracias a la generosidad de Timón, bailotean al ritmo de algunas canciones pop (The Beatles, Madonna, etc.) en una juerga subvencionada que acrecienta la sensación de farsa. Color, ritmo y alegría regada por las dracmas del incauto. Pepe Viyuela nos ofrece la imagen del hombre desprendido y sonriente, atrapado en un mecanismo de compra de amistades.
Dos cenas ejemplifican la cara y la cruz, el antes y el después del punto de ruptura de esta historia. La primera de ellas, amigable y desenfadada, es una ceremonia del exceso donde Timón agasaja sin medida a todo su círculo, como la gran diosa Fortuna que vuelca su cornucopia en el escenario. No falta quien le advierte de que aquello es insostenible: Esther Acevedo interpreta a Flavio con seriedad, encarnando la conciencia de Timón. Sus intentos por hacerle consciente de los peligros de su desenfreno resultan baldíos.
Al poco tiempo, comienza a evidenciarse que el reino de Timón se resquebraja y el vacío crece a su alrededor. Nadie acude a su auxilio cuando las deudas afloran. Un aire de pantomima tiñe las escenas protagonizadas por senadores o sirvientes, con imaginativo vestuario, en ocasiones recordando al esperpento. Flavio recorre las escenas como un cobrador del frac, como la cordura que nadie atiende, triste y resignada a la debacle, mientras Timón recorre el camino que le lleva desde la filantropía a la misantropía. Acabada la fiesta, las notas de La muerte y la doncella, de Schubert, anticipan el amargo camino que se avecina.
La cólera acumulada por Timón se sustancia en una ultima cena donde se oficia otra farsa, esta vez orquestada por él mismo. Desde el centro de una larga mesa, al modo en que el Mesías escenificaba su despedida ante el cercano sacrificio, ofrece a los traidores agua hirviendo y piedras, en vez de los manjares esperados. Es la cena de los ingratos, que también apuntó Buñuel en Viridiana. Una encerrona donde aprovecha para gritarles a la cara toda la verdad: «¡Detestables parásitos, destructores corteses, lobos afables, osos humildes, incautos de la fortuna, ávidos golosos, moscas del tiempo, arrodillados esclavos de gorra en mano, pedorros, muñecos de reloj!».
Todos huyen despavoridos mientras les lanza cazos de agua y hace saltar la mesa por los aires. Es el punto de inflexión, la frontera que nos lleva al cuarto acto, el más desnudo, el que cambia los parámetros de la función dirigida por Hernán Gené. No hay nada como eliminar distracciones para calar en la esencia.
Es a partir de aquí, cuando la figura de Pepe Viyuela se engrandece y adquiere verdaderos tintes dramáticos, con los recursos expresivos de ese payaso profundo que nos acompaña desde hace décadas en los teatros. La segunda parte de este drama posee un carácter más reflexivo, impulsada por la fuerza expresiva de Shakespeare. Todo transcurre en una cueva al borde de la playa habilitada con unas simples telas. Allí encuentra acomodo Timón como un anacoreta entre harapos y alimenta su aversión hacia la especie humana mientras mordisquea raices. Desprecia el oro con el que se topa y se lo cede a las putas que por allí pasan, instigándoles a que sigan infectando la sociedad desde su oficio. Por momentos, parecemos estar ante un Segismundo refugiado en una cala griega.
Hay que detenerse en el trabajo de Tomás Pozzi, que borda el papel de Apemanto, componiendo uno de esos personajes incisivos, o más bien corrosivos, que pueblan la literatura dramática de Shakespeare. «Desde mi metro cincuenta y con un acento argentino que no pierdo tras más de veinticinco años en España», como reconocía el actor tras el estreno. Un extenso diálogo entre su personaje y Timón es uno de esos certeros juegos lingúisticos que caracterizan los mejores momentos de Shakespeare. «Nunca has conocido el punto medio de la humanidad; solo los dos extremos», le espeta a Timón. Beatriz Melgares, Samuel Viyuela González y pepa Zaragoza secundan con acierto a los actores citados hasta ahora.
Sólo resta la muerte, algo que ya se anticipó en la primera escena y se repite ahora a modo de conclusión. La música de Mahler nos remite a aquel decrépito protagonista de la película Muerte en Venecia, interpretado por Dirk Bogarde, que abandona la vida en una solitaria playa. Timón encuentra el reposo en esta otra arena, dejándose morir como única vía de un callejón sin salida, alejado de una sociedad de la que había renegado. Viyuela había dictado lección bajo la agradable noche de Mérida, con un personaje ambivalente que requería ser encarnado desde su sabiduría.
Pepe Viyuela protagoniza ‘Timón de Atenas’, de William Shakespeare, en el Teatro Romano de Mérida hasta el domingo 19 de julio
Una obra de Shakespeare de la que apenas hay referencias cercanas en nuestros escenarios. Timón de Atenas es un texto olvidado bajo un puñado de obras maestras que constituyen el repertorio clásico del genial inglés. Llega de nuevo a Mérida -hace 18 años fue representada en el mismo teatro romano- con el aval y el reclamo de Pepe Viyuela, pletórico en una temporada donde ha logrado el reconocimiento del Premio Corral de Comedias, en la ciudad de Almagro, hace unos días.
Timón de Atenas no es una tragedia y tampoco una comedia. Más se aproximaría a una fábula donde se muestra cómo la realidad puede no ser más que una mera apariencia. Un hombre acaudalado se rodea de una camarilla de amigos a los que agasaja continuamente con dádivas, pero cuando vienen mal dadas, cuando requiere de apoyo, encuentra la más amarga ingratitud. Esa estructura de afectos ficticios se desmorona como un castillo de naipes al primer soplo.

Aun tratándose de una obra menor, Shakespeare siempre indaga en el alma humana hasta mostrar sus miserias más sonrojantes, sea en grandes episodios históricos o en una parábola más doméstica, como es el caso. Al fin y al cabo, roja es la sangre del primero al último de los ciudadanos.
Una recua de aduladores, donde no faltan artistas y otros vividores, se va presentando en escena ataviada como si todo fuera una Nochevieja sin fin. Envueltos en brillos, gracias a la generosidad de Timón, bailotean al ritmo de algunas canciones pop (The Beatles, Madonna, etc.) en una juerga subvencionada que acrecienta la sensación de farsa. Color, ritmo y alegría regada por las dracmas del incauto. Pepe Viyuela nos ofrece la imagen del hombre desprendido y sonriente, atrapado en un mecanismo de compra de amistades.

Dos cenas ejemplifican la cara y la cruz, el antes y el después del punto de ruptura de esta historia. La primera de ellas, amigable y desenfadada, es una ceremonia del exceso donde Timón agasaja sin medida a todo su círculo, como la gran diosa Fortuna que vuelca su cornucopia en el escenario. No falta quien le advierte de que aquello es insostenible: Esther Acevedo interpreta a Flavio con seriedad, encarnando la conciencia de Timón. Sus intentos por hacerle consciente de los peligros de su desenfreno resultan baldíos.
Al poco tiempo, comienza a evidenciarse que el reino de Timón se resquebraja y el vacío crece a su alrededor. Nadie acude a su auxilio cuando las deudas afloran. Un aire de pantomima tiñe las escenas protagonizadas por senadores o sirvientes, con imaginativo vestuario, en ocasiones recordando al esperpento. Flavio recorre las escenas como un cobrador del frac, como la cordura que nadie atiende, triste y resignada a la debacle, mientras Timón recorre el camino que le lleva desde la filantropía a la misantropía. Acabada la fiesta, las notas de La muerte y la doncella, de Schubert, anticipan el amargo camino que se avecina.

La cólera acumulada por Timón se sustancia en una ultima cena donde se oficia otra farsa, esta vez orquestada por él mismo. Desde el centro de una larga mesa, al modo en que el Mesías escenificaba su despedida ante el cercano sacrificio, ofrece a los traidores agua hirviendo y piedras, en vez de los manjares esperados. Es la cena de los ingratos, que también apuntó Buñuel en Viridiana. Una encerrona donde aprovecha para gritarles a la cara toda la verdad: «¡Detestables parásitos, destructores corteses, lobos afables, osos humildes, incautos de la fortuna, ávidos golosos, moscas del tiempo, arrodillados esclavos de gorra en mano, pedorros, muñecos de reloj!».
Todos huyen despavoridos mientras les lanza cazos de agua y hace saltar la mesa por los aires. Es el punto de inflexión, la frontera que nos lleva al cuarto acto, el más desnudo, el que cambia los parámetros de la función dirigida por Hernán Gené. No hay nada como eliminar distracciones para calar en la esencia.

Es a partir de aquí, cuando la figura de Pepe Viyuela se engrandece y adquiere verdaderos tintes dramáticos, con los recursos expresivos de ese payaso profundo que nos acompaña desde hace décadas en los teatros. La segunda parte de este drama posee un carácter más reflexivo, impulsada por la fuerza expresiva de Shakespeare. Todo transcurre en una cueva al borde de la playa habilitada con unas simples telas. Allí encuentra acomodo Timón como un anacoreta entre harapos y alimenta su aversión hacia la especie humana mientras mordisquea raices. Desprecia el oro con el que se topa y se lo cede a las putas que por allí pasan, instigándoles a que sigan infectando la sociedad desde su oficio. Por momentos, parecemos estar ante un Segismundo refugiado en una cala griega.
Hay que detenerse en el trabajo de Tomás Pozzi, que borda el papel de Apemanto, componiendo uno de esos personajes incisivos, o más bien corrosivos, que pueblan la literatura dramática de Shakespeare. «Desde mi metro cincuenta y con un acento argentino que no pierdo tras más de veinticinco años en España», como reconocía el actor tras el estreno. Un extenso diálogo entre su personaje y Timón es uno de esos certeros juegos lingúisticos que caracterizan los mejores momentos de Shakespeare. «Nunca has conocido el punto medio de la humanidad; solo los dos extremos», le espeta a Timón. Beatriz Melgares, Samuel Viyuela González y pepa Zaragoza secundan con acierto a los actores citados hasta ahora.

Sólo resta la muerte, algo que ya se anticipó en la primera escena y se repite ahora a modo de conclusión. La música de Mahler nos remite a aquel decrépito protagonista de la película Muerte en Venecia, interpretado por Dirk Bogarde, que abandona la vida en una solitaria playa. Timón encuentra el reposo en esta otra arena, dejándose morir como única vía de un callejón sin salida, alejado de una sociedad de la que había renegado. Viyuela había dictado lección bajo la agradable noche de Mérida, con un personaje ambivalente que requería ser encarnado desde su sabiduría.

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