Entre los primeros decretos que firmó Donald Trump cuando inició su segundo mandato presidencial estaba cambiar formalmente el nombre del Golfo de México a ‘Golfo de América’. En principio, parecía uno de los «desvaríos» habituales del mandatario estadounidense, sin consecuencias más allá de las tensiones con el país vecino. Pero ahora parece haberse convertido en una forma de presión geopolítica.
Los presidentes del gigante americano tienen la potestad para renombrar regiones geográficas a través de una orden ejecutiva y la Junta de Nombres Geográficos de Estados Unidos (BGN en sus siglas en inglés) es quien debe implementar el cambio. Eso sí, nada de esto cuenta con validez fuera de su jurisdicción, es decir, solo los estadounidenses se dispondrán a visitar el «golfo de América» cuando se paseen por La Florida, Alabama, Misisipi, Luisiana o Texas; el resto irá al golfo de México.
Aun así, Trump no se detuvo ahí. El pasado jueves, el presidente firmó una orden ejecutiva para cambiarle el nombre al lago Ontario, ahora (según él) lago América. La medida llega después de que las negociaciones comerciales entre EE. UU. y Canadá fracasaran, agravando la crisis arancelaria. «Si lo piensas, tenemos un golfo y tenemos un lago», dijo el mandatario, y como cereza del pastel: un océano. «Quizás tengamos que cambiar el nombre del Atlántico o del Pacífico», afirmó.
¿Puede Donald Trump cambiar el nombre de una región?
La respuesta es sí y no, al menos no con el reconocimiento internacional. Cada estado decide qué nombres geográficos emplear en sus documentos y comunicaciones oficiales. En Estados Unidos existe un organismo encargado de establecer los apelativos geográficos que utiliza el Gobierno federal. Su función es mantener un criterio uniforme para la denominación de lugares en la Administración federal o particulares.
Pero fuera de Estados Unidos, el nombre seguirá siendo el que utilizan organismos internacionales. Según confirma la BBC, para que esto cambie se necesitará una evaluación de la Organización Hidrográfica Internacional, la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar y el Grupo de Expertos de Naciones Unidas en Nombres Geográficos (UNGEGN).
Cabe mencionar que Trump no es el primer presidente estadounidense en promover un cambio de nombre geográfico. Barack Obama hizo algo similar en 2015, cuando el Gobierno federal recuperó oficialmente el nombre de Denali («la más grande» en la lengua de los pueblos indígenas de Alaska) para la montaña más alta de Norteamérica, que durante décadas había sido conocida oficialmente en Estados Unidos como monte McKinley, un expresidente estadounidense que jamás visitó la región.
El caso del golfo y el lago, sin embargo, es más complejo porque no se trata de un territorio bajo la soberanía exclusiva de Estados Unidos, sino de una zona marítima vinculada a otros países, por lo que no obliga a México, Cuba, Canadá ni a otros países a aceptar o utilizar el nuevo nombre.
Los cambios de nombre como estrategia política
Más allá del nombre, hay una herramienta política. Cambiar el nombre de un territorio, una montaña o una vía pública permite a los gobiernos reivindicar episodios históricos o reforzar una identidad nacional. La propia orden ejecutiva se presentó bajo el título Restoring Names That Honor American Greatness («Restaurar nombres que honran la grandeza estadounidense»).
El golfo de México, el lago Ontario y ahora, el océano Atlántico, todos han sufrido cambios de nombre para ajustarse a los decretos del presidente estadounidense.
Entre los primeros decretos que firmó Donald Trump cuando inició su segundo mandato presidencial estaba cambiar formalmente el nombre del Golfo de México a ‘Golfo de América’. En principio, parecía uno de los «desvaríos» habituales del mandatario estadounidense, sin consecuencias más allá de las tensiones con el país vecino. Pero ahora parece haberse convertido en una forma de presión geopolítica.
Los presidentes del gigante americano tienen la potestad para renombrar regiones geográficas a través de una orden ejecutiva y la Junta de Nombres Geográficos de Estados Unidos (BGN en sus siglas en inglés) es quien debe implementar el cambio. Eso sí, nada de esto cuenta con validez fuera de su jurisdicción, es decir, solo los estadounidenses se dispondrán a visitar el «golfo de América» cuando se paseen por La Florida, Alabama, Misisipi, Luisiana o Texas; el resto irá al golfo de México.
Aun así, Trump no se detuvo ahí. El pasado jueves, el presidente firmó una orden ejecutiva para cambiarle el nombre al lago Ontario, ahora (según él) lago América. La medida llega después de que las negociaciones comerciales entre EE. UU. y Canadá fracasaran, agravando la crisis arancelaria. «Si lo piensas, tenemos un golfo y tenemos un lago», dijo el mandatario, y como cereza del pastel: un océano. «Quizás tengamos que cambiar el nombre del Atlántico o del Pacífico», afirmó.
¿Puede Donald Trump cambiar el nombre de una región?
La respuesta es sí y no, al menos no con el reconocimiento internacional. Cada estado decide qué nombres geográficos emplear en sus documentos y comunicaciones oficiales. En Estados Unidos existe un organismo encargado de establecer los apelativos geográficos que utiliza el Gobierno federal. Su función es mantener un criterio uniforme para la denominación de lugares en la Administración federal o particulares.
Pero fuera de Estados Unidos, el nombre seguirá siendo el que utilizan organismos internacionales. Según confirma la BBC, para que esto cambie se necesitará una evaluación de la Organización Hidrográfica Internacional, la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar y el Grupo de Expertos de Naciones Unidas en Nombres Geográficos (UNGEGN).
Cabe mencionar que Trump no es el primer presidente estadounidense en promover un cambio de nombre geográfico. Barack Obama hizo algo similar en 2015, cuando el Gobierno federal recuperó oficialmente el nombre de Denali («la más grande» en la lengua de los pueblos indígenas de Alaska) para la montaña más alta de Norteamérica, que durante décadas había sido conocida oficialmente en Estados Unidos como monte McKinley, un expresidente estadounidense que jamás visitó la región.
El caso del golfo y el lago, sin embargo, es más complejo porque no se trata de un territorio bajo la soberanía exclusiva de Estados Unidos, sino de una zona marítima vinculada a otros países, por lo que no obliga a México, Cuba, Canadá ni a otros países a aceptar o utilizar el nuevo nombre.
Los cambios de nombre como estrategia política
Más allá del nombre, hay una herramienta política. Cambiar el nombre de un territorio, una montaña o una vía pública permite a los gobiernos reivindicar episodios históricos o reforzar una identidad nacional. La propia orden ejecutiva se presentó bajo el título Restoring Names That Honor American Greatness («Restaurar nombres que honran la grandeza estadounidense»).
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