«¿Quieres que la coja yo amor?», le pregunta la actriz Amparo Pascual a su marido, José Sacristán, que lleva en la mano, bien prieta, sin atisbo de ir a soltarla, la llave que abre la caja de las letras 1.324 del Instituto Cervantes.
Sacristán, 88 años y una trayectoria artística tan extensa a sus espaldas que no cabría ni en un arcón blindado del Banco de España, ha legado este miércoles 17 de junio en esta antigua caja fuerte, hoy reconvertida en cámara de las letras, los cachibaches y recuerdos que le han acompañado en su larga vida de cómico.
El actor y director ha estado arropado por el director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, su mujer, Amparo Pascual, por la dramaturga Natalia Menéndez y por el director y escritor David Trueba, con quienes luego ha mantenido una charla en el auditorio que estaba literalmente repleto de público, sin una butaba libre. Pero antes, Sacristán dio una lección de nostalgia y de clase cuando contó qué objetos dormirán en esa caja durante cien años y por qué los ha elegido para que le sobrevivan.
«Dejo cosas que tienen que ver con aquellos que, cada vez que los recuerdo y vuelvo a ellos, me impulsan a seguir adelante. Aquí están mi padre, mi madre, mi abuela, mi tío Francisco y mi tía Socorro, todo el mundo de aquella postguerra terrible», ha explicado.
«Entrego aquí parte de la vida de aquellos de los que vengo, en cada cosa hay un aliento, un flujo, un recuerdo y una memoria». Como el sombrero de su abuelo, que tenía un efecto de magia. «El impulso y el sentido de todo esto es la ilusión de aquel crío que unos días se ponía este sombrero y le pasaban cosas», ha remarcado.
Así pues, la caja nº 1324 ha recibido el sombrero de su abuelo paterno, que tenía que usar cuando «los señores iban de entierro, bodas o bautizos. Yo trepaba por unas escaleras y lo sacaba de la cámara y, cuando lo tocaba, tenía un efecto mágico, era como la lampara de Aladino. El sombrero fue mi primer vestuario como actor», ha reconocido.
«Cada vez que me ponía el sombrero de mi abuelo, que era mulero, sentía que era otro: D’ Artagnan, Robín de los bosques o El cisne negro», dijo el Sacristán, nacido en Chinchón (Madrid), 1937, antes de depositarlo en la caja 1.324, la suya, como uno de los símbolos de su trayectoria tanto artística como vital.
Ver introducir al actor legendario sus cosas de viejo comediante fue también una manera de escuchar su discurso melancólico, pero no triste. «Soy ese que hacía reír en las películas antiguas, como me dijo un jovenzuelo», aseguró. «También soy aquel optimista melancólico de Chinchón que iba para mecánico». Habló, cómo no, de su infancia, y de aquella aspiración a convertirse en Tyrone Power. «Jugar a que el otro se crea que soy el que no soy».
Sacristán fue desnudando la historia de eso que duerme ya en la sede del Cervantes: los primeros programas de cine de su pueblo, sus álbumes de cromos, las novelas de su tío Francisco, los poemas copiados por su padre, Venancio, el Quijote de 1941 que su progenitor consiguió a cambio de tabaco en la cárcel y que Sacristán leyó voraz.
Dejó, además, un viejo proyector de cine Nic, los programas de su primeras funciones teatrales, los guiones y el visor que utilizó en las tres películas que ha dirigido y grabaciones de su musicales con Concha Velasco. También puso dentro unas cintas de cuando hizo un programa de radio en Buenos Aires, titulado Delante de nuestras narices, en el que recordaba al personaje de Paco («por todos los Pacos que nos han enseñado a mirar», dijo) de La guerra de nuestros antepasados de Miguel Delibes.
A Sacristán, un menudo que parece frágil pero al que le respalda su voz inconfudible de narrador todoterreno, le sobró humor: ¿«Me meto, me lego yo también»? Y le faltó tiempo para ennumerar todas las cosas que ha hecho en su rica, inesperada y sentimental vida. «Afortunadamente, a mis 88 años, me siguen pasando cosas», subrayó.
Largo futuro al dueño de esos útiles de eterno bufón que hoy se relajan en la caja 1.324, al lado de la artista y poeta argentina María Elena Walsch y del poeta Luis Cernuda, la caja 1.684: «Si el hombre pudiera decir lo que ama, si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo como una nube en la luz… dejando solo la verdad de su amor, la verdad de sí mismo que no se llama gloria, fortuna o ambición, yo sería aquel que imaginaba».
El actor estuvo acompañdo por su mujer, Amparo Pascual, por la dramaturga Natalia Menéndez y por el director David Trueba.
«¿Quieres que la coja yo amor?», le pregunta la actriz Amparo Pascual a su marido, José Sacristán, que lleva en la mano, bien prieta, sin atisbo de ir a soltarla, la llave que abre la caja de las letras 1.324 del Instituto Cervantes.
Sacristán, 88 años y una trayectoria artística tan extensa a sus espaldas que no cabría ni en un arcón blindado del Banco de España, ha legado este miércoles 17 de junio en esta antigua caja fuerte, hoy reconvertida en cámara de las letras, los cachibaches y recuerdos que le han acompañado en su larga vida de cómico.
El actor y director ha estado arropado por el director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, su mujer, Amparo Pascual, por la dramaturga Natalia Menéndez y por el director y escritor David Trueba, con quienes luego ha mantenido una charla en el auditorio que estaba literalmente repleto de público, sin una butaba libre. Pero antes, Sacristán dio una lección de nostalgia y de clase cuando contó qué objetos dormirán en esa caja durante cien años y por qué los ha elegido para que le sobrevivan.
«Dejo cosas que tienen que ver con aquellos que, cada vez que los recuerdo y vuelvo a ellos, me impulsan a seguir adelante. Aquí están mi padre, mi madre, mi abuela, mi tío Francisco y mi tía Socorro, todo el mundo de aquella postguerra terrible», ha explicado.
«Entrego aquí parte de la vida de aquellos de los que vengo, en cada cosa hay un aliento, un flujo, un recuerdo y una memoria». Como el sombrero de su abuelo, que tenía un efecto de magia. «El impulso y el sentido de todo esto es la ilusión de aquel crío que unos días se ponía este sombrero y le pasaban cosas», ha remarcado.

Así pues, la caja nº 1324 ha recibido el sombrero de su abuelo paterno, que tenía que usar cuando «los señores iban de entierro, bodas o bautizos. Yo trepaba por unas escaleras y lo sacaba de la cámara y, cuando lo tocaba, tenía un efecto mágico, era como la lampara de Aladino. El sombrero fue mi primer vestuario como actor», ha reconocido.
«Cada vez que me ponía el sombrero de mi abuelo, que era mulero, sentía que era otro: D’ Artagnan, Robín de los bosques o El cisne negro», dijo el Sacristán, nacido en Chinchón (Madrid), 1937, antes de depositarlo en la caja 1.324, la suya, como uno de los símbolos de su trayectoria tanto artística como vital.

Ver introducir al actor legendario sus cosas de viejo comediante fue también una manera de escuchar su discurso melancólico, pero no triste. «Soy ese que hacía reír en las películas antiguas, como me dijo un jovenzuelo», aseguró. «También soy aquel optimista melancólico de Chinchón que iba para mecánico». Habló, cómo no, de su infancia, y de aquella aspiración a convertirse en Tyrone Power. «Jugar a que el otro se crea que soy el que no soy».
Sacristán fue desnudando la historia de eso que duerme ya en la sede del Cervantes: los primeros programas de cine de su pueblo, sus álbumes de cromos, las novelas de su tío Francisco, los poemas copiados por su padre, Venancio, el Quijote de 1941 que su progenitor consiguió a cambio de tabaco en la cárcel y que Sacristán leyó voraz.

Dejó, además, un viejo proyector de cine Nic, los programas de su primeras funciones teatrales, los guiones y el visor que utilizó en las tres películas que ha dirigido y grabaciones de su musicales con Concha Velasco. También puso dentro unas cintas de cuando hizo un programa de radio en Buenos Aires, titulado Delante de nuestras narices, en el que recordaba al personaje de Paco («por todos los Pacos que nos han enseñado a mirar», dijo) de La guerra de nuestros antepasados de Miguel Delibes.
A Sacristán, un menudo que parece frágil pero al que le respalda su voz inconfudible de narrador todoterreno, le sobró humor: ¿«Me meto, me lego yo también»? Y le faltó tiempo para ennumerar todas las cosas que ha hecho en su rica, inesperada y sentimental vida. «Afortunadamente, a mis 88 años, me siguen pasando cosas», subrayó.
Largo futuro al dueño de esos útiles de eterno bufón que hoy se relajan en la caja 1.324, al lado de la artista y poeta argentina María Elena Walsch y del poeta Luis Cernuda, la caja 1.684: «Si el hombre pudiera decir lo que ama, si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo como una nube en la luz… dejando solo la verdad de su amor, la verdad de sí mismo que no se llama gloria, fortuna o ambición, yo sería aquel que imaginaba».
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